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Desde la cárcel, una historia de amor a los gritos

La cita tiene lugar todos los días. Se gritan, ella desde su habitación y él desde afuera del penal.

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Carlos Ernesto* lleva varias semanas yendo sin falta a una particular cita de amor con su esposa. Él, desde la calle y a la hora en que el sol cae, le grita cuanto la ama, extraña y apoya. Diana*, desde el interior de la cárcel de El Buen Pastor de Bogotá, a unos 80 metros de distancia, lo oye y le contesta.

Ellos obvian todo el protocolo que tiene la cárcel para recibir visitas, y aunque no pueden tocarse,  alcanzan a verse desde la penumbra y a cruzar palabras y sentimientos que atraviesan los infranqueables muros del penal, de cinco metros de alto.

Diana está encerrada tras haber sido capturada por la Policía en el aeropuerto ElDorado con una considerable carga de cocaína. Su pareja insiste en que ella es inocente y que fue engañada por un desconocido que le cambió la maleta y el pasabordo poco antes de abordar.

Llevan dos años de casados y ella, oriunda de México, venía a visitarlo cada vez que podía. En esta ocasión lleva ya cuatro meses en el país, tres de ellos tras las rejas.

Carlos va a verla, desde lo lejos, siempre que sale de trabajar. Él dice que no alcanza a ver mucho detrás del muro, aunque Diana -cuando hablan por teléfono- le dice que desde el balcón donde se ubica sí puede observarlo. De hecho, cuando la periodista se acercó al hombre para preguntarle por su historia, ella le increpó: “¿Qué quiere ella, mi amor?”.

Él permaneció gritándole su amor una hora y haciendo gestos de corazones con sus manos y mandándole besos. Ahora busca conseguir 80 millones de pesos que le cuestan los servicios de un abogado, quien supuestamente tiene buenos contactos y le conseguiría una eventual rebaja de penas o, quizá, una condena de casa por cárcel.

Diana, que podría ser llevada a juicio en los próximos meses, está expuesta a una condenada por el delito de tráfico, fabricación o porte de estupefacientes, que conlleva una pena que va de entre 11,5 y 30 años de prisión y una millonaria multa.

Por ahora, se ven un domingo cada quince días desde la mañana hasta la primera hora de la tarde y tienen una visita conyugal una vez al mes. Así, mantienen vivo su amor, a los gritos, ella desde el interior de una cárcel y él por fuera de los muros del Buen Pastor.


(*) Nombres cambiados para proteger la identidad de los protagonistas de esa historia.

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