Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

×
Semana Videos

Filtrar:

VIDEO

“Le dimos a ese cuerpo todo el amor que teníamos”: hijos de magistrado del Palacio de Justicia

Diana y Gabriel Andrade relatan cómo llegaron a la noticia de que el hombre que enterraron hace 32 años no era su papá. Hablan del dolor de esa ausencia y la alegría de entregarle los restos a la familia de un desaparecido. 

Compartido 0 Veces

Gabriel y Diana Andrade sienten que a su papá, el magistrado auxiliar Carlos Julio Andrade, lo mataron dos veces. Una en la cruel toma del Palacio de Justicia en 1985 y otra el jueves pasado cuando Medicina Legal les confirmó que el cuerpo que ellos enterraron y que cuidaron por 32 años no era el de él. Esa tarde volvió a su familia ese dolor represado que ninguno había podido tramitar y la sensación de que ese vacío que dejó su partida no podrá llenarse nunca.

Los Andrade se sienten burlados. El dolor volvió, según Gabriel, con mucha más ferocidad, rabia y ansiedad que hace tres décadas. Ahora, en lugar de un muerto, tienen un desaparecido. Por su mente pasa lo peor: su papá pudo sufrir lo indecible, pudo ser torturado, pudo caer en ese filtro macabro y tenebroso que se instaló en la retoma.

Recomendamos: Especial sobre la toma del Palacio de Justicia

Su familia comienza ahora la segunda etapa de lo que Gabriel califica como “la peor pesadilla que puede vivir un ser humano: no saber durante cuánto tiempo vamos a buscarlo”.  Esta es su conmovedora historia.

La horrible noche

El 6 de noviembre de 1985, Gabriel –quien para esa época tenía 16 años- estaba en el colegio. La rectora lo sacó de un examen de trigonometría y le dijo que ella misma lo llevaría a la casa en su carro. Diana tenía siete años. También la sacaron de clase. Para ese momento ella no sabía en qué trabajaba su papá. Solo que llegaba sagradamente a las seis de la tarde y que cuando eso sucedía su casa se llenaba de alegría. Todos salían corriendo a abrazarlo. Eran una familia grande, compuesta por cinco hijos de 7, 10, 13, 16 y 21 años, respectivamente.

Pero esa tarde fue diferente. Apenas entraron al apartamento, toda la familia lloraba, pero nadie les contaba qué era lo que realmente estaba pasando. Hasta las cuatro de la tarde el papá pudo comunicarse con la familia por teléfono, pero luego perdieron contacto. La radio no se apagó nunca esa noche. “Yo solo veía a mi mamá bajo el efecto de tranquilizantes y a Gabriel gritando que quería ir a buscarlo”, relata Diana. Ella y sus hermanos Julio y Federico se quedaron toda la tarde esperando a su papá sentados en un sofá marrón de la sala.  “Lo sigo esperando”, agrega Diana.

En contexto: Las conmovedoras historias que se cruzaron en el Palacio de Justicia 

Gabriel efectivamente fue tras la pista de su papá. Llegó al centro angustiado, pero el operativo que habían desplegado las autoridades apenas lo dejó llegar hasta unos metros antes de la Casa del Florero. Se quedó allí media hora en medio de un ruido ensordecedor hasta que unos policías lo sacaron. 

A su corta edad, a él que era el “capitán de los hermanos”, le tocó la labor más dura. Cuando la radio anunció que se había dado una ‘operación rastrillo’, Gabriel volvió y entró al Palacio de Justicia. Se encontró con varias personas que con mangueras de alta presión estaban limpiando el piso. Gabriel, al no encontrar a su papá, se fue para Medicina Legal.

“Vi un cuerpo que tenía una dentadura muy parecida a la de mi papá y que tenía una cédula adherida al cuerpo. La sensación de la dentadura más la certeza de la cédula me satisfizo la necesidad de llevarme a mi papá porque ya todo había terminado”, relata.

La otra horrible noche

Pero todo no terminó ahí. El jueves, 32 años después, Gabriel volvió con su hermana a Medicina Legal donde se les confirmó que el cuerpo que habían enterrado no era el de él. “A mi ayer me mataron a mi papá”, cuenta Diana. En su mente, todo lo que habían vivido ese 7 de noviembre regresó como si acabara de suceder. “Veo ese sofá café, veo a Gabriel desesperado y me veo esperándolo. Estoy viviendo lo mismo que en 1985”, agrega.

Puede leer: Los cuerpos perdidos del Palacio de Justicia

La pesadilla que comenzaba para los Andrade ponía fin al tormento que había vivido por más de tres décadas Pilar Navarrete, la esposa del mesero de la cafetería Héctor Jaime Beltrán. Durante todo este tiempo, ella quien se ha convertido en una de las líderes más visibles de las víctimas de esa tragedia, vivió la agonía de tener un ser amado desaparecido. El viernes pasado, en la puerta de Medicina Legal, Pilar y Diana se fundieron en un profundo abrazo.

