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Los habitantes de Mitú que hacían cola en el Banco Agrario lo reconocieron en la estación de Policía y pensaron sólo en una palabra: ¡milagro! En medio de la sorpresa corrieron a difundir la buena nueva y hasta improvisaron carteles de bienvenida. El subintendente de la Policía Jhon Frank Pinchao, secuestrado tras la sangrienta toma de esa población en 1998, regresaba a la libertad. Eran las 11:15 de la mañana del pasado miércoles, habían transcurrido ocho años, seis meses y 15 días desde cuando la guerrilla de las Farc lo confinó con otras 60 personas en la espesa selva de Vaupés, donde ni siquiera los invisibles rayos del sol penetran.
A los pocos minutos, en Bogotá, el celular de Marleny Orjuela estaba saturado de llamadas perdidas. La presidenta de la asociación de familiares de policías y militares secuestrados (Asfamipaz) no atendió el aparato porque estaba ocupada discutiendo la propuesta del gobierno de dejar en libertad a guerrilleros presos. La acompañaban Claudia de Jara, esposa del ex gobernador de Meta Alan Jara, secuestrado en 2000, y Patricia Perdomo, hija de Consuelo González de Perdomo, en cautiverio desde septiembre de 2001.
Al ver más de 30 registros de llamadas, las tres mujeres entendieron que algo extraordinario pasaba. Y empezó el revuelo. Llamadas iban y venían. Hablaron con cuantos contactos tenían y pronto lograron establecer que la noticia venía del sur del país donde varios familiares de otros policías decían, atropellados de emoción, que acababan de ver a Jhon Frank Pinchao, débil, flaco y demacrado, pero vivo y alegre, como quien deja atrás el infierno.
La familia Pinchao recibió la anhelada noticia al final de la mañana. "¡Mi hijo está vivo!" gritó al enterarse Luis Evelio, padre del subintendente y uno de los más constantes luchadores por el acuerdo humanitario. Por su parte, Elvia Blanco, madre del nuevo héroe de Colombia, quedó de una pieza al recibir la noticia. De inmediato, unos y otros fueron dirigiéndose al hospital central de la Policía. A lo largo de la tarde también arribaron allí familiares de otros secuestrados que buscaban noticias de ese pedazo de sus vidas que les quitaron las Farc.
El vuelo que trajo a este policía de 33 años despegó de Mitú rumbo a Bogotá pasado el medio día. Atrás dejaba el valeroso agente la población que más de 1.000 guerrilleros del Bloque Oriental de las Farc se tomaron el primero y el 2 de noviembre de 1998, cuando empezó el infortunio de la familia Pinchao. La toma de Mitú significó un punto de quiebre en el conflicto. Quedó en evidencia la capacidad subversiva de llevar la guerra al territorio urbano, pero también la de las Fuerzas Armadas de reaccionar prontamente con copiosos bombardeos nocturnos. Según la Cruz Roja, hubo alrededor de 200 muertos entre soldados, guerrilleros y civiles.
Los policías sobrevivientes cayeron en manos de las Farc. Dos años después, a través de un documental del periodista Jorge Enrique Botero, el país tuvo oportunidad de verlos compartiendo jaulas con otros secuestrados. Las crueles condiciones del cautiverio quedaron en evidencia con las imágenes que los mostraban viviendo en auténticos campos de concentración al mejor estilo nazi, atados del cuello unos a otros con cordones que les ponían los guerrilleros para movilizarlos. Después de una planeación de año y medio, la noche del 28 de abril pasado, Jhon Frak Pinchao decidió jugarse el pedazo de vida que le quedaba, en busca de su libertad. .
Logró despojarse de las cadenas que lo unían al ex senador Luis Eladio Pérez y se echó a correr agazapado bajo la fuerte lluvia que caía esa noche. La visibilidad era nula. Corrió hasta el amanecer, cuando el cansancio lo venció. A partir de entonces invirtió las jornadas: caminaba de día y dormía de noche, intentado avanzar al margen del río. Para ganar calor corporal y protegerse de los picaduras de los insectos, se metió hojas de palma por debajo de la ropa y entre las botas. Y para sobrevivir en su travesía, consumió, inicialmente, las harinas que había logrado encaletarse en los bolsillos y los calzoncillos. Cuando ese alimento se le agotó, tuvo que echar mano a los frutos que encontraba en la selva.
