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Turbo, el hueco inhumano

Mientras cientos de cubanos siguen hacinados, esperando que Panamá abra la frontera, haitianos, africanos y asiáticos se juegan la vida tratando de cruzar el Tapón del Darién. Y miles más vienen en camino.

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En esa bodega de techo alto, el calor se cuela y se mezcla con el que producen más de 300 inmigrantes ilegales que se encuentran en su interior. En su mayoría son cubanos que comparten no solo el aire pesado, sino el baño, la comida, enfermedades, preocupaciones, miedos, persecuciones, dioses y demonios. La entrada a la edificación es un lodazal y la salida, que mira al mar, huele a aguas negras. Ahí cocinan, lavan la ropa, fuman, ven pasar las horas mientras algunos –nacionales o extranjeros– en una oficina con aire acondicionado no saben qué hacer con tanta carne humana sofocada.

El interior de la bodega, que los comerciantes de Turbo prestaron para que esos errantes dejaran de deambular por el pueblo, parece un centro de sobrevivientes de una tragedia natural o una guerra. Entre la multitud está Kelis Álvarez Torres, una bella cubana negra que vivió en Ecuador por casi un año, donde sufrió la xenofobia: “Yo soy abogada, sé hacer cosas, pero nadie me daba la oportunidad. Estaba reuniendo dinero para seguir el camino hasta Estados Unidos”.

Los cubanos preguntan por noticias de Migración, pero no hay respuestas porque pocos dicen algo. Solo hay reportes: dos capturas, cuatro capturas, veinticinco deportaciones. Cifras duras que ocultan el drama en el que están cientos de cubanos, africanos venidos de Camerún, Nigeria y que quedaron atrapados hace cuatro semanas de este lado del tapón del Darién, cuando Panamá decidió militarizar la frontera e impedir el paso de inmigrantes ilegales.

En las noches, los cubanos reciben noticias dudosas vía chat o por uno de los grupos que tienen en WhatsApp y Facebook. A veces llegan de los familiares; otras de la comunidad cubana de Estados Unidos. Que Obama dijo que les solucionen el problema a los isleños que están en Turbo; que la canciller Holguín dijo que todos para un avión a Cuba; que Santos dijo que por el bien del proceso de paz es mejor devolvérselos a Fidel. No saben que el único que ha dicho algo es el papa Francisco, pero lo hizo en diciembre de 2015: “Mi pensamiento se dirige en este momento a los numerosos migrantes cubanos en dificultad en Centroamérica, muchos de los cuales son víctimas de tráfico de seres humanos”.

El éxodo

Gabriel, un coyote retirado, permanece en el puerto de Turbo y hace de todo. Es un tipo pobre, que estuvo en el negocio varios años pero lo dejó y no dice porque, “tú sabes que los paraguayos (paramilitares) siguen ahí”. Los coyotes usan las rutas Cacaricas, Puente América y Palo de Letras. Por ese camino, sembrado de cambuches, han muerto muchos inmigrantes atacados por animales o perdidos del grupo. Gabriel pagó peajes a las Farc y a los paramilitares. Ahora, dice, el negocio está muy complicado porque los coyotes están pasando por la ruta de la coca y al Clan eso no le ha hecho mucha gracia. “Por eso empezaron a matar gente y yo mejor me retiré”. 

Abel, un comerciante que hasta hace cinco años trabajó en una residencia, recuerda que una noche de 2005 pasaron dos bolivianos a la casona. Se llamaban Johnny y Rosa, venían en correría desde La Paz con ganas enormes de llegar a Estados Unidos. Regresaron cinco días después, los coyotes los habían dejado en medio de la selva, golpeados y sin un peso. “En ese momento me di cuenta de que esto se iba a llenar de inmigrantes, y así fue”, dice Abel.

Christian Kruger, director de Migración Colombia, revela que en 2014 detectaron 2.111 casos de inmigrantes irregulares que cruzaron el país; el año pasado fueron 8.855, y hasta abril de 2016 van más de 6.000, lo que puede significar un aumento de más del 100 por ciento para final de año, sin contar con que han deportado cerca de 7.000. Y una de sus preocupaciones es que en Brasil hay más de 40.000 haitianos que llegaron para trabajar en las obras para el Mundial de Fútbol 2014 y los Juegos Olímpicos 2016, pero con la crisis económica se quedaron en el aire y han decidido subir por el continente, sin medir riesgo, hasta llegar a la tierra prometida moderna.

El viacrucis

Pide que no se revele su nombre porque en Cuba tuvo un cargo importante. Ahora está sentado en la entrada del albergue y administra los víveres. Uno de los cocineros, que desde las dos de la tarde revuelve un arroz en el planchón que da a las aguas negras, le pide unas latas de sardinas. Pasada una hora habrá una fila monumental, cada cubano con su plato. “Ustedes se quedan a comer, porque aunque los cubanos tenemos poco, lo compartimos”. El cubano comienza a hablar con ese acento caribeño que enreda, musicaliza, dramatiza su historia.

