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El cautivo que perdonó a su secuestrador

Maurice Armitage, un empresario caleño que hoy está en el grupo de víctimas en La Habana simboliza la reconciliación y el perdón. Esta es su conmovedora historia.

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Quienes conocen a Maurice Armitage Cadavid lo definen sin titubeos como un capitalista de corazón socialista. Y ese corazón es más grande que la fortuna amasada como dueño de una de las siderúrgicas más importantes del país, o como socio de un ingenio azucarero y una cementera.

Además de sus triunfos empresariales, en Colombia lo conocen por su inmensa capacidad para perdonar. Gracias a esa virtud, desde hace varios años Armitage es considerado todo un ejemplo de reconciliación. Y esta semana fue elegido como una de las víctimas del conflicto armado interno que viaja a La Habana para ser escuchado en la mesa de negociación entre el Gobierno y las FARC. ¿Qué hizo?

En palabras del propio Armitage nada; pero lo cierto es que este empresario caleño con nombre de extranjero, tuvo un gesto de grandeza: perdonó a su secuestrador, le puso abogado que lo defendiera y mientras estuvo en la cárcel, se hizo cargo de su familia.

Y ese gesto de perdón ocurrió pese a que era el segundo secuestro que enfrentaba en su vida. El primero lo padeció en Bahía Solano en 2002, donde fue retenido por las FARC y el segundo ocurrió en 2008 en su finca de Jamundí (Valle), aunque el rapto fue planeado y ejecutado por delincuentes comunes, la meta era venderlo a la guerrilla. Ni siquiera esa desgracia lo llenó de odios y rencores contra sus captores.

Así quedó demostrado cuando se enteró que detrás de ese segundo secuestro, que solo duró algunas horas, pero para él fueron una eternidad, estaba involucrada una de las personas que más apreciaba y consentía: el mayordomo de su finca.

En la investigación que desarrollaron las autoridades, lograron establecer que ese mayordomo junto a unos familiares que vivían en Caquetá, planearon todo. La tarea del mayordomo era servir de anzuelo y brindar toda la información sobre los itinerarios de su patrón Armitage. Dicho en otras palabras, lo vendió a los delincuentes, por unos cuantos fajos de billetes.

Cuando Armitage recuerda ese episodio sus ojos se inundan y arden como una caldera, pero no de odio sino de dolor. Aún después que su mayordomo confesara que participó en el secuestro, Armitage insistía en que parte de semejante acto de deslealtad pudo ser culpa suya, “algo estoy haciendo mal”, expresa.

Ese mayordomo no solo era el hombre de confianza a quien le encomendó la vida, sino su consentido: le regaló un carro, seis vacas y se hizo cargo del estudio de sus hijas. Pero nada de ello evitó la desgracia de enfrentar la deslealtad de un ser querido y apreciado. Pese a todo, en el corazón de Armitage no había espacio para el rencor.

La actitud más frecuente de quienes padecen un flagelo como el secuestro, es exigir que los responsables de tan repudiable crimen se pudran en la cárcel. Pero Armitage hizo todo lo contrario.

De su propio bolsillo contrató a un abogado para que defendiera a su mayordomo secuestrador y lo sacara de prisión. Y mientras su captor enfrentaba a la justicia encerrado en una cárcel, Armitage se hizo cargo del bienestar de la familia de su propio verdugo; y cuando éste finalmente quedó libre, le buscó un empleo estable.

“De vez en cuando lo llamo y hablamos”, recordó el empresario que pregona sin tapujos que la violencia y la injusticia social en nuestro país se acabarán, cuando exista equidad y los ricos redistribuyan sus ganancias.

Ese corte socialista es otra de las bondades de este exitoso empresario que en algunos sectores de la élite colombiana es considerado como un rebelde, porque no pierde escenario para gritar a los cuatro vientos que “a los ricos en Colombia les da pena decir que les va bien”. Y otra de sus frases que levanta roncha en algunos sectores productivos es “la plata se gana con el capitalismo, pero se gasta en el socialismo”.

“Maurice es una persona con un gran don para crear empresa, pero con una admirable virtud de hacerlo con sentido social; y eso es algo que todos los empresarios en Colombia deberíamos imitar”, argumentó Michel Del Court, empresario colombo – francés radicado en Cali.

Lo cierto es que a sus 69 años de edad, casado, padre de dos hijas y cinco nietos, Armitage ha sido coherente con su filosofía de redistribuir las ganancias. Así lo demuestra en su empresa Siderúrgica de Occidente, Sidoc, donde la persona que menos sueldo recibe es la señora encargada de servir los tintos. A ella le pagan con todas las prebendas 1´500.000 pesos al mes.

Eso no es todo. Su empresa maneja una fundación que hace milagros en Siloé, uno de los sectores de Cali vulnerables a fenómenos de violencia y reclutamiento de menores. En ese barrio puso en marcha la ´Orquesta Sinfónica de Siloé´, y los programas ´Tambores de Siloé´ y ´Futbol para la Esperanza´. “Con el aprendimos que no todos los ricos son tan malos, ni todos los pobres son buenos”, parafraseó David Flores, líder cívico de Siloé.

La vena conciliadora de Armitage no es nueva. No solo porque prestó su empresa para fundir las armas que el M19 entregó durante el proceso de desmovilización, sino que participó en la organización de los dos encuentros de 'Reconciliación Colombia', que son talleres en los que víctimas, empresarios, reintegrados y autoridades se sientan a conversar en una misma mesa.

Por todo lo anterior, no cabe duda que Maurice Armitage es de las pocas víctimas de la violencia que ya demostró con hechos, que en Colombia si es posible el perdón y la reconciliación.

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