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Exclusivo: Rompe su silencio el general Arias Cabrales

Jesús Armando Arias Cabrales fue condenado a 35 años por los hechos del Palacio que cumplen 30 años. Habla de lo que pasó ese día, de los que según él son excesos en su proceso y de los diálogos de paz.

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El general Jesús Armando Arias Cabrales era uno de los hombres más poderosos del Ejército hace 30 años. Era el comandante de la Brigada 13 en Bogotá el 6 de noviembre de 1985 cuando el M-19 se tomó a sangre y fuego las instalaciones del Palacio de Justicia, y era el responsable de recuperar el edificio de las manos criminales.

Arias Cabrales no ha podido disfrutar de su retiro. Fue condenado a 35 años de prisión por omisión porque como responsable debía conocer el paradero de los desaparecidos del Palacio. Hoy pasa sus días confinado en una brigada militar en la capital con un dolor profundo de ver que su época de gloria quedó muy atrás. Él dice que no hay pruebas en su contra.

Ahora se decidió hablar con SEMANA para el especial 30 años, 30 rostros.

SEMANA: Durante 30 años usted no ha hablado de la toma del palacio. ¿Por qué hacerlo ahora?

JESÚS ARMANDO ARIAS CABRALES: Siempre fui reacio al protagonismo y desde que me retiré he intentado mantener un perfil bajo. Sin embargo, esta semana se cumplen 30 años de esos acontecimientos. Muchos jóvenes no tienen ni idea de lo que sucedió y han surgido nuevos elementos de juicio que han cambiado el panorama de lo que durante años han sostenido los medios y la justicia. Por eso decidí hablar.

SEMANA: La semana pasada la Fiscalía encontró los restos de tres desaparecidos. Por una de ellas usted está condenado. ¿Cómo recibió esa noticia?


J.A.A.C.: Para mí fue alentador. Algo similar había pasado hace unos años, se logró identificar el cuerpo de Ana Rosa Castiblanco, quien figuraba desaparecida. Esto demuestra que, como ya lo definió el Tribunal Especial de Instrucción Criminal que investigó los hechos de la toma, no existen evidencias de que esto haya sucedido. Las personas que figuran como tales necesariamente fallecieron y sus cadáveres están sin identificar dentro de los tantos restos humanos que por el calcinamiento, en ese momento, cuando no existían avances tecnológicos, no pudieron ser identificados. Nuestra esperanza es que las otras personas estén allí y la Fiscalía haga un esfuerzo por identificarlas.

SEMANA: ¿Usted apoya la idea de que se exhumen todos los restos de los fallecidos?

J.A.A.C.: Sí. Hay un clamor por conocer la verdad. Esa verdad nos interesa a quienes estamos detenidos y hemos sido etiquetados como personas que han cometido ilícitos que verdaderamente no sucedieron, así como a las familias de quienes perecieron o de quienes no se tiene noticia.

SEMANA: ¿Por qué lo condenaron?

J.A.A.C.: No puedo entrar en detalles porque mi caso está en la Corte Suprema. Sin embargo, quisiera hacer unas precisiones. Veinte años después de los hechos, la Fiscalía reabrió una investigación por la cual yo ya había sido absuelto. En el primer fallo me condenaron por ser coautor de 11 presuntas desapariciones. En la apelación, el Tribunal Superior de Bogotá sostuvo que de esas 11 personas, en seis no hay certeza de qué pasó. En el fallo dicen textualmente que no hay ninguna prueba en mi contra, y sin embargo, me condenan a 35 años. No por ser responsable, sino por omisión. Suponen que yo como comandante de la brigada debería estar al tanto de todas las comunicaciones.

SEMANA: Pero una de las pruebas para su condena es una conversación en la que se dice “si aparece la manga, que no aparezca el chaleco”…

J.A.A.C.: Nunca oí eso. Vine a conocer de esos audios años después. En esa conversación no hablé yo, sino el jefe de Estado mayor de la brigada y el del B2 de inteligencia militar. Durante la toma, yo no estaba pendiente de la radio, oírlo era imposible. En ese momento tenía 15 unidades a mi cargo, en uno de los ataques más complejos que ha vivido el país. Tendría que haber abandonado mi cargo de comandante y dedicarme a atender un call center de llamadas.

SEMANA: Volvamos al 6 de noviembre de 1985, ¿cómo se enteró de lo que había pasado?


J.A.A.C.: Yo acababa de reintegrarme a mi cargo, el 5 de noviembre, pues estaba inspeccionando al batallón Colombia en Sinaí. Estaba en una reunión y el coronel Alfonso Plazas, quien estaba en el Ministerio de Defensa, me llamó y regresé a la brigada. Nos enteramos de que se habían tomado el palacio, tenían rehenes, ya habían muerto algunos policías y se oían disparos. El comandante del Ejército, general Rafael Zamudio, y el ministro de Defensa, Miguel Vega Uribe, nos comunicaron que la decisión del presidente era rescatar el Palacio de Justicia.

SEMANA: ¿Cómo fue la operación?