Salió de Cuba el 2 de mayo en un vuelo a Guyana con escala en Panamá. Aterrizó allí y lloró al ver tanto mundo diferente. No pudo comprar nada, aunque tenía dinero, porque ya le habían advertido que una vez dejara el aeropuerto de Georgetown, capital de Guyana, lo que iba a necesitar era plata. Y así fue.

Una vez en la ciudad se dirigió a la casa de uno de los coyotes. Le pidió 900 dólares por llevarlo a Caracas, Venezuela. Regateó y le terminaron dejando el viaje en 450 dólares. Esperó tres horas y empezó el viaje en unas lanchas poderosas que no había visto nunca. El viaje duró 18 horas y muchos de los 43 migrantes dejaron las tripas en el mar.

Tras dormir en Caracas tomaron un bus directo a San Cristóbal. El viaje les tomó 25 horas y 500 dólares. Allí pasaron cuatro días encerrados en una casa, compraban la comida. “Lo que más me sorprendió es que lideraron todo ese tránsito hasta Cúcuta niños de 13 y 14 años”. Una vez en Cúcuta los embarcaron en un taxi que los llevó directo a la casa del coyote contratado. Los recibieron y les dijeron que el siguiente paso era llegar a la terminal de transporte, pagaron 250 dólares por un trayecto de 15 minutos en taxi. Se subieron a un bus, en un retén la Policía les quitó casi 200 dólares. “Después el chofer pasó, pienso yo que a coger su pedazo, porque ellos tenían un trato. Los policías se subieron al bus y vinieron directamente donde nosotros”.

Llegaron a la Terminal del Norte en Medellín donde tomaron un bus hasta Turbo. Ahí se cruzaron con africanos, haitianos, asiáticos. Un puñado apenas, porque en Turbo serían multitud: “Llegamos y aquí había unas 500 personas, en su mayoría haitianos, todos protestando porque habían cerrado la frontera”. Contrataron un coyote que les pidió 700 dólares por llevarlos en lancha hasta Panamá, pero esta llevaba sobrecupo, así que perdió la plata. La lancha en efecto naufragó y nada se sabe de los tripulantes.

Así terminó en el albergue, donde se ha convertido en un líder. Denuncia que funcionarios de inmigración los han amenazado con deportarlos a Cuba: “Yo prefiero que me peguen un tiro aquí mismo, pero yo no regreso”. El cubano, que es un hombre fuerte, con un tatuaje de guerrero en el pecho, llora cuando piensa en sus hijos, los que dejó en la isla.

La selva

El viaje por Venezuela es mucho más caro, y no todos tienen tanto dinero, así que están los que dicen atravesar el Amazonas, como el santero Juan Enrique Serna. Por eso en la bodega muchos cubanos lo consultan para que diga cómo va a terminar todo este viaje, pero los dioses todavía no le responden o él no ha sabido escuchar. 

Viajó a Guyana en avión, pasó a Manaos y subió por el Amazonas hasta llegar a Tabatinga, vecino a Leticia. Ahí se quedó un par de días hasta que un coyote le dijo a él y a otros diez cubanos que había que llegar a Puerto Asís por la selva, primero Perú y luego a Colombia por el río Putumayo. Les cobró, en total, 2.200 dólares. Los coyotes no siempre dicen la verdad y este no conocía la selva y terminaron perdidos. Un viaje de tres días tomó ocho, cuatro sin agua ni comida. Caminaron tanto que las mujeres empezaron a desmayarse. Al cuarto día un jaguar apareció y había una serpiente rara de la que huían el guía y dos indígenas que se encontraron en el camino. “Nos tocó cruzar en un momento ese río, con más de 30 metros de ancho… tú no sabes lo que es eso”. Los indígenas al octavo día dieron con un caserío, del que finalmente salieron rumbo a Puerto Asís.

Otra lengua

Carlos, con camiseta de Nacional, habla como un vendedor. Cuenta que más tarde tiene que llevarle una mujer a unos haitianos, “porque cuando el amigo tiene hambre hay que darle de comer”. De una residencia sale el haitiano, negocia el rato con la prostituta, le da 500 pesos de propina a Carlos, que la recibe de mala gana. El haitiano se llama Alexandre y salió de su país porque si las cosas estaban mal con el terremoto, luego se pusieron peores. “En mi casa no teníamos qué comer”. Se enteró de que en Brasil estaban recibiendo haitianos para trabajar en obras varias, así que corrió el riesgo y viajó como pudo. Llegó en 2012 y tuvo trabajo por dos años, pero luego todo se vino abajo, “con unos amigos nos lanzamos hasta acá. En Colombia la Policía nos ha tratado mal, intentaron abusar de una compañera en un retén de Cali a Medellín”. Alexandre detiene la historia porque la mujer que contrató llegó, no dijo más nada, no se despidió, se paró, le extendió la mano y se metió en el zaguán.

