Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2008/10/04 00:00

¿Ni un niño más?

El caso de Luis Santiago, el bebé de 11 meses asesinado por su papá, conmovió al país. Se trata de un sociópata. Pero los expertos muestran que Colombia es un país enfermo y que la cadena perpetua no es la manera de evitar que la historia se vuelva a repetir.

Las imágenes del bebé asesinado añadieron una carga emocional. Muchos colombianos lloraron

Los enormes ojos azules del bebé de 11 meses asesinado en Chía, que aparecieron sin descanso en los noticieros de televisión, parecían preguntarle a Colombia entera: "¿Por qué me mataron? ¿Por qué?" Y algunos expertos dicen que eso fue lo que hizo, esta vez, la diferencia.

En Colombia han sido muchos los bebés asesinados -en lo que va corrido del año Medicina Legal da un reporte de 12- y de ellos nadie ha dicho nada. Tampoco es extraño que sean sus propios padres los que acaben con sus vidas al acudir a tácticas infames. Lo que hizo diferente este caso -el de Luis Santiago- y que provocó una monumental manifestación de protesta en el país es que por primera vez la pequeña víctima, que suele ser una estadística más, tenía una cara y un nombre.

Fue tal la indignación del país, que mientras en el resto del mundo los dientes castañeaban por el miedo a la crisis económica de Estados Unidos, que podría dejar una huella eterna en la historia de Occidente, en Colombia la noticia de la crisis ocupó apenas opacos titulares.

En medio de la avalancha mediática sobre el caso de Luis Santiago Lozano, hay tres preguntas que quedaron pendientes por resolver: ¿Qué pasa por la mente de una persona que, como su papá, fue capaz de maquinar y ejecutar ese crimen atroz? ¿Es un problema estrictamente sicológico de una mente criminal o hay algún ingrediente de la cultura del país en su comportamiento? ¿Qué tan enferma está Colombia?

¿Una mente criminal?

Orlando Pelayo, el papá, el mismo al que todo mundo vio llorando frente a las cámaras de televisión, rogando a los presuntos captores para que no le hicieran daño a su hijo y que lo devolvieran pronto, resultó ser su verdugo. Según las autoridades, Pelayo tuvo la idea de acabar con el niño hace cuatro meses, cuando Ivonne Lozano, la madre del pequeño, le contó que esperaba otro hijo suyo.

Hasta ese momento la relación entre los dos parecía normal. Pelayo los recogía todos los días en su taxi para llevarlos a la casa y daba plata para el sostenimiento del niño. El conductor, de 50 años, pensó entonces que estos dos hijos, fruto de una relación no estable, podrían perjudicar su relación con otra mujer con la que vivía hacía tres años. Pelayo empezó a idear el plan macabro y se lo propuso a conocidos. Al principio sólo recibió negativas hasta que Martha, una antigua amante, y su compañero Jorge, le dijeron que sí por 500.000 pesos.

Orlando les dio la luz verde el miércoles 24 a las 7:30 de la noche para que estos dos personajes entraran al apartamento de la mamá de su hijo. Allí la golpearon en el vientre hasta dejarla inconsciente y se dieron a la fuga con el bebé. Con el pasar de los días las incongruencias de Orlando lo hicieron sospechoso, pese a que la madre del niño insistía en que era un excelente papá.

Pero no hay crimen perfecto y el cinismo con el que fue capaz de salir ante las cámaras de televisión sosteniéndole la mano a Ivonne fue el causante de la caída de Pelayo. La Policía recibió llamadas de personas que lo reconocieron y aseguraban que él les había propuesto el crimen. En la madrugada del domingo lo capturaron y el martes, de acuerdo con las indicaciones que dio, encontraron el cuerpo sin vida del bebé en una vereda a tres kilómetros del sitio del rapto. Tenía la misma ropa de esa noche y le faltaba una media cuyo par quedó colgando de una ventana por la que escaparon los delincuentes.

Un ingrediente aterrador es que Pelayo nunca ha mostrado señales de arrepentimiento ni tristeza, como lo asegura uno de los encargados de la operación que describió a SEMANA el perfil de este asesino: "Es un mentiroso compulsivo que se cree sus propias historias. Fue capaz de hacer teatro para aparentar que sufría porque es calculador. No dio un paso sin haberlo pensado". También lo señala como un narcisista y egoísta que supo manejar con habilidad una doble personalidad, pues aparentaba ser un amigo, colega y pareja ejemplar mientras planeaba el crimen.

Con estos pocos datos, los expertos no dudan un segundo de que se trata de un individuo con rasgos sociópatas, como se define en siquiatría a las personas "que reaccionan sin medir consecuencias, les gusta romper las reglas, no tienen capacidad de empatía, y cuya motivación es el placer y no el principio de realidad", explica el doctor José Posada, director del Estudio nacional sobre salud mental. Este trastorno, a diferencia de lo que muchos creen, no es una condición que excuse a la persona. Por el contrario, son individuos plenamente funcionales, "conscientes y responsables de sus actos, por lo cual no pueden declararse inimputables", enfatiza.

¿Qué tan enferma está Colombia?