La interceptación de una comunicación de la guerrilla alertó al Ejército sobre la fuga. Las unidades militares que estaban en la zona fueron notificadas y se inició la búsqueda. La suerte del subintendente se enderezó al encontrar un nativo que navegaba por el río Apaporis en una canoa. Con su auxilio, Pinchao se sacó 20 gusanos que tenía sembrados en la carne viva de la mano y logró refugiarse en la canoa hasta cuando se encontraron con un grupo de comandos jungla al mando del capitán Carlos Arturo Reyes. Un helicóptero Black Hawk arribó a la zona de Pacoa, Amazonas, en límites con Vaupés, lo recogió y de allí lo llevó a Mitú. Después de un breve paso por la estación de Policía, donde lo reconocieron los habitantes, el subintendente fue embarcado en un vuelo rumbo a Bogotá.
Al descender del avión en el aeropuerto militar de Catam, Jhon Frank fue recibido con una ovación. Una sonrisa inmensa le atravesaba la cara. De allí fue llevado a la Dirección general de la Policía donde, por fin, después del saludo de rigor de Óscar Naranjo, nuevo director general, el subintendente se fundió en un abrazo con sus familiares, entre estos, varios sobrinos que no conocía o a los que dejó niños y hoy son hombres.
En la sala del encuentro estaban también familiares de quienes fueron sus compañeros de cautiverio. A fuerza de haberlos escuchado tanto en la radio enviándoles mensajes, Jhon Frank reconoció a varios por la voz o con el simple nombre. "Tú y yo somos viejos amigos", le dijo a Sergio, el hijo de Luis Eladio Pérez. Les contó a todos que hacía dos años y nueve meses la guerrilla había fragmentado el grupo grande de secuestrados y que él desde entonces estaba con Íngrid Betancourt, ocho militares, los tres norteamericanos y el ex senador Pérez.
La alegría de la familia Pinchao contrastó con el pesar de quienes no obtuvieron noticias de sus familiares secuestrados. También algo de melancolía se vio en los ojos de Clara Pinchao, una de las cinco hermanas del subintendente. Luego del saludo se fue a preparar todo en su casa para recibir a su hermano, que llegaría después de que el Presidente lo visitara en el hospital. Sacó los letreros de papel que hacía años había preparado para recibir a su hermano y algunas de las cartas que éste le envió desde el cautiverio. Entonces recordó que hace ocho años y medio estaba en una clínica cuando recibió la noticia de que la guerrilla se había tomado Mitú.
Aquella noche de 1989 empezaron para ella dos tragedias. Su hermano fue secuestrado, y su esposo, también policía, se batía entre la vida y la muerte, luego de que se le complicara una lesión cerebral que sufrió en cumplimiento de su deber. Murió dos semanas después. "Él y Jhon Frank eran como hermanos", recuerda. Dice que sólo fue capaz de contarle a su hermano del fallecimiento de su esposo mucho tiempo después, en una carta. "En otras cartas él me ha reprochado mucho eso, es un error porque los secuestrados lo que más quieren es saber la verdad de lo que pasa con sus familias".
Clara cuenta que su hermano también se enteró en cautiverio de que sería papá, su hijo Alejandro hoy tiene 8 años. "Jhon Frank es hombre de la casa y siempre desde allá continuó dirigiendo las cosas", dice con orgullo Jenny, la hermana menor del subintendente. A ella le preguntó en una carta "desde las selvas de Colombia" qué carrera quería estudiar. Jenny le respondió en un mensaje radial que odontología y entonces el joven policía diseñó cómo la familia debía gastar su sueldo teniendo como prioridad la financiación de la carrera de su hermana menor, que hoy está a punto de graduarse como profesional.