Las oficinas de migración están cerca y afuera están varios africanos y haitianos. Esperan que les den el salvoconducto. Un africano, que no dice su nombre, dice que en cuanto les entreguen el papel irán hasta Sapzurro para atravesar el Darién. “Venimos de Camerún. Queremos llegar a Estados Unidos. Venimos huyendo de la pobreza y de la política. No, no nos da miedo la selva, nosotros somos un pueblo guerrero y no tenemos miedo a morir, aunque esa no es la idea”. A su lado está Fabiana, una haitiana que trata de traducir a un portuñol extraño, también tiene su historia. Vivió en Brasil y en Ecuador, donde estuvo trabajando gratis por más de un año, solo le daban la comida y la amenazaban con entregarla a las autoridades, “hasta que me cansé y decidí seguir camino hasta Estados Unidos”.

El negocio

Desde que el presidente de Panamá, Juan Carlos Varela, cerró la frontera, hace casi un mes, contra el narcotráfico, se hizo visible el problema de los inmigrantes, que ahora no han tenido más opción que quedarse en Turbo o coger, por su riesgo o con alguien osado, la selva del Tapón del Darién, territorio de guerrilleros, paramilitares y contrabandistas, en la que muchos han muerto.

Eso ha mostrado el gran negocio ilegal que hay detrás. Hace unas semanas se conoció uno de los ‘paquetes ilegales’ que ofrecen los coyotes a los inmigrantes con documentos colombianos falsos en Cali. Darío Daza, director regional occidente de Migración Colombia, le dijo a SEMANA que los paquetes vip, que incluían documentación completa y hasta un pasaje en avión a México, variaban de acuerdo a la nacionalidad, “un cubano puede pagar hasta 3.500 dólares; y a los que solo pedían cédula les salía mucho más barato, 400.000 pesos”.

En la ‘registraduría’ clandestina, en el barrio Santander, se producían al mes más de 1.000 cédulas falsas. Y según Christian Kruger, este es solo una de tantas empresas criminales que se están dedicando a pasar ilegales, lo que pone en una encrucijada a la justicia nacional: ¿deportar o darle abrigo a los inmigrantes que únicamente están huyendo de situaciones?

Soluciones

El viernes se reunieron varias autoridades de migración de Centroamérica en Panamá, querían revisar la crisis que ha crecido con los cubanos que ahora están represados en Colombia y Ecuador. Las autoridades llegaron a tres conclusiones: 1) establecer canales de comunicación para intercambiar información judicial entre los países de tránsito de migrantes para capturar a los coyotes; 2) fijar lineamientos generales migratorios en las regiones para que las redes de tráfico no se beneficien de las diferencias normativas; 3) tanto los países de Centroamérica como Colombia no son ni la causa, ni el origen de este fenómeno.

El director de Migración Colombia le dijo a SEMANA que adicionalmente “quedamos de realizar una visita con mi homólogo de Panamá, en la frontera para la verificación de los procedimientos”. La visita aún no está programada, aunque es urgente, porque además de los 350 cubanos que hay en albergue, en una inspección a diferentes residencias y casas de Turbo se puede comprobar que pueden haber otros 50, y muchos otros están a punto de llegar. Mientras esto ocurre, la mayoría quiere que le abran una puerta para seguir su camino o que le habiliten un vuelo directo a Estados Unidos, como ya ha ocurrido en otros países con la anuencia de Washington.

El drama

No se le entiende el nombre porque está drogado. Es africano. Llegó de Nigeria a Turbo hace dos años. Viajó a España, luego a Cuba, después a Ecuador y, después de unas cuantas fiestas y de gastar los pocos ahorros que le quedaban, siguió camino a Estados Unidos, pero se quedó en Turbo. Se ha convertido en una celebridad en el pueblo. Todos dicen que canta muy bien, con una voz singular y que no pudo seguir su camino porque le mostraron el bazuco y le pegó duro. En la olla en la que compra la droga también hay más inmigrantes atrapados.

En la bodega todos dicen lo mismo: que corren el riesgo porque no aguantan más la represión en Cuba. No creen que los acercamientos entre el castrismo y Estados Unidos vayan a solucionar los problemas. La bodega se volvió su mundo –aunque ahora la Fiscalía investiga al dueño por tráfico de inmigrantes, al parecer no ven un acto humanitario–, ahí comen, juegan, rezan, pelean, ríen, esperan, una espera que parece eterna, cada tanto llaman y preguntan: “¿Hermano, qué has sabido?”. Nada. 

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