En las noches todavía se oye a lo lejos el retumbar de los disparos. Y de día los niños juegan a adivinar si lo que divisan es un avión de los que fumigan o de los que patrullan la zona. Los que viven en casas de madera dicen que a veces las tablas alcanzan a vibrar con alguna explosión en lo profundo de la selva. Nadie se inmuta. Pero años atrás el sonido de un helicóptero los llenaba de pánico: para ellos era la alarma que indicaba que debían desalojar el pueblo.
Así lo hicieron los cerca de 3.000 habitantes de La Unión Peneya, en el corazón de Caquetá, una madrugada de enero de 2004. Tardaron tres años y 23 días en volver, un lapso que todos recuerdan de memoria, pues es a la vez el símbolo de su victoria. Acaban de hacerse merecedores del Premio Nacional de Paz por reunirse y regresar por iniciativa propia a su tierra en medio de la erradicación de cultivos ilícitos y la lucha de la guerrilla por recuperar su autoridad en la zona. Por volver pese a cierta desconfianza en un Estado que por mucho tiempo los abandonó.
"¿Qué paz? ¿Acaso puede haber paz con fusil?", dice incrédulo don José Romero, de 78 años, uno de los más antiguos moradores, cuando se le habla del galardón. Y con nostalgia empieza a recordar viejos tiempos, cuando llegó de Tolima a finales de los años 60 y con sus manos ayudó a construir, de la nada, La Unión, que se convirtió en un pueblo próspero.
Sin embargo, ese halo de decepción desaparece de su cara con cada acorde de la Banda de Paz del pueblo. En un potrero sus integrantes, niños de entre 10 y 15 años ensayan todas las tardes con piedras que hacen las veces de atriles, y al son del Negrito del Batey y Lucerito hacen pensar que la esperanza ya retornó. "Este es nuestro conservatorio. Empezamos con un tambor dañado y una trompeta desafinada con la idea de ofrecerles opciones de entretenimiento a los más jóvenes", comenta Carlos Villa, conocido como el 'Profe', quien después de trabajar en su negocio de productos veterinarios se dedica a demostrar que la música también puede ayudar a surgir de las dificultades.
"Muchos se preguntan si vale la pena otorgarle el premio de paz a una comunidad que sigue enfrentando una problemática muy seria -señala el padre Darío Echeverri, presidente del jurado este año-. Creo que así como el Nobel de Paz a Obama fue un estímulo a sus políticas conciliadoras, el galardón a La Unión Peneya premia a unas personas que dieron la respuesta más seria al fenómeno del desplazamiento: retornaron. Y con eso se convierten en un referente para poblaciones que desean recuperar una vida digna".
Haciendo honor a su nombre
"Si a un visitante desprevenido no le cuentan que ese lugar quedó deshabitado y en ruinas, no lo sospecharía al verlo -opina Neruda Díaz, directora de Fundacomunidad, que postuló al premio a esa población a orillas del río Peneya y que ha conseguido que organismos internacionales apoyen iniciativas como la banda-. Sus habitantes volvieron a empezar de cero para reconstruirlo y dejaron claro por qué La Unión siempre ha merecido ese nombre". Neruda es hija de Saturnino Díaz, un tolimense que llegó al Caquetá huyendo de la violencia partidista y que en esas tierras fundó junto a otros habitantes lo que hoy es la inspección de La Unión Peneya, ubicada en el municipio de La Montañita. En aquellos años los habitantes de esa zona tenían que caminar largas horas para comprar víveres o acceder a servicios de salud. Por eso en enero de 1969 unas 20 familias, a punta de machete, madera y paja construyeron el pueblo sin ayuda de las entidades estatales. Su ubicación estratégica en un sitio de convergencia de varias veredas hizo que creciera muy pronto.