La venia presidencial
De un momento a otro, las normas de la cortesía se invirtieron la noche del miércoles pasado y fue el subintendente Pinchao quien se trasladó a la Casa de Nariño, a pesar de estar exhausto y convaleciente por su travesía, para recibir el saludo del comandante en jefe de las Fuerzas Militares. Sus padres, que desde entonces no lo dejan solo ni un minuto, lo acompañaron. Con el presidente Álvaro Uribe y su Ministro de Defensa chequearon un mapa del sur del país donde permaneció en cautiverio.
Luego, con una lucidez asombrosa, el subintendente respondió algunas preguntas, hizo importantes revelaciones ante las cámaras de la Presidencia y mostró la cadena que le hicieron llevar en su cuello. Su intervención terminó cuando rompió a llorar al mencionar las represalias que debían estar sufriendo sus compañeros por su fuga. Al poco rato sufrió un desmayo, por lo que fue internado en el hospital de la Policía. Su hermana Clara debió aplazar el agasajo de bienvenida que le tenía preparado en casa.
Jhon, todavía se reserva muchos detalles del cautiverio. No es fácil resumir ocho años de vida en un par de días. No habló mucho de él, pero se preocupó por dar detalles sobre cada uno de los compañeros de tragedia a sus familiares. Contó que muchos de los secuestrados han intentado fugarse y que cuando la guerrilla los recaptura, después de haber vagado dos o tres días por la selva, reciben atroces castigos. Les quitan las botas y los dejan caminando descalzos y los encadenan en parejas, día y noche, durante meses, contó.
Confirmó que Clara Rojas, asistente de Íngrid Betancourt, tuvo un hijo "hoy día tiene 3 años, se llama Emmanuel". Sobre el cabo William Pérez comentó que es el enfermero del grupo, y que a Luis Eladio Pérez lo aqueja la diabetes, que cuando le sobrevienen ataques debe ser auxiliado con azúcar bajo la lengua porque no hay medicinas. Del coronel Luis Mendieta, también secuestrado en la toma de Mitú, dijo que está en buen estado y que le había enseñado mucho de estrategia militar. Acerca de los tres estadounidenses secuestrados, Keith Stansell, Tom Howes y Marc Gonsalves, dijo que este último sufre problemas de hepatitis.
Pinchao aseguró que Íngrid Betancourt ha intentado fugarse cinco veces y destacó que es una mujer líder y muy fuerte, que escribe mucho y que rompió hace unas semanas el cuaderno donde lo hacía. Aclaró que el grupo en el que él estaba no había recibido ningún tipo de cartas ni comunicados procedentes de sus familiares, por lo que él único canal de comunicación son los mensajes radiales que logran captar.
Ratificando lo que decía en sus cartas desde el cautiverio, Jhon Frank ha dicho que el único camino seguro para recobrar la libertad es el acuerdo humanitario. "En ocasiones hemos tenido que salir corriendo porque hacían los operativos, hemos tenido los helicópteros encima de la cabeza y hemos cantado victoria, por fin fue el rescate, aunque sabemos que el rescate significa muerte, porque ya nos advirtieron".
La alegría del subintendente Jhon Frank, tuvo una breve pausa la mañana del jueves, cuando temprano entró a su habitación su pequeño hijo Alejandro, a quien sólo conocía por fotos. Al verlo, el subintendente se deshizo en lágrimas y se abalanzó a colmarlo de besos, pero el pequeño lo rechazó. Fue una primera reacción natural que el amor demolió en pocos minutos. Pasado un rato, Alejandro notó que su papá tenía una sudadera del mismo color que la suya. "Mi papá y yo somos gemelos", dijo de repente, y mientras los presentes sonreían con el apunte, el pequeño se trepó a la cama y abrazó a su papá.
La habitación 813 de la clínica, donde Jhon Frank se recupera, tuvo que ser reacondicionada, pues junto a él permanecen, cada minuto del día y la noche, sus padres, Luis Evelio y Rosa Elvia, así como el pequeño Alejandro. Es claro que ninguno quiere volver a sentir la absurda distancia.
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