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| 2010-04-13

El Aro, la vida después de la masacre

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    En octubre de 1997, 300 personas de El Aro tuvieron que salir por miedo y presión hacia otros lugares. Los paramilitares del Bloque Mineros y del Bloque Norte habían incendiado ochenta casas y asesinado a 16 campesinos. Varios familiares regresaron pocas semanas después y reconocieron las ruinas de lo que antes era su vida.
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    En su incursión a El Aro en octubre de 1997, los paramilitares robaron 250 reses y 82 mulas a los campesinos.
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    Eliana Gutiérrez nació El Aro hace quince años, hoy vive en Tarazá (Bajo Cauca), es líder de víctimas y quiere estudiar una carrera universitaria en Medellín. Doce años después de la masacre, regresó al pueblo donde está la tumba su padre asesinado por los paramilitares.
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    Las mulas son las únicas que logran subir la montaña que lleva hasta El Aro. Son cuatro horas de trocha y dos más en canoa por el río Cauca, al norte de Antioquia.
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    El padre Alberto Elías celebra una misa todos los días a las cinco de la tarde a la que asisten dos o tres personas. El día que llegó la comitiva de víctimas de la masacre estaba feliz. “Nunca antes esta iglesia había estado tan llena”, dijo. El edificio de la Iglesia y la casa cural son las únicas construcciones del pueblo que se encuentran en buen estado.
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    El abandono es evidente. Las fachadas de las casas se están descascarando, las luz llega por ratos y no hay centro de salud.
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    Estos son los más viejos de El Aro. Pedro tiene 92 años y Margarita, 86. No recuerdan cuándo se casaron pero, tienen viva en la memoria los días de la masacre.
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    En El Aro viven ochenta personas. La mayoría son hombres que tienen sus familias en otros pueblos pero duermen allí porque es donde tienen sus tierras para cultivar.
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    Así son las fachadas de las casas del parque central de El Aro. Ninguna es habitable. Algunas de las personas que retornaron se dieron cuenta de que así quisieran pasar una sola noche en ellas, corrían el riesgo de que se les viniera encima.
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    De izquierda a derecha: Eliana, Alex y Myladis. Doce años después, retornaron al pueblo donde nacieron, sembraron una flor en homenaje a los familiares que perdieron el día de la masacre y constataron que vivir allí es imposible.
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