Con cierto recelo algunos reconocen que todo empezó a cambiar cuando la guerrilla llegó al pueblo para convertirse en la única ley durante casi tres décadas, especialmente el frente 15 de las Farc. "Recuerdo que una noche a finales de los 70 varios hombres de camuflado citaron a una reunión en la plaza. Yo tenía 12 años y a todos los niños nos dieron regalos de navidad, pero mataron al inspector y a dos comerciantes. No supimos por qué", relata Abelardo Ortiz, presidente de la Junta de Acción Comunal.
El imperio del temor
"Luego llegó la bonanza de la coca y muchos campesinos cambiaron sus cultivos", agrega Ismael Ospina, presidente del Consejo de La Montañita. Desde entonces la cara de la Unión se transformó: el comercio se disparó y la coca era utilizada como dinero en efectivo. "Las cantinas hicieron su agosto. Había un señor que vendía morralados de pasta y cuando llegaba a tomar, tiraba un fajo de billetes al techo para que lo atendieran", cuenta Abelardo. "En esa época molestábamos con que el nombre del pueblo no era La Unión Peneya, sino 'Peinilla' porque había muchas peleas de borrachos con machete", asegura doña Evelia Hernández.
Los pobladores dicen que las Farc, que controlaban el negocio de la coca, impusieron sus normas. Los infieles o los que pelearan con sus parejas pagaban multas o tenían que hacer trabajos forzosos, y los ladrones eran desterrados o sentenciados a muerte "como los sapos", explica Ospina.
Las ruinas del cementerio son testimonio de ese dominio, pues allí un comandante conocido como el 'Mocho César' levantó un mausoleo en mármol para sus hombres dados de baja. Cuentan que murió en combate poco antes de que la comunidad fue desplazada, y que su tumba se convirtió en sitio de peregrinación para pedir milagros. Los habitantes habían aprendido a desconfiar del Ejército: "Es cierto que había milicianos en el pueblo, pero aun el que no lo era, sólo por ser de La Unión, cargaba con el estigma de ser guerrillero", lamenta Heriberto Sánchez, quien fue presidente de la Asociación de Desplazados.
Para entonces la orden ya estaba dada: si los militares se acercaban, la gente tenía que abandonar el pueblo o, de lo contrario, se convertiría en objetivo militar. "No querían que nadie les prestara ningún servicio a los soldados", comenta Ospina. "Y quién iba a decirle que no a la guerrilla", concluye doña Crisanta Buitrago?
La horrible noche
El 4 de enero de 2004 la misa dominical fue interrumpida por el ruido de varios helicópteros militares. "El padre nos dijo que mantuviéramos la calma, pero que el que tuviera algo que hacer en su casa podía irse", relata Pedro Torres, uno de los líderes. La gente empezó a correr despavorida. Algunos dicen que no se dieron cuenta de nada hasta que alguien, tal vez miliciano, tocó a sus puertas para avisarles que era hora de desalojar. "Me puse la sudadera más vieja, las botas y me quité los anillos para no dañarlos en la trocha, porque pensaba que como en las incursiones anteriores, el Ejército demoraría pocos días", relata Linsadis Romero, quien salió con su niño de 8 años, y una hija con una bebé de brazos. En la madrugada se produjo una estampida humana en la que huyeron enfermos, un ciego y mujeres embarazadas, una de las cuales dio a luz en el camino. "En mi campero caben 10 personas y monté 24", cuenta el profesor Villa. En medio de la prisa, pocos tuvieron tiempo de sacar la plata que guardaban en las paredes de sus casas, en los colchones o en el piso.
Los de La Unión partieron rumbo a distintas veredas. "Llegamos a una escuela vacía y tumbamos las puertas a patadas para pasar allí la noche. Nunca voy a olvidar al día siguiente, cuando empezamos a repartir la poca comida que llevábamos y no había en qué servirla. Pero estaba el plato de algún perro y de ahí comimos. Una amiga guardó ese recipiente como recuerdo", agrega el 'Profe' Villa, quien tiempo después, como todos los demás, se dio cuenta de que el Ejército había llegado para establecerse como parte del Plan Patriota de recuperación del territorio. Y mientras eso fuera así, la guerrilla no los dejaría retornar. Para ganarse la vida decidió unirse a una banda de Florencia, Los bacanes del sur, "famosos en la región por su éxito 'El raspachín', el himno de los cocaleros".
