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La tragedia de los ancianos que abandonan Venezuela

Las historias de los colombianos mayores de 70 años que han sido expulsados o que han cruzado el río sin ayuda, refleja un amargo episodio de soledad e incertidumbre.

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Justo Elías Maldonado es un campesino colombiano de 74 años que ha sufrido el desplazamiento dos veces. En agosto del 2012 fue desplazado de su finca en Ábrego (Norte de Santander) por grupos armados y exactamente cuatro años después fue desplazado del país vecino.

Desde 2012 vivía en Venezuela con su esposa y sus dos hijos pequeños, una de ocho años y otro de dos. Justo Elías era uno de los miles de colombianos que vivían en la invasión Mi Pequeña Barinas de San Antonio del Táchira y a pesar de su avanzada edad trabajaba como obrero de construcción.

El viernes 21 de agosto su esposa y sus hijos fueron sacados de su casa y deportados a Colombia.

Sólo supo lo que pasaba cuando en la noche llegó a casa y no los vio, en ese momento algunos de sus vecinos le explicaron la situación, pero seguía sin saber si permanecían en Venezuela, retenidos en una patrulla, o si habían logrado huir.

A las 6.00 de la mañana cuando salía para el trabajo, hizo varias paradas intentando comunicarse con alguien en Colombia que le pudiera dar alguna razón de su familia. Sin embargo, en medio de sus desesperados intentos la Guardia Nacional lo retuvo. Pasó todo el sábado sin comer y no pudo sacar ni siquiera un par de zapatos o una camisa adicional a los que llevaba.

"A los animales los tratamos mejor, estoy seguro de eso. Me expulsaron en el puente internacional y logré que me llevaran al mismo albergue donde estaban mi esposa e hijos". Justo Elías y su familia pasan los días en el coliseo del Colegio Municipal de Bachillerato de Cúcuta, donde asegura les han dado todo lo que necesitan. "Comida hasta nos sobra, a los niños les traen payasos y actividades recreativas. Aquí fue donde me dieron zapatos de nuevo porque cuando estuve retenido me los quitaron".

Dice que la edad lo ha hecho ser paciente y tiene la esperanza de que la casa que el presidente les prometió, llegará, aunque se demore. "A uno no le deben dar todo. Pero yo perdí todo dos veces y creo que me merezco una ayuda esta vez".

Lo dice porque en 2012 grupos ilegales le arrebataron los animales, los cultivos y la casita que tenía en las montañas de Ábrego. Se fue a buscar una mejor vida en Venezuela y con el trabajo de cuatro años estaba terminando de pagar un lote, el mismo que hoy ya no existe porque el presidente Maduro los despojó de una tierra invadida, pero que dice, fue el comandante Chávez el que les permitió vivir ahí.

Pero como Justo Elías hay cientos de ancianos, que vivían solos en San Antonio, que hoy pasan sus cosas poco a poco, haciendo hasta diez viajes en el día para rescatar sus cosas. Semana.com encontró a Carmen Olinda  Arévalo de Jaimes en la orilla venezolana del río Táchira. El viernes 28 de agosto a las 2:00 de la tarde iba en su tercer cruce del río trayendo pequeñas bolsas con ropa y ollas. "Yo soy una viuda sola, me operaron hace un mes y menos fuerza puedo hacer. Mi nevera, televisor y cama están en mi casa en Venezuela, pero no puedo cargar eso sola. Nadie me ayuda porque todos están tratando de rescatar lo de ellos".

Las madres cabeza de hogar también sufren. Milena, voluntariamente abandonó Venezuela antes de que la sacaran. Su hijo de cinco años tiene una enfermedad grave en los pulmones y aun así, con él en silla de ruedas, cruzó el puente internacional. "Me vine a mi país. Sin nada, pero sé que mis hermanos colombianos no me dejarán morir. Mis hijos merecen una vida mejor, sin humillaciones", comentó entre lágrimas.

Sin duda la situación de todos los colombianos que fueron deportados o que salieron huyendo de Venezuela es terrible, pero además de los niños, quizá los más necesitados y desesperados son los ancianos que no tienen familia.

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