Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2010/03/03 00:00

El padre Juan Guinart, un apóstol que lucha contra el hambre

El sacerdote español que vivió de niño los horrores de la Guerra Civil que asoló a su país, lleva casi medio siglo en Colombia en una batalla diaria por darle de comer a niños y ancianos sin recursos. Ahora lo hace en Valledupar.

El padre Juan Guinart lleva casi cinco décadas luchando contra el hambre de los niños en Colombia. Foto: Foto: David Estrada

A comienzos de los 40, los Guinart, familia de agricultores, tenían una granja cerca de Moncada, un pueblito valenciano. Habían sobrevivido a la guerra y querían ganarle ahora a la hambruna con el trigo que se resistía a morir. Juan tenía cinco años y todos los días, a la hora en que el pan salía del horno, un curioso y puntual comensal de su misma edad asomaba por la casa.

“Era un amigo más pobre que nosotros”, cuenta el cura, soportando con una inexplicable serenidad el caliente verano en Valledupar. “A mi madre le extrañaba semejante olfato. A mí no, la verdad es que yo le avisaba, aunque siempre le hice creer a ella que ese niño tenía dotes de adivino”, dice mientras ríe con picardía. Aunque enseguida sus ojos cambian a la tristeza: “Vi mucha hambre y miseria, por eso no puedo resistir que nadie, pero en especial niños y los ancianos, no tengan pan ni abrigo. Uno no puede despedir a un pobre o un necesitado sin nada”.

Está aquí

En 1962 llegó a Colombia. Ya era sacerdote y pertenecía a la comunidad de los religiosos capuchinos. Eran asignados a países de América según su procedencia. “Por ejemplo, los de Castilla, a Venezuela; los de Navarra, a Ecuador; y nosotros, los valencianos, a Colombia, casi siempre a la Guajira y Valledupar”.

Pero tardó en llegar allí porque en los primeros dos años estuvo en Bogotá y Barranquilla. Después lo mandaron a Providencia, donde encontró un lugar muy diferente a lo que es hoy: no había aeropuerto y muy de vez en cuando llegaban buques.
 
Además, las mujeres, los niños y los ancianos estaban solos porque, según recuerda, los hombres, por ser bilingües, casi todos se iban a Panamá, donde trabajaban en los puertos o se marchaban a Jamaica. “Fue la primera vez que sentí muy de cerca el hambre en Colombia y eso me reproducía a las vivencias del pasado”, cuenta el padre.

En Providencia se hizo director del colegio Junín, que tenía una jornada de seis de la mañana a dos de la tarde. “Eran jornadas larguísimas con desayunos y almuerzos muy flojos. Había hambre”, recuerda el sacerdote con precisión, a pesar de que ya tiene 75 años encima. Al ver a sus muchachos débiles y comiendo poco, habló con su amigo Jorge Gaitán, que tenía una panadería. “Le propuse que me vendiera pan con buen descuento. Lo llevaba al colegio y en un rato desaparecían todos”.

Hambre y calor

Años más tarde llegó más cerca al lugar al que lo habían destinado. Lo vieron aparecer por las serranías de Santa Marta y el Perijá. Allá había 25 escuelas y mucho trabajo. De hecho, no solo se trataba de brindar alimentación sino de hacerlo de la mejor manera para enfrentar los efectos mortales de la desnutrición.

Se las ingenió para sacrificar una res cada 15 días y mandar la carne para cada escuela. Así pasaron doce años hasta cuando en 1985 fue trasladado a dirigir en Valledupar el Hogar del Niño, un colegio público que funciona en instalaciones de los capuchinos.

Fiel a su obsesión, montó un comedor para darles de comer a los niños. Al principio, eran 50 muchachos, pero al año siguiente empezaron a llegar 100 para alimentarse en su comedor. “Para conseguir la comida, me dediqué a pedir y nunca me faltó el almuerzo. Iba al depósito y fiaba. Debo 10 o 12 millones de pesos pero como saben que soy buena pagan, me fían”, cuenta con tranquilidad porque, según dice, tiene sus deberes cumplidos.