A Abelardo Ortiz se le escurren las lágrimas cuando recuerda lo difícil que fue dejarlo todo atrás. "En La Unión vivía de la construcción. Nunca había pagado arriendo ni me faltó la comida. Tuve que trabajar echando guadaña y lo poco que ganaba sólo me alcanzaba para un caldo de papa o para comprar una tripa en la carnicería". Mariela Torres, otra de las habitantes, explica que su mamá perdió la memoria, traumatizada por la huida: "A ella se le fue la mente".
Sólo los más ancianos se negaron a abandonar La Unión, como doña Paula Díaz, de 102 años de edad, acompañada de su hija y su tataranieta. "Ellas oían la plomacera y como les daba miedo que se destruyera su casa de tablas, se pasaban a una de bahareque en silencio para que no las oyeran. El Ejército se dio cuenta de que allí estaban cuando la lora que tenían empezó a hablar. A los tres meses, cuando un cilindro de gas les destruyó el tanque del agua, los soldados las convencieron de irse y las sacaron en helicóptero -cuenta su nieta Noelia Bello-. Ella no quería morir en un lugar ajeno, y su sueño se hizo realidad cuando por fin regresamos. La abuela murió este año".
Sobre las ruinas
En 2006, los líderes de la comunidad que nunca habían perdido su deseo de regresar se encontraron con el apoyo de los campesinos, que querían volver a tener su mayor centro de abastecimiento. "Empezamos a organizar reuniones en las veredas donde estábamos y se planteó conformar una comisión que contactara tanto a la guerrilla como al Ejército, para decirles que lo único que queríamos era volver a lo nuestro y vivir en paz", explica Abelardo, uno de los integrantes del grupo.
Su tenacidad surtió efecto y después de muchos tropiezos, ese comité consiguió viajar por primera vez junto con varias entidades del Estado para verificar las condiciones de la zona. "Cuando entré a la Iglesia, hasta las heridas del Cristo eran más grandes. Lo habían perforado en busca de guacas", dice el padre Israel Betancur, porque en su parroquia, la de Todos los Santos, ni éstos se salvaron del deterioro ni el saqueo. El Ejército asegura haber llegado al pueblo días después del desalojo y que bandoleros y milicianos fueron los responsables. Sin embargo, "los desplazados presentaron denuncias contra el Estado por presuntos actos de pillaje de los militares", señala Álvaro Castelblanco, defensor del pueblo en Florencia.
Pese a que La Unión estaba en ruinas, siguieron con su deseo de retornar. "Mi esposo, que era parte de la comisión, me dijo que me preparara para llegar a un basurero", cuenta Linsadis. Y lo comprobó el 27 de enero de 2007 cuando, al caer el sol, la caravana de retorno arribó a La Unión Peneya. "Yo ni reconocí mi tienda entre la maleza. Pero de inmediato me dediqué a echar rastrillo. Esa noche dormimos encima de colchones podridos por miedo a las culebras. Pero a los tres días, y gracias al préstamo de un familiar, estaba vendiendo nuevamente".
Algunos prefirieron no regresar para no revivir un triste pasado, como Rosalba Olivera, una de las fundadoras del pueblo, cuyo hijo fue asesinado en los 90, según cuenta, por haber prestado el servicio militar. "Me da mucho guayabo volver porque allí nació, allí creció y allí me lo quitaron. Pudimos recuperar con el tiempo las cosas que perdimos al desplazarnos. Pero a él no".
Los que volvieron saben que todavía faltan muchas luchas por librar, pero, como Linsadis, todos comparten un deseo: "Que cuando la muerte me sorprenda, que sea aquí".
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