Los Andrade llevaban esperando la confirmación de Medicina Legal desde hace año y medio que realizaron la exhumación. Diana había comenzado a dudar desde hace una década y sus dudas comenzaron a permear a su familia, que luego de muchos tires y aflojes, aceptaron acompañarla.

En un sentido escrito, que Gabriel hizo para Semana.com hace dos años, relató cómo desde que la Fiscalía dijo que no descartaba la posibilidad de exhumar los 100 cadáveres de las víctimas del Palacio de Justicia, no podía dormir.

“A mis 50 años, prefiero honrar a un muerto ajeno que empezar a buscar a un desaparecido… La aparición de los desaparecidos y la desaparición de los muertos me han mortificado”, contaba Gabriel.

Al final todos decidieron embarcarse en ese proceso por amor a Diana. El viernes, cuando llegaba el momento final, la familia creía que se cerraría un ciclo. Los hermanos decidieron ir sin su mamá. En Medicina Legal, los invitaron a sentarse en una mesa. Les pusieron una presentación en power point. En una de las diapositivas Diana leyó una frase “es excluyente”. Nadie le dijo la noticia de viva voz y al principio ella tampoco lo entendía. Pero era obvio: no era él. Diana estalló en llanto. “¿Dónde está mi papá?”, pensaba.

Fue tanto el dolor que la familia le tuvo que pedir a los funcionarios de Medicina Legal que se salieran del salón. Llegaron a la casa con los ojos llorosos y la mamá inmediatamente entendió. “¿Cómo les fue?, les preguntó. “Lo seguiremos buscando”, contestó Gabriel. “En ese momento sentí que mi mamá se iba a morir en mis brazos”, relata él.

Una maleta muy pesada

La mamá de los Andrade es una heroína.  Cuando sucedió la toma del Palacio de Justicia acaban de llegar a vivir a Bogotá. El cargo de magistrado auxiliar no existía y quienes lo tenían eran verdaderamente privilegiados. Carlos Julio Andrade, su esposo, trabajaba para el magistrado de la sala penal, Dante Fiorillo. Ella cuidaba en la casa a sus cinco hijos mientras él trabajaba. Cuando él murió, los sacó a todos adelante a pesar de las enormes dificultades económicas que atravesaron.

“Mi mamá en su amor a Dios siempre quiso guardar nuestro corazón”, relata Diana. Por más de tres décadas en su casa nunca se habló de la toma. No asistieron a ninguna ceremonia ni conmemoración de la toma del Palacio de Justicia. Nadie supo nada de ellos.

En la casa de los Andrade imperaba ese adagio popular de “ojos que no ven, corazón que no siente”. Para que ellos pudieran ser felices, su mamá siempre les decía que perdonaran y que nada les pasaría porque su papá estaba en el cielo y Dios amaba a los huérfanos.

 “Yo no sé cómo hablar de mi dolor porque nunca lo he hecho. Hay gente que me conoce que ni siquiera sabe la maleta tan grande que he llevado toda la vida”, confiesa Diana. Por esa razón, después de que en Medicina Legal le dieron la noticia, ella solo atinó a contarle a una persona: Dagoberto, el encargado de la tumba de su papá.

Por años, Diana sostuvo una cercana relación con él. Hace un tiempo, el cementerio en donde enterraron a su papá comenzó un proceso para ser vendido y a todos les avisaron que tenían, en algún momento, que mover a sus seres queridos. Su papá es uno de los hombres más ilustres que reposan en ese campo santo, en diagonal está el cantante Rafael Orozco.  Allí, los cuidanderos y visitantes lo conocen como “el magistrado”.

A Diana, quien hoy vive en Estados Unidos, le atormentaba la idea de que nadie cuidara la tumba y sagradamente, cada tanto, le giraba dinero a Dagoberto. Él, a cambio, le ponía flores, regaba agua, cortaba el césped y le mandaba fotos por Whatsapp. ¿Cómo pudo pasar eso?, preguntó atónito. Cuando venía de vacaciones al país, Diana llevaba allí a sus dos hijos a visitar al abuelo. “Háblenle, él está en el cielo pero los escucha”, les decía.

El viernes Diana le contó a Pilar Navarrete todo esto. Ahora ambas sienten que están unidas por un lazo indescriptible. Los Andrade pidieron encontrarse con ella. Querían que la esposa de Héctor Jaime Beltrán supiera que “fue amado, llorado, cuidado y que fue nuestro por 30 años. Le dimos a ese cuerpo todo el amor que teníamos”.

Cargando Comentarios...