J.A.A.C.: Muy compleja. Primero, por lo que significaba el palacio y por las personas, como los magistrados, que estaban allí adentro. Segundo, porque el edificio no tenía sino dos entradas (la principal de cara a la Plaza de Bolívar y la otra por el parqueadero) y no había ventanales. La única forma era entrar con los vehículos blindados. La guerrilla había puesto explosivos y nos recibieron con disparos. Ya había una gran humareda pues el M-19 estaba quemando los expedientes adentro. Ingresamos con la Policía y luego recibimos apoyo de la Cruz Roja y la Defensa Civil para sacar a los rehenes. Estuvimos hasta las 10 de la noche. A esa hora habíamos podido rescatar unas 100 personas.

SEMANA: ¿Usted entró al palacio? ¿Cómo era?

J.A.A.C.: Sí, la mayor parte del tiempo. El humo, la oscuridad total, el estruendo de las balas tenía a muchas personas muy alteradas. Se sentía el miedo, el sufrimiento, el hambre de quienes habían sobrevivido. El primer día logramos controlar el primero y el segundo pisos. Pero el tercero y el cuarto eran inaccesibles. La Policía intentó, infructuosamente, entrar por el techo con helicópteros y abrir una vía de escape. El capitán del Copes, Raúl Talero, murió en ese operativo porque el M-19 le disparó. El fuego no nos dejó continuar. Incluso, las paredes estaban hirviendo.

SEMANA: ¿Y qué pasó al otro día? Todavía quedaban rehenes dentro del palacio…

J.A.A.C.: El último nido de resistencia del M-19 estaba en un baño entre el segundo y el tercer pisos. Allímurieron magistrados de la talla del doctor Manuel Gaona, mi profesor de derecho constitucional, pues los pusieron como escudo humano en la entrada. Por eso, las tropas especializadas de ingenieros militares utilizaron unos explosivos controlados para acceder por una pared del baño. Luego de derribar el muro, hubo un combate final y allí se rescataron a los últimos rehenes. Ese es el fin de la operación.

SEMANA: ¿Y qué pasó en el cuarto piso, donde estaban muchos otros magistrados?

J.A.A.C.:
Lo que se veía cuando entramos era totalmente trágico. Allí había una pila de cadáveres calcinados, imposibles de identificar.

SEMANA: Sin embargo, la Justica ha dicho que no se pudieron identificar porque muchos restos fueron movidos del lugar e incluso lavados…

J.A.A.C.: El levantamiento de los cadáveres no le correspondía al Ejército. Apenas se terminó la operación, nosotros nos retiramos. Asumieron esa tarea la Dijín de la Policía y Medicina Legal.

SEMANA: ¿Reconoce que hubo excesos en la actuación del Ejército?


J.A.A.C.: Es posible. En la guerra es posible que alguien cometa excesos. Pero el primer exceso fue del M-19, que se encontraba en unas conversaciones de paz. Entraron al palacio y asesinaron al administrador, a dos celadores civiles que apenas tenían dos revólveres, al teniente Fonseca y a un suboficial de la Policía. En los documentos que se incautaron a esa guerrilla sobre el plan de operaciones siempre hablaban de “aniquilamiento”. A pesar de que la Cruz Roja les pidió varias veces que entregaran los rehenes, ellos persistieron. Esa actitud fanática pudo haber conducido a ese final.

SEMANA: ¿Por qué no se pensó en negociar?

J.A.A.C.: La decisión no era nuestra. No era personal, sino institucional. La determinación de recuperar el palacio fue del presidente. Era una orden que no podíamos eludir.

SEMANA: ¿Qué significó para usted y para su familia la sentencia que lo condenó a 35 años?

J.A.A.C.:
Después de haber prestado casi 40 años de servicio, por cuenta de este proceso, la justicia determinó que yo era un “peligro para la sociedad”. Desde hace más de siete años me encuentro privado de la libertad. Para mi familia es muy doloroso. Tengo la fortuna de tener el amor y el apoyo de mi esposa. Mis hijos están fuera del país y llevan una carga que no merecen. Me he perdido los matrimonios de mis nietos e incluso los entierros de familiares. De mis 13 nietos, ocho ya se graduaron de profesionales y tengo dos bisnietos.

SEMANA: ¿Qué piensa de que las FARC puedan tener beneficios jurídicos?

J.A.A.C.: Es muy contradictorio que quienes dedicamos nuestra vida a frenar el avance de la guerrilla tengamos condenas de 35 años y que ellos puedan tener penas mínimas o condiciones especiales. No vemos consecuente esa injusticia. Hemos visto personas que con desfachatez confiesan 300 asesinatos y, acogiéndose a determinados procesos, pagaron ocho años y están hoy libres. No pedimos que nos equiparen, pero sí que la justicia sea equitativa. Yo espero que la justicia por la cual nosotros nos comprometimos en el palacio se pronuncie en concordancia con la verdad.

SEMANA: ¿Eso quiere decir que usted se sometería a la justicia transicional?


J.A.A.C.: Si nos exigen aceptar cargos de hechos que no hemos cometido nos enfrentarían a un gran dilema. Asumir cosas de las que no somos responsables para obtener un beneficio es un imposible ético. La justicia no puede ser una transacción como si se tratara de un juego de cartas. No podría hacerlo, por mí, por mi familia y por la institución militar.

SEMANA: ¿Usted sí cree en el proceso de paz?

J.A.A.C.: ¿Quién no va a querer la paz? De niño mi familia fue desplazada, tengo un tío que fue asesinado, tres primos que han sido secuestrados... Sólo quisiera que la paz se dé en las mejores circunstancias.

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