En cuanto a qué tanta responsabilidad le cabe al país por la muerte de Luis Santiago, hay que dejar claro que el caso de un papá que mata a un hijo no es exclusivo de la sociedad colombiana. No son escasas las historias macabras que han llegado en los últimos dos años desde otros países. Como la de una mujer de 28 años en Estados Unidos que mató a su hija de un mes de nacida en el horno microondas. O la austríaca que el año pasado asesinó a sus cuatro hijos recién nacidos y los ocultó en una nevera. O la alemana que, también el año pasado, asfixió a sus cinco hijos con bolsas plásticas.

Pero lo cierto es que el caso dejó una dolorosa verdad al descubierto: que Colombia sí tiene síntomas de estar enferma y, lo que es peor, todavía no sabe cómo buscar la medicina para curarse. En el país se pueden chulear una serie de ingredientes muy particulares que hacen más dramática y más recurrente este tipo de violencia: si un Orlando Pelayo pide ayuda a personas de otra sociedad para asesinar a su hijo, un bebé de 11 meses, tal vez ellos le habrían hecho caer en la cuenta de su error o lo habrían denunciado. Aquí, eso no pasó. Como dice el siquiatra José Posada, aquí ya es natural "ser avión, vivo y aprovechar toda la papaya que dan".

En segundo lugar, la falta de control y vigilancia social -en crisis luego de décadas de extrema violencia política y terrorista- lleva a que las personas con rasgos sociópatas tengan más libertad para actuar a sus anchas. Y esos mismos rasgos sociópatas, que están distribuidos en toda la población sin importar raza ni estrato, se disparan con más frecuencia en ambientes de frustración muy propios de países en los cuales las políticas sociales fallan.

El componente cultural también tiene su propio peso. Según Miryam Jimeno, antropóloga y estudiosa del maltrato intrafamiliar, los padres en Colombia, por tradición, usan la violencia como medio para corregir a sus hijos, a quienes consideran de su propiedad. "Por eso tienen claro que en una mano deben tener el pan y en la otra el rejo". Esto les justifica baños de agua fría, quemaduras y golpes que pueden resultar mortales.

Y las décadas de violencia también han contribuido a crear cierta ceguera perversa frente al trato con los niños. Un estudio reveló que menores de 6 años son reclutados por la guerrilla y el dato no mereció ni un titular de periódico. Ni tampoco nadie salió a las calles a protestar porque a niños reclutados por los paramilitares a la hora del almuerzo les servían carne humana para que perdieran cualquier escrúpulo.

Todo lo anterior hace que la violencia en las familias colombianas sea mayor que en otros países de la región e incluso que en Estados Unidos, "donde el porcentaje de casos es del 2 por ciento sobre la población general de niños, mientras en Colombia es del 36 por ciento", asegura Isabel Cuadros, presidenta de la Fundación Afecto y miembro de la Sociedad Internacional para la prevención del maltrato en menores.

De ahí entonces que, aunque escandalosas, no sean extrañas las cifras de los niños víctimas de violencia en Colombia. En 2007, fueron asesinados 71 niños menores de 4 años, según Medicina Legal. En la mayoría de los casos se sospecha que los homicidas son los propios padres.

Un paño de agua tibia

Ante la imagen de Luis Santiago la sociedad quedó desgarrada. La concejala Gilma Jiménez, promotora de un referendo para aplicar cadena perpetua a quienes maltraten a los menores de 14 años, siente que la reacción de los colombianos se dio porque "el país está con el vaso al borde y no aguantamos más (...) estamos despertando de un letargo". Y de inmediato, también, los congresistas se dieron durante dos días golpes de pecho en la plenaria y resucitaron otra reforma que busca también la cadena perpetua.

Y tal vez ahí se refleja otro síntoma preocupante de la sociedad: una necesidad de reaccionar con medidas efectistas y con leyes para un problema de mucho más hondo calado. La propuesta de pena perpetua es bastante controvertida, pues para muchos da lo mismo una vida en prisión que 60 años de pena, que es la que hoy se aplica. La concejala insiste en que hay una diferencia "y esta es simbólica, pues cuando a un asesino de niños se le dan tres cadenas perpetuas se le está diciendo que ni con su vida podría pagar lo que hizo", señala.

Los expertos consultados consideran que la ley sola no resuelve el problema. Isabel Cuadros piensa que aunque la Fiscalía es bien intencionada, no cuenta con los recursos para llevar a cabo su tarea y que en toda la rama judicial falta más entrenamiento en el tema. Como ejemplo aporta el caso de un tendero que abusaba de una menor de 9 años a quien, según la denuncia, "besaba en la boca con introducción de su lengua y con tocamiento abusivo de los glúteos". La Corte Suprema consideró en julio que "los hechos no alcanzaban la connotación de perjuicio a la libertad, integridad y formación sexuales de la menor". Lo más grave es que estas sentencias se vuelven jurisprudencia en otros casos similares.

En las encuestas de salud mental se han visto altos índices de trastornos de conducta en menores que hacen robos menores y están en conflicto permanente. "Son Garavitos en potencia", dice Posada, y es importante detectarlos a tiempo para un tratamiento preventivo. ¿Y quién los está atendiendo?

El caso de Luis Santiago sirvió para sacudir a un país. Él se convirtió en el símbolo de una infancia desprotegida y de una sociedad negligente con los niños. Ojalá que la indignación perdure y no se trate de simples golpes de pecho ni oportunismo mediático.
 

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