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"Ven, ven que yo te hago el retrato en el cielo/ Ven, ven que te quiero 'presentá' a San Pedro". Hace muchos años el maestro Rafael Escalona imaginó que su entrañable amigo el pintor Jaime Molina lo llamaba desde el cielo. Ello le inspiró Las mariposas del río Badillo, una de las canciones que le compuso a su compañero de parrandas para cumplirle la promesa de "sacarle un son". Y Molina le dice: "Óyeme Rafa/ tú me ganaste me hiciste el canto/ Y yo no pude allá en la tierra/ Allá en la tierra hacerte un retrato".
Pero 'Rafa' no sólo le hizo 'el canto', sino que le robó la mitad de la promesa y le pintó un retrato, que hoy conserva el hijo de Molina. Quizá con esto se sacó un clavo: "Yo pintaba bien, pero Jaime pintaba mejor, así que me tocó hacer una retirada honrosa, porque a mí no me gusta perder", dijo Escalona hace poco a SEMANA, a sus casi 82 años, al recuperarse de una de sus recaídas. O quizás lo hizo para asegurarse de que Molina siempre lo acompañara... aunque fuera desde el más allá.
Como también lo hizo con 'La patillalera', 'la Cacica', 'Colacho' Mendoza, Alfonso López Michelsen, quienes aparecen en un mural colorido en su casa en Bogotá. Adornados con acordeones, nubes, golondrinas y una casa en el aire, Escalona creó, no con letras sino con trazos, esta gran pintura vallenata en la que están muchos de los memorables personajes a los que inmortalizó, porque de tanto ser cantados hoy parecen de leyenda.
"Yo en realidad soy un rapsoda de los que en la Edad Media recopilaban sucesos para luego contarlos en las cortes", fue la manera como el juglar vallenato se definió en una entrevista con el periodista Alberto Salcedo Ramos. No podía ser de otra manera, porque su infancia en Patillal, un corregimiento a 35 kilómetros de Valledupar, le ofreció un mundo rico en historias y, como dice Daniel Samper Pizano, "fue allí donde se enamoró del arte de contar". Era un apasionado de los relatos de su papá, Clemente Escalona, quien fue coronel de las tropas liberales durante la Guerra de los Mil Días, y de los cuentos del 'viejo' Pedro Guerra, compadre de éste, un hombre analfabeto que le transmitió su don para narrar.
Con ese equipaje llegó a la capital de Cesar, donde a los 11 años dio muestra de los dos talentos por los cuales sería reconocido: su poesía y su galantería. A esa edad se enamoró de una jovencita un decenio mayor que él, y ella fue la musa de su primera composición: "Las estrellas no iluminan/ porque tienen nubarrón./ Date cuenta, Rosa Elvira,/ de este pobre corazón./Las estrellas no iluminan/ porque el cielo está nublado./ Si supieras, Rosa Elvira,/ lo que a mí me está pasando..."
Aunque Escalona no sabía tocar instrumentos, poco a poco, a punta de silbidos, y golpeando con sus dedos sobre la mesa, fue aderezando sus versos con música, la cual por lo general era interpretada por su amigo, conductor, administrador, acordeonero y alcahueta, Nicolás 'Colacho' Mendoza. "Cuando escribe su primer canto, es un colegial y en él cuenta los asuntos que conmueven al colegial", escribe Samper en su biografía del maestro. "Después cuando viaja a estudiar a Santa Marta sus últimos cursos de bachillerato, contará los asuntos del estudiante exiliado. Cuando se mete a negocios de comercio marginal contará los apuros del contrabandista; y después los del agricultor, los del político, los del funcionario..."
Escalona se convirtió en un cronista de la cotidianidad. "Amigos, conocidos y no conocidos le tuvieron mucho miedo, con el comentario generalizado de que 'de ese tipo hay que cuidarse para no caer en uno de sus cantos'", contó a SEMANA su hija Taryn, quien heredó su pasión por narrar y es periodista. Tanto es así, que su amigo Gabriel García Márquez hizo una referencia al revuelo que causaba el oportunismo poético del compositor en uno de sus libros: "hasta ese Coronel que no tenía quien le escribiera, se negó a salir a vender el viejo reloj cuando su mujer se lo sugirió, para poder comer. Aun sabiendo que se podía morir de hambre, el militar le dijo renuente a su señora, que ni lo soñara, porque si Escalona lo veía con ese aparato sobre su espalda, seguro le hacía un canto", agrega Taryn.
