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La bendición de Francisco

Además de las cuatro millones de personas que lo acompañaron en las misas que ofició, miles de colombianos lo recibieron cada noche en la Nunciatura Apostólica con un sólo objetivo: sentirlo más cerca.

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Francisco no hizo muchas exigencias, sólo una: dormir siempre en la misma cama. Así fue y por eso siempre terminó su día en la Nunciatura que convirtió en un lugar obligado de peregrinación, así fuera para verlo pasar fugazmente.

A medida que iban pasando los días de la visita, una mayor cantidad de personas se aglomeraban en las calles circundantes al hogar de paso que tuvo el sumo pontífice las tres noches que pasó en Colombia. Nunca bastó que Francisco hubiera dado la bendición a todos en el Parque de Bolívar, sino que cada feligrés siempre buscó acercarse un poquito más para conquistar la gracia propia.

Yenis Barros no descansó hasta verlo de cerca. Fue a la misa campal del Parque Simón Bolívar pero la multitud impidió que el papa viera un cartel que ella misma hizo para que bendijera a su familia. No se quedó quieta y dos días después decidió madrugar a las cuatro de la mañana a aguardar cerca a la Nunciatura, pero solo pudo verlo pasar en automóvil cuando se dirigía al aeropuerto. Pensó tener mejor suerte en la noche e hizo guardia, pero fue inútil, sólo veía cómo las personas corrían de un lado a otro tratando de encontrar, como ella, un lugar para verlo de cerca.

Con voluntad de hierro Yenis siguió insistiendo. “Yo le dije a Dios que pusiera una persona que con todo su amor me dejara estar más cerca”, cuenta la mujer de El Difícil, Magdalena. El domingo, cuando el papa salía de la Nunciatura para no regresar, decidió volver a madrugar porque una persona encargada de la logística le había prometido la noche anterior que la iba a ayudar a entrar y abrazarlo como lo había soñado.

Así fue, cuando Francisco salió en su papamóvil Yenis alzó su pancarta y recibió su bendición. Pero ella no fue la única que intentó e intentó hasta lograrlo. Eugenia Quintero burló la seguridad y logró subir al papamóvil, en su mano llevaba una cruz que no soltó y que ahora conserva como la niña de sus ojos. “Yo tenía que tocar su manto”, cuenta emocionada, se le ve en su mirada pues usa siempre un tapabocas, está enferma.

No todos corrieron con la suerte de Yenis y Eugenia, en los cordones de seguridad decenas de personas intentaron ingresar a la Nunciatura sin éxito. La rogativa era para los policías. "Por favor, déjeme entrar, yo no debería estar acá tengo fiebre, solo vine a verlo", le repetía con insistencia una mujer a un uniformado que solo atinaba a decirle que no estaba en sus manos.

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