Así funcionaba hasta hace tres años, cuando llegó Margarita Martínez, una nutricionista que trabaja con la Fundación Éxito. Quería conocer el proyecto del padre y ofrecerle ayuda económica. “Yo acepto cualquier donación pero no me dé plata. Deme la ayuda que quiera en especie”, le dijo. Y así fue. Cada miércoles, Esperanza Daza, la administradora de la despensa, va a un almacén de esa cadena y hace el mercado para los niños sin pagar un peso. Ahora hay dos comedores que alimentan a unos 400 muchachos a diario. Ninguno paga ni por la educación, ni por la comida.

El colegio es gigante. Tiene un área con salones y una cancha cubierta. Al frente hay una casa donde están los dos comedores y las oficinas. Y más allá, un establo con unas 35 reces que se crían entre ellas. Cada mes, sacrifican alguna que ya esté de buen tamaño para proveer de carne a esa cantidad de comensales.

Una salvación

Entre el montón de pequeños, hay una particularmente cariñosa. Se la pasa recogiendo mangos para dárselos a cualquiera que encuentre por ahí y saca, no se sabe de dónde, mochilitas tejidas para regalar.

Es María Isabel, una pequeña indígena arhuaca que tiene 7 años pero aparenta menos porque nació desnutrida y no ha podido recuperarse.

Su mamá, durante el embarazo, tuvo muchas dificultades para comer. Ella se escapó con su novio y anduvieron por pueblos y veredas pasando bastantes necesidades. A veces, días enteros sin comer. Cuando nació María Isabel, ya tenía un retraso en su alimentación.

Pudo salvarse porque su mamá se la entregó a su comadre Carmen Urrutia para que la cuidara. “Un día, cuando vivíamos en Sabana Crespo, llegó la mamá y me dijo que me la regalaba y que si no me la llevaba, le iba a tocar dejársela a cualquiera porque se le iba a morir y quería que alguien le ayudara a salvarla”, recuerda Carmen.

Al poco tiempo, Carmen iba a viajar hacia Valledupar y apenas se subió al carro, llegó la mamá de Maria Isabel y le puso la niña sobre las piernas. “Tú verás. Llévatela”, le dijo, mientras huía llorando.

“En ese momento, la bebé estaba hinchada, desnutrida, se mantenía con diarrea y vómito. Mejor dicho, ella tenía todas las enfermedades habidas y por haber”, recuerda Carmen.

Lo primero que ella pensó fue llevarle la niña al padre Juan para que la cuidara o le buscara una familia. “No se la vamos a entregar a nadie. Vamos a cuidarla nosotros”, fue la respuesta del Sacerdote.

Entonces Carmen y su esposo la adoptaron. María Isabel se convirtió en la quinta hija del matrimonio. Ahora estudia y se alimenta de la mano del padre Juan Guinart.

María Isabel juega, corre y se sienta en un pupitre de segundo de primaria. Ya sabe leer y escribir. Le encanta comerse todo lo que le sirven. Nunca le dice que no a la comida. “Pero en Bienestar Familiar nos han dicho que todavía está desnutrida, a pesar de que estuvo en tratamiento. Lo que pasa es que su desnutrición viene desde que nació. Y se ve así, gordita, pero Bienestar dice que está baja de peso, que todavía le hace falta mejorar”, explica Carmen.

La razón es que “la nutrición en los primeros cinco años es fundamental porque en esta edad es cuando más acelerado e importante es el desarrollo del cerebro”, según explica Alfredo Barreneche, Director Bienestar Familiar en Cesar.

Por eso, es muy importante que las madres se alimenten bien cuando están en embarazo y cuando lactan a sus hijos. “Si la madre no está bien nutrida, lógicamente no va a nutrir bien a su hijo porque la leche materna tiene proteína, grasas y si la madre no se está alimentando bien, su hijo tampoco lo estará”, comenta Barreneche. Y enfatiza en que es muy difícil recuperar el atraso nutricional de un niño que no se alimentó bien en sus primeras edades.

La mamá biológica de la niña todavía la visita. Ellas dos se siguen viendo y María Isabel sabe que ella es su mamá y que tuvo que dejarla. “Es de las pocas niñas que ha logrado levantarse después de semejante estado de desnutrición y que, además, tiene el lujo de tener dos mamás” dice Carmen.

A su lado, el padre Juan Guinart alista una nueva jornada para ganarle la batalla al hambre. Una tarea por la que no pide nada más que algo en especies para sus 400 hijos.

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