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“Papá, algunas veces me pregunto por qué te sigo llorando”

La carta que escribió la hija del fallecido magistrado auxiliar Emiro Sandoval y el relato de Amelia Mantilla, la esposa, retratan el dolor de una pérdida que no se olvida.

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Amelia Mantilla y Alexandra Sandoval decidieron contar su historia para el especial Palacio de Justicia: 30 años, 30 rostros.

Alexandra tenía apenas tres años cuando su papá falleció en la tragedia del Palacio de Justicia. Sin embargo, 30 años después La Fiscalía investiga si los restos que le entregaron a su madre, Amelia Mantilla, corresponden a él o a otras de las víctimas de la toma. Esta es la carta que ella le escribe a su papá tres décadas después.

“Memi, nunca antes te había escrito una carta, tal vez porque antes tenía una tumba dónde conversar contigo, mientras que ahora no estoy segura de que estés allí y quizás valga más la pena hablarte al infinito. Te escribo por la conmemoración de los 30 años de tu asesinato, pero también porque este año cumplí 33, lo cual me hace oficialmente mayor que tú. A partir de este momento, cada año que cumpla será uno que tú no cumpliste.

Solo hasta ahora me doy cuenta realmente de lo joven que eras cuando te arrebataron de nuestro lado, lo cual hace que me resulte más grande e insoportable la injusticia, pero al mismo tiempo me sorprende al mostrarme todo lo que lograste en tan poco tiempo.

Efectivamente, en todos estos años, en los lugares menos esperados, todo tipo de personas, de diversas nacionalidades y contextos, me han ayudado a encontrarme con tu recuerdo. Tu legado académico ha logrado trascender a tu generación y conseguiste que tus ideas sigan vivas. Gente que nunca te conoció o incluso nació después de tu muerte te admira profundamente, porque alcanzaste una madurez académica que te permitió dejar una obra, representada en tus tres libros y diversos artículos que dan cuenta de un pensamiento crítico y transgresor a los paradigmas del derecho penal y de la criminología crítica en aquella época.

En lo personal, mi mamá y tus amigos, como Toño, Marino, Emilio y Roberto, se han encargado de mostrarme que no solo eras un hombre muy dedicado al estudio, serio, y hasta un poco tímido, sino además alguien con un humor sarcástico y fiel a sus convicciones, por no decir un poco terco. Así que te garantizo que tu presencia en nuestra casa ha seguido siendo constante y nosotras te recordamos como un hombre bondadoso, cariñoso, dedicado y orgulloso de su familia.

Pensar en dirigirme a ti directamente me obliga a enfrentarme a tu dolorosa ausencia. Algunas veces me pregunto por qué te sigo llorando, por qué el dolor es tan latente si tu recuerdo real es tan vago. Casi 30 años sin ti no han logrado que te deje de añorar con la misma fuerza con la que lo hacía al principio.

Mi respuesta es que esta herida seguirá abierta hasta que tu muerte, junto con la de la otra centena de personas asesinadas y 11 desaparecidas en los hechos de la toma a manos del M-19 y la violenta retoma realizada por las Fuerzas Armadas del Palacio de Justicia, continúe impune.

La dignificación de tu memoria y la de los demás no solo depende de los actos de conmemoración que se realicen cada año, sino de que obtengamos verdad y justicia. A 30 años de lo sucedido, cada día tenemos más dudas que certezas sobre lo que ocurrió contigo.

Si bien no desconozco los avances importantes dados a través de la Comisión de la Verdad y los juicios valientes que se han llevado en contra de los militares responsables por la retoma y por la desaparición de personas, lo cierto es que no es suficiente. El Estado colombiano continúa indolente frente a lo ocurrido y siguen siendo más fuertes las fuerzas oscuras que no nos permiten conocer la verdad.

Ahora que el país está centrado en un proceso de paz, me es inevitable pensar en ti, que votaste emocionado por Belisario Betancur, quien se convertiría en uno de tus verdugos, porque apoyabas fielmente la idea de una Colombia en paz. Me imagino lo mucho que hubieras podido aportar a las discusiones sobre justicia transicional, palabras que nunca conociste, pero que intuías desde los debates que planteabas sobre las funciones no declaradas de la privación de la libertad o sobre las diversas penas alternativas.

A nosotras nos has hecho una falta inmensa, pero también cuánta falta le has hecho a este país que se vio privado de tu mente y tus capacidades que siempre pusiste a su servicio, como funcionario público y académico. Por mi parte no te alcanzas a imaginar lo que estoy dispuesta a perdonar y a ceder, si alguien me garantiza que este proceso le va a evitar estos 30 años de horrible sufrimiento a otra niña. Así que guardo la ilusión que la próxima carta que te escriba, sea una en la que sepa plenamente donde estás, qué te pasó, quiénes son los responsables de lo sucedido, pero que, además, te pueda contar de un país que se parezca con el que tu soñabas para mí.

Tu hija que nunca te olvida,

Alexandra”.

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