Luis Alberto Calvo es un humilde
campesino con una sonrisa pintada en su rostro. Él no entiende de
guerras, pero detalla sus huellas macabras.
Este labriego de 50 años de edad
nacido en el Viejo Caldas, crió a dos hijos sin la ayuda de una madre.
Durante décadas arañó la tierra fértil del solar de su rancho ubicado
en zona rural de El Tambo, un pequeño municipio al occidente de Cauca.
Hace seis meses huyó con su hija Nubia hacia Popayán, tras las amenazas
de las que fue objeto por parte de grupos armados ilegales. Aunque no
lo reconoce, las autoridades creen que la presión se debió a que su
hijo es soldado profesional del ejército.
Pero desde el pasado 28 de junio
la familia Calvo dejó de ser una cifra más de las víctimas de la
violencia. Paradójicamente esa visibilidad corrió por cuenta de sus
verdugos: Las Farc. Ese día y a través de una carta publicada en la
página web de Anncol, el secretariado del grupo guerrillero insistió en
la liberación unilateral del cabo Pablo Emilio Moncayo y agregó al
soldado Josué Daniel Calvo Sánchez, hijo de don Luis Alberto.
El anuncio sorprendió porque el
país desconocía del secuestro del uniformado Calvo Sánchez y menos aún
que su plagio había ocurrido hace apenas 68 días durante un
enfrentamiento en la vereda El Encanto, en Vista Hermosa, Meta. Allí,
soldados del Batallón de Contraguerrilla 119 fueron atacados por
subversivos. “Como no habían pruebas de que estuviera en poder de las Farc, legalmente no se podía declarar como secuestrado,
sino como desaparecido”,
explicó el coronel Fernando Ávila, coordinador de la oficina de
comunicaciones del ejército. Muchos creen que la intención de liberarlo
busca mostrar que las Farc aún están en capacidad de secuestrar
militares.
Esas pruebas llegaron a finales
de mayo cuando esa guerrilla en una primera carta aseguró a través de
Anncol que tenían al soldado Calvo Sánchez,
“(…) fue capturado por las Farc y atendido por unidades médicas nuestras, luego de que fuera herido en combate (…)”, dice la carta en uno de sus apartes. Ese mismo día el ejército le avisó a la familia del soldado.
“Antes sólo sabíamos que había desaparecido en un combate en el que resultaron heridos dos de sus compañeros”, recordó el padre del uniformado.
El soldado Calvo Sánchez es un
joven de 22 años que ingresó al ejército hace cuatro, en busca de la
libreta militar. Ante las escasas posibilidades laborales en su pueblo,
decidió quedarse. Cursó hasta quinto de primaria, es hincha del
Nacional y le gusta toda clase de música. En la vereda Fonda de El
Tambo, donde trabajó como minero, lo recuerdan porque se guardó hasta
los 17 años para asistir a su primera rumba.
“Es un hijo ejemplar; nunca me causó problemas”, relató don Luis, mientras repasaba las fotos de un album desencuadernado.
Aunque el labriego acepta con franqueza que no entiende de política y mucho menos de intereses en las altas esferas del poder, guarda la esperanza
que la liberación de su hijo no entré en limbo en el que se
encuentra la entrega unilateral del cabo Moncayo, anunciada desde el
pasado16 de abril. Hasta ahora el proceso es un nudo ciego, donde las
Farc exigen la presencia de la senadora Piedad Córdoba y el Gobierno
insiste en que se haga sólo a través de la Comité Internacional de la Cruz Roja.
Por su parte, Nubia, su otra hija
de 23 años, deja todo en manos de lo divino y no ahorra oraciones para
pedir por el regreso de su hermano, “Él sueña comprar
una casa en el Eje Cafetero, adora esa tierra”, confesó a Semana.com.
La única riqueza con la que
cuentan los Calvo Sánchez, es su familia: once tías y por lo menos 50
primos. Una de ellas los acogió en una diminuta casa levantada al
occidente de Popayán.
No hay duda que las atrocidades
de la guerrilla están diseminadas a lo largo y ancho del país, pero en
este caso el esplendor de su barbarie se ensañó justo con una humilde
familia. Más absurdo resulta que en una de sus cartas aclaran “No es nuestra política retener soldados (…)”