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La falsa noticia de un “espanto” en Frontino

Detrás de la historia que difundieron varios medios de comunicación en torno a que un “alma en pena” se apareció en ese municipio de Antioquia hay un drama social y humano.

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A través de un oscuro y fosco puente abandonado aparece caminando, durante unos segundos, un niño sin camisa, de mirada perdida, tal vez un poco escuálido y desangelado.
 
Su entrada momentánea, un poco espectral tal vez, fue captada por un video colgado en Youtube que luego fue replicado con desenfreno por varios medios de comunicación.
 
Esa entrada fugaz le valió a ese ser pálido y ojeroso ser llamado “alma en pena” o “espanto”. Todo un revuelo en un municipio de más de 30.000 habitantes, que de cuando en cuando aparece en los periódicos porque un rayo mató a un campesino o porque asesinaron a un indígena en hechos confusos.
 
La noticia creció como espuma, al igual que casi todas las historias que se vuelven virales, a lo mejor porque alguien creyó que no hacía falta halar más la pita o hundir un poco más el dedo en los hechos. O, simplemente, porque es fácil creer en fantasmas.
 
El video fue grabado por un chatarrero llamado Wilson Tuberquia, el pasado 26 de marzo, en el puente de La Mica, una mole que se vino abajo hace dos años en medio de una noche borrascosa en la que se desbordó el río Las Cruces.
 
Desde esa época se instaló un puente militar. Pero la vieja estructura quedó al amparo de quienes como Tuberquia le han venido sacando algunos cuantos kilos de chatarra para vender.
 
El video fue publicado en redes sociales hace 20 días. Tuberquia le dijo al diario El Tiempo que no se explicaba cómo un niño se había aparecido en el video si ninguno de los presentes recordó haberlo visto en persona. La respuesta era, en consecuencia: ¡un fantasma!
 
Pero la historia es mucho más mundana, de carne y hueso, incluso con un drama humano y social detrás. Desde cuando comenzó a circular la noticia del ‘fantasma’ en medios nacionales, el alcalde de Frontino, Jorge Hugo Elejalde, se preocupó. A medianoche del lunes, Elejalde se puso las botas y una chaqueta, y se fue para el puente La Mica a “cazar con sus propias manos el espanto”, dice ahora con algo de ironía.
 
El secretario de Educación, Rodrigo Betancur, ya había hecho una búsqueda en todas las instituciones educativas del municipio, indagando por el niño que se veía en el video. Pero ninguno se parecía ni siquiera de lejos.
 
Elejalde entonces llegó hasta una casa cercana al puente, de donde salió una mujer que reconoció que el lugar de donde extraían chatarra era frecuentado por tres hombres y niño. “El muchachito parece que es hijo de uno de ellos”, dijo.
 
“Es importante que usted nos diga quién es ese niñito y si está siendo utilizado para trabajar. Donde la noticia del fantasma siga creciendo, vamos a quedar peor que Macondo”, le dijo el alcalde a la mujer.
 
En efecto, ella entregó pistas precisas que llevaron a Elejalde hasta al albergue de desplazados. Allá dormían no un par de almas en pena, sino Orley Cartagena, con su hijito de cinco años, el mismo del video.
 
Orley es un campesino que ha andado errante durante varios meses junto a su hijo, desde cuando su mujer lo dejó. Ella, Gloria Bailarín, es una indígena del resguardo Nucidó, una mujer que no supo manejar, culturalmente, lo que significa ser la esposa de un no-indígena, de un occidental. Y por eso se devolvió para su comunidad. Desde entonces Orley, pobre hasta los huesos, se la rebusca para darle de comer a su hijo.
 
El niño, de quien no se revela su identidad para proteger sus derechos, parece no haber tenido una infancia adecuada, según Elejalde. “Es un niño aporreado por la vida, triste, sufrido”, señaló.
 
Todos los hechos que envolvieron el video sirvieron para que el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) se hiciera presente para atender el caso. La Alcaldía de Frontino acudió con una trabajadora social y un delegado de Infancia y Adolescencia. Al menos por ahora el menor fue incluido en el programa “De cero a siempre”, con el fin de garantizarle un suplemento alimenticio y una atención en salud, si acaso llega a necesitarla.
 
En Frontino no hay espantos. Hay una realidad de 6.000 indígenas diseminados en cuatro comunidades, a los que hay que voltear a mirar. El hijo de Orley tampoco era “un alma en pena”. Si acaso era un ser anónimo que necesitaba que alguna cámara mostrara su realidad, así fuera por equivocación.

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