Más miedo aun porque sus historias trascendieron las fronteras de la 'Provincia' (que comprende partes de Cesar, Magdalena, La Guajira, Bolívar, Sucre y Córdoba). Su éxito hizo que la música de acordeón, tradicionalmente de campesinos y pastores, que tuvo por mucho tiempo las puertas del Club Valledupar cerradas, "se vistiera de etiqueta. Fue él quien se atrevió a llevar el vallenato a las altas esferas con los grandes personajes", explica el artista Ivo Díaz, hijo del maestro Leandro Díaz, amigo de Escalona. Tiempo después su música se convertiría en un fenómeno capaz de conquistar grandes audiencias en televisión gracias a la serie Escalona, de Carlos Vives.
Fue tanta la influencia de este ritmo en el país que, cuenta la leyenda, fue a punta de vallenato que Cesar, antes parte de Magdalena, se convirtió en departamento en 1967. "Mi papá viajó con el comité de esta causa a Bogotá y se iban a los medios con caja, guacharaca y acordeón para que los apoyaran. Duraron un mes de parranda en la capital", relata Taryn. Un año después, Escalona, Consuelo Araújo Noguera y el gobernador del departamento, Alfonso López Michelsen, crearon el Festival de la Leyenda Vallenata. En su primera edición consistió en una tarima improvisada frente a la casa de la 'Cacica', que puso a competir a cuatro músicos para elegir un rey. Ha sido tanta la entrega del maestro por ese 'querido hijo', que ni sus problemas de salud lo alejaron del más reciente certamen, el número 42, que según Taryn siguió por televisión y celular. "El amor espanta la muerte", le dijo.
El festival está lejos de ser su único amor. "Como representante de una cultura machista en la que es timbre de honor tener mujeres y muchos hijos, Escalona reconoce haber procreado cerca de dos docenas de descendientes", contó Samper a SEMANA. Alguien puso en duda el número y le preguntó si no sería más bien medio centenar. "Pero Escalona rectificó con una frase digna de sus cantos: 'No hay que exagerar. Si todos los tiros dejaran una víctima, no cabrían los muertos en los cementerios'".
No es casualidad que en sus años mozos sus amigos lo llamaran 'guacaó'. "Es el nombre de un pájaro muy enamoradizo que anda en Patillal. En cada barrio tenía una novia, era coqueto y las conquistaba con versos", recuerda su compadre, el gallero y folclorista Darío Pavajeau, quien recita uno de ellos: "Con esos ojazos bellos que tienes puedes matar a un vivo si quieres y resucitarlo también".
Escalona además ha incluido a sus hijos en sus composiciones. Ada Luz es famosa por su Casa en el aire y a Rosa María le escribió El manantial. Taryn cuenta que a ella no le tocó canción, pero que le regaló un par de alas. "Me puso colibrí, porque de niña me encantaba fantasear con sus historias. Y me dio ese obsequio para que volara lejos".
Pero además de "homo familiae", Samper lo describe como un "homo parrandensis", porque eran famosas sus reuniones con trago, sancocho de gallina y chivo, en las que se atrevía a cantar. "Siempre le ha encantado tomar. Yo viví dos semanas con él en Bogotá y todos los días a las 5 de la mañana se me sentaba en la cama, me despertaba y me decía, 'Ivo, tómate el tinto', pero el tinto era un whisky", cuenta Díaz. Y hasta a la muerte se la parrandeó: "Ven, ven que yo te quiero presentá a San Pedro/ Le dije: Jaime, allá no se puede parrandear./ Tráeme a San Pedro pa' emborracharlo en Valledupar."
"Tengo el corazón grande de tanto meterle cosas", dijo Escalona a esta revista con su ingenio narrativo intacto, para burlarse de sus problemas cardíacos. "Grande de tanto querer", añadió su esposa, Luz Marina Zambrano. En esa oportunidad con aire de melancolía volvió a mirar el mural y uno a uno empezó a recordar con su voz baja y cadenciosa a los personajes que se ganaron el derecho de hacer parte de sus canciones, de su vida. Porque, como dice en uno de los tantos premios y reconocimientos, "escribiendo versos escribió su propia historia".
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