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Pizarro: el misterio de una pistola a la que renunció hoy hace 27 años

La imagen del comandante del M-19 envolviendo su arma en una bandera de Colombia esconde historias desconocidas. El acto, ocurrido el 9 de marzo de 1990, dejó lecciones históricas que hoy cobran relevancia.

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Casi nadie habla de la nostalgia que sacudía por dentro a Carlos Pizarro el 9 de marzo de 1990, ese mismo día que las cámaras grabaron el momento en el que sacó de su cartuchera una pistola, la envolvió en una bandera de Colombia y la puso sobre una mesa atorada de fusiles.

Han hablado sí de esa mezcla de alegría e incertidumbre del comandante por lo que significaba que el M-19 dejara las armas para siempre. La certeza de estar haciendo lo correcto. Han replicado las palabras de su discurso frente a la tropa -ese instante en que se le quiebra la voz- al explicar lo que significaba para ellos abandonar la lucha armada, el poner un grano de arena para el fin de las guerras civiles en América Latina.

Fotos de Diana Rey Melo/SEMANA.

Fotos de Diana Rey Melo/SEMANA.

Pero no han mencionado la melancolía que Juan Guillermo Marín, a quien le decían ‘El Paisa’, vio en los ojos de Pizarro aquella tarde cuando le dio parte de un pelotón en las montañas de Santo Domingo, Cauca. Abandonar las armas luego de una negociación en ese momento era un paso necesario. Pero para los integrantes del M-19 significaba también volver a una sociedad de la que se habían apartado hacía 17 años, era enfrentarse al peligro de un atentado en uno de los años más violentos en la historia de Colombia, era desintegrar una familia que había nacido con tres locos que decidieron creer, en pleno siglo XX, en el proyecto de Simón Bolívar. Y eso produce miedo. Y nostalgia.

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Mauricio, un ex miembro del M-19 que ahora trabaja como escolta de la Unidad Nacional de Protección, vivió el acontecimiento de renuncia a las armas frente a un televisor de un hotel de pocos pesos del barrio Teusaquillo de Bogotá, donde estaba escondido. “¿Y ahora qué?”, le preguntó a dos compañeros con los que compartía habitación. Estaban decididos a hacer política pero sabían que los podían matar.

Un vacío carcomió su estómago cuando vio aparecer en la pantalla a Pizarro, en una imagen que con el tiempo se convirtió en una postal obligatoria en de las enciclopedias. El comandante del M-19 estaba vestido de jean, un buso a rayas horizontales grises con blanco, y ataviado con aquel sombrero de paja blanca que le había comprado a un campesino del Cauca solo con el fin de pasar un poco más desapercibido entre la comunidad. No es que Pizarro lo usara siempre, cuenta María José, su hija, veintisiete años después. Ocurrió que se lo puso justo el día en que tal vez más fotos le tomaron en su vida. Y por eso la gente se quedó con la imagen de un tipo con sombrero. Años después, en una feria de artesanías, María José vio que en las estanterías ofrecían, como artículo tradicional, “el sombrero Pizarro”.

     

Luego del discurso, el comandante del M-19 tenía la responsabilidad de ofrecer a una comisión de la Internacional Socialista, veedora del proceso, la última arma del grupo guerrillero para una posterior fundición. Ya se había destruido la munición y los explosivos. Lo de la pistola era un símbolo de una nueva etapa. Pero hacía dos meses que Pizarro había entregado su dotación, pues debió viajar varias veces a Bogotá, con el permiso del presidente Virgilio Barco, para concretar las tensas y dilatadas negociaciones de paz. Y solo cayeron en la cuenta de que Pizarro andaba desarmado en el acto de la dejación. “Díganle a Arjaid que me mande la pistola de él”, dijo en medio del ajetreo de la ceremonia.

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El arma que para la historia quedó como “la pistola de Pizarro” en verdad no era de Pizarro. Tampoco se trataba de una Prieto Beretta 9 milímetros como apareció en los periódicos un día después. Arjaid Artunduaga, uno de los fundadores del M-19, cargaba una Colt 45. Y esa fue la que le entregó a Pizarro para que saliera ante las cámaras.

Pizarro, a los 38 años, la misma edad que tiene hoy María José, era un hombre desprendido. No era de atesorar objetos. Todo lo regalaba. “En ese momento a mi papá le propusieron que guardara la pistola como un recuerdo, como una pieza de museo. Pero no quiso porque la dejación era un asunto muy serio para él. Además no le gustaba guardar nada”. 

