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| 3/27/2013 12:00:00 AM

Samaná: El rincón de los rayos

A los rayos les gusta caer en Colombia, el país es la segunda región del mundo –después de África central-, en donde más incidentes ocurren.

José Arcadio Cardona murió de la edad de Cristo, hace 52 años; mientras que Jonny Giraldo murió la semana pasada a los 23. No se conocían y nada tenían en común, salvo un par de cosas: los dos eran del mismo pueblo: Samaná, y los dos murieron víctimas de un rayo. Uno de esos que caen por montones en el pueblo y que lo hacen uno de los lugares de la tierra donde mayores tormentas eléctricas ocurren.

“Los rayos son torrentes de corriente que sale disparada desde la tierra hacia el cielo, y en ningún lugar sobre la tierra, hay un camino tan ancho como en este pueblo”,declara Nepo, el hermano menor de José Arcadio. Aunque la verdad hay quedecirla y Nepo es Nepomuseno, pero ni al él, ni a los otros 5 hermanos les gusta ese nombre. Todos los Cardona están vivitos y coleando, o por lo menos así lo afirma Nepo: “… coleando, porque lo único que nos mata es un rayo”.

En Samaná, y de acuerdo con la mismísima NASA, se da una de las concentraciones de rayos más alta de la tierra, 9 por Kilómetro cuadrado. Si se lograra colectar la energía que en un año se libera en este lugar, sería suficiente para alimentar al mundo entero  durante 3 años. Pero como el ser humano aún no llega a desarrollar la tecnología necesaria para dicha hazaña, lo único que produce el fenómeno son muertos, y los hay constantemente y desde hace cientos, sino miles de años. Y cada familia de Samaná, lo sepa o no, ha tenido un muerto por esta causa. Lo tuvieron los Cardona y también los Giraldo.

De los primeros fue José Arcadio quien estaba en la Plazuela,un cerro que corona el pueblo por la salida hacia La Cristalina, custodiando un ganado. Eran tres simples vacas, una de ellas de leche. Cuenta la leyenda que el infortunado hombre apenas comenzó la tormenta -contrariando a Sistema Colombiano de Información de Tormentas Eléctricas  (SCITE)-, se acercó a un árbol solitario que vigilaba el lugar, queriendo guarecerse de la tempestad. Sin embargo, lo único que pudo sentir, y justo al recostarse sobre el tronco, fue un corrientaso letal, ni siquiera un grito le salió, diez segundos después estaba en el suelo rostizado.  Los familiares nada pudieron hacer cuando dos horas más tarde lo encontraron boca abajo. “como quedaría de quemado que lo velaron durante 4 días,  mientras llegaban sus tíos de Florencia –un  pueblo contiguo a Samaná-, y el cadáver no soltó ni el menor olor”.

El caso de Jonny fue diferente, aunque el asesino hubiera sido el mismo. Dicen los que lo conocieron, que era ágil y endiablado, y que no se podía quedar quieto. Su mamá era santandereana y su papá boyacense, pero ambos llegaron casados a Samaná, por los años ochenta, pero cada uno con una persona diferente. Con el tiempo las cosas no funcionaron en ninguno de los dos hogares, y los extranjeros, ambos casados con parejas samaneñas, se descubrieron,y por esas casualidades de la vida unieron sus destinos. Jonny fue el segundo hijo y a pesar de su carácter, todos los que lo conocían le tomaban cariño. Tal vez por eso, o tal vez por el asesino que le cegó la vida, el pueblo se conmocionó tanto el día de su muerte.

Jonny se levantó esa mañana como de costumbre, era el año en que decidiría su vida, una novia por fin le había aceptado el matrimonio, y por fin no se la había jugado con un amigo. Las dos anteriores le prometieron el cielo y ni tierra le dieron. “Si no me caso con está, me voy de cura”, le dijo a su mamá, pero cuando le vio la cara de angustiada, se arrepintió y agregó:“mentiras tocará seguir intentando”. Sin pronunciar un sonido más se fue.

Iba para Samaná y tenía que entrar por la vía que lleva a Victoria –otro pueblo contiguo -, tal vez a dos o tres kilómetros se agachó a amarrarse los zapatos, cuando se levantó estaba lloviendo torrenciales. “Que vaina”, se dijo, y se puso en pie lo más rápidamente que pudo, pero ese movimiento desencadenó un fogonazo, tal como aconteció  en 1902 con la torre Eiffel en parís. Desde donde estaba el muchacho se desprendió un haz reluciente que lo alumbro todo,pero Jonny no lo vio, porque para ese entonces yacía en el suelo partido en dos, una parte mirando al pueblo y la otra boca abajo. Dicen los que vieron el cadáver, que la escena era poco menos que Dantesca.

Al otro día en la iglesia se reunió tanta gente al velorio que el sacerdote pensó en dejar dividido el cadáver y celebrar dos misas,después de todo le gustaba la plática, y dos misas siempre generan más ingresos que una sola. Además  por esos dos días estaba jugando el Once Caldas y él requería dinero para ir a Manizales, pagar el hotel  La Carreta y comprar dos boletas para el juego, una de ellas para él y la otra nunca se supo. Pero al final se arrepintió y arrumó el cuerpo tal como estaba antes de ser cadáver:entero.

La mamá y el papá del muerto lloraron hasta el amanecer,después enterraron al hijo y se fueron a la casa, empacaron las cosas y se marcharon,sabían que en ese pueblo –como en Brescia, Italia, donde un rayo en 1789, encendió 90 toneladas de pólvora  y mató cerca de 3000 personas-, la gente se muere de un rayaso y temían que otro de los hijos siguiera el mismo camino que Jonny. ¿Para donde se fueron? No se sabe,Santander o Boyacá, quizás; pero nunca para El Bagre, Antioquia, lugar donde según se dice, caen más rayos en Colombia. 

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