Y así fue. Pizarró pasó delante de la mesa en las que estaban acumuladas las demás armas, desenfundó la pistola de Arjaid y la envolvió en una bandera de Colombia que años después pudo recuperar María José. No fue una entrega, sino una dejación, “un acto voluntario”, dice mientras dobla el viejo pedazo de tela que al tocarlo produce escalofrío. Y tristeza. 

Alix María era una guerrillera de base que como miliciana tenía por función recorrer los barrios del sur de Bogotá. Aquel día estaba en una cafetería del centro con dos compañeros de la organización. Así siempre fueron las reuniones del M-19: a punta de tinto y en voz baja. En la pantalla estaba Pizarro. Y a Alix María le sobrevino la angustia y la felicidad al mismo tiempo. Por estar aún en la ilegalidad, se aguantó las ganas de llorar o de gritar. No podía despertar sospechas entre los demás clientes, como cuando un aficionado furibundo omite celebrar un gol en una cancha contraria evitando que lo linchen.

Lo que pasó después con Pizarro es más conocido. Alcanzó a estar 46 días en la vida legal. Todo fue muy frenético. Al día siguiente de despojarse de la pistola, recuerda Rafael Pardo, negociador del Gobierno para la época, los integrantes del M-19 ya estaban firmando el acuerdo en el estadio de Caloto, en Cauca. “Eso fue el viernes y al domingo ya estaban participando en las elecciones”.

Conforme pasaban las semanas, Pizarro se iba convenciendo de que lo iban a matar. Se lo dijo a la familia días antes. Se despidió. "Quienes deciden quién se muere en este país ya dijeron que Carlos era el próximo", logró documetar años después Otty Patiño. Cargar con ese estrés en la espalda no debió ser poca cosa. María José recuerda a su papá por esos días como un hombre solitario que andaba con un montón de escoltas.

Alix María alcanzó a ver a Pizarro solo una vez. Fue en una reunión de campaña a la que invitaron a docentes de Fecode para explicarles las ideas del M-19. Solo asistieron quince docentes. El resto ya se había comprometido con otro candidato. Fue una reunión de sillas vacías a la que, sin embargo, Pizarro le dedicó un buen rato.

Todo el armamento del M-19 había sido finalmente fundido en la Siderúrgica del Pacífico, en Cali. Mientras se llevaba a cabo el procedimiento y se derretían los fusiles y las pistolas se activó un disparo que mató a uno de los empleados. Quedaron los lingotes de acero que comenzaron a peregrinar de casa en casa, de escondite en escondite, esperando a convertirse en un monumento a la paz que nunca vio la luz.

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El tiempo pasaba entre el fervor que despertaba Pizarro y los muertos que dejaba el Cartel de Medellín, los agentes del Estado y los paramilitares. El 22 de marzo un sicario asesinó a Bernardo Jaramillo Ossa, senador de la Unión Patriótica que participaría en las elecciones presidenciales.

Y fue entonces cuando María José dejó de ver con más frecuencia a su papá, a quien le dispararon dentro de un avión un mes después, el 26 de abril. A Pizarro lo alcanzaron a llevar herido a la Clínica de Cajanal. Las imágenes de archivo del momento en el que afuera del hospital en enteran de que Pizarro acaba de fallecer son la representación absoluta del desconsuelo. Integrantes del M-19 se abrazaban entre sí como si acabaran de quedar huérfanos.

¿Valió la pena haber dejado las armas? Aún con los muertos que fueron apareciendo con el tiempo, un sí rotundo sale de la boca de Arjaid, María José, Alix María, Mauricio, y Juan Guillermo Marín veintisiete años después. Siempre va a valer la pena, dicen todos, poner una cuota de paz en un país de círculos viciosos que se repiten.  

En eso piensa Arjaid, ahora de 64 años, cuando evoca la fundación del grupo guerrillero. Se llamó Movimiento 19 de abril, como un modo de protestar por lo que ocurrió en esa fecha de 1970, para las elecciones presidenciales que ganó Misael Pastrana Borrero, en medio de las denuncias de fraude más "descaradas" de la historia. Y poco es lo que el país ha cambiado, dice Arjaid desde su oficina de abogado litigante.

Volver a traer el recuerdo de Pizarro es para Alix María verse caminando por la calle 26 el día su entierro. Entre un mar de gente que avanzaba hacia el cementerio Central comenzó a reconocer a cientos de maestros que se peleaban, entre empujones, por ver el féretro, así fuera unos segundos, rumbo hacia la tumba. Y Alix solo pensaba en las sillas vacías de aquella reunión fracasada y en las paradojas de la vida.

 

   

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