El miércoles de la semana pasada la Cámara de Representantes decidió hundir el artículo de la reforma política que le permitiría al presidente Álvaro Uribe, después de retirarse del poder en 2010, volver a la presidencia en 2014. El origen de esta decisión fue el mal ambiente que reina en la Cámara de Representantes contra el gobierno. El clima en el Congreso en general está enrarecido. La falta de claridad del Presidente frente a su posible reelección y la falta de oxígeno burocrático para hacer que esta se apruebe son la explicación de este enrarecimiento. El síndrome de Yidis ha hecho que pocos en el alto gobierno se atrevan a ofrecer puestos para alinear votos. El secretario general de la Presidencia, Bernardo Moreno, quien maneja ese frente desde Palacio ni siquiera se deja tocar el tema. Está sub-judice y cualquier malentendido durante el proceso le puede traer consecuencias penales. Ese mismo pánico se ha apoderado de todo ministro o funcionario que tenga cargos, contratos o partidas presupuestales para repartir, pues nadie quiere convertirse en el Sabas Pretelt o en el Diego Palacio de la segunda reelección. Sin consentir al Congreso era imposible que no se hundiera el articulito de 2014.
Paradójicamente, ese naufragio dejó feliz al Presidente. Este nunca ha tenido el menor interés en retirarse del poder y regresar cuatro años después. No descarta la posibilidad de una segunda reelección, siempre y cuando esta sea inmediata. La interrupción no sólo rompería la continuidad de su obra de gobierno, sino que lo obligaría a enfrentarse a su sucesor después de cuatro años, pues es seguro que este último buscaría la reelección al terminar su primer período.
Cuando surgió el tema de una segunda reelección no inmediata, la de 2014, el Presidente hizo unas declaraciones señalando la conveniencia de esta norma en términos institucionales, lo cual dio la impresión de que la consideraba una opción. En realidad, se trataba simplemente de unas declaraciones protocolarias presionadas por algunos uribistas que le decían que no se expusiera a acusaciones de que quería perpetuarse en el poder y que más bien dejara una puerta abierta por si el país lo volvía a necesitar. Esta fórmula tendría la ventaja de que el fantasma de su regreso lo dejaría de facto con una influencia enorme durante el gobierno de su sucesor. Se rumora que los dos principales promotores de esta fórmula eran los dos Fabios, Valencia y Echeverri; el primero, para facilitar el tránsito de sus reformas en el Congreso, y el segundo, porque en realidad es enemigo por convicción de un tercer período. Por cumplir con ese tipo de presiones el Presidente soltó unos comentarios a favor de 2014, pero en el fondo de su corazón nunca contempló la posibilidad de recurrir a esa fórmula.
Si había un colombiano más feliz que el Presidente con el hundimiento de la puerta abierta para 2014, era Luis Guillermo Giraldo. Sus dos años de esfuerzos y sus cinco millones de votos para promover el referendo sólo tenían una meta: que la era de Uribe durara 12 años sin interrupciones. La posibilidad de un acto legislativo con la fecha de 2014 lo tenía mortificado.
Algo que inexplicablemente lo tiene menos mortificado es el hecho de que el texto de su referendo sólo permite reelegir a Uribe en 2014. Esto se debe a un error de forma que Giraldo considera "accesorio". No es sino cambiar la frase: "Quien haya ejercido la Presidencia de la República por dos períodos constitucionales, podrá ser elegido para otro período" por "Quien haya sido elegido a la Presidencia de la República..." y, según Giraldo, queda solucionado el problema.
Para la Corte, sin embargo, el asunto no es tan fácil. El tema de cambiar "ejercido" por "elegido" puede ser considerado accesorio. Sin embargo, hay un problema mucho más de fondo. Cuando se aprobó el acto legislativo para permitir la primera reelección se incluyó un parágrafo transitorio que decía: "Quien ejerza o haya ejercido la Presidencia de la República antes de la vigencia del presente acto legislativo sólo podrá ser elegido para un nuevo período presidencial". Quienes redactaron el texto del referendo cometieron el error de no modificar este párrafo, lo cual significa que está vigente el concepto de que sólo podrá haber una reelección presidencial.
En ese acto legislativo, en otro inciso, el primero, se decía algo parecido: "Nadie podrá ser elegido para ocupar la Presidencia de la república por más de dos períodos", no obstante que el referendo sí modifica este inciso, el hecho de que no se haya modificado también el otro, el del parágrafo transitorio, genera una contradicción que complica mucho las cosas jurídicamente. La Corte obviamente podría fallar políticamente, si interpreta como "accesorios" todos los remiendos que sea necesario hacerle al texto original del referendo. Por otra parte, de aprobarse el referendo, habría dos instancias posteriores en la Corte igual de espinosas. La competencia de la Corte para admitirlo y la definición del umbral. Seguramente varios magistrados preferirían no tener que recorrer ese calvario.
El gobierno había recogido cinco millones de firmas que hacían inatajable el referendo en el Congreso. Sin embargo, la votación contra la reelección en el acto legislativo que tuvo lugar la semana pasada evidencia no sólo descontento en la base, sino serias fisuras en la coalición de gobierno. Los 76 votos en contra significan que no sólo el Polo Democrático y el Partido Liberal se oponían, sino también Cambio Radical y buena parte del Partido de La U. Más leal con el Presidente fue el Partido Conservador.
Que el gobierno haya perdido la mayoría en la Cámara no se puede considerar un hecho aislado o coyuntural. Este resultado le envía un mensaje contundente a Uribe: O habla claro, pide el favor y ayuda a sus amigos como hace cuatro años, o no hay
reelección. Todo indica que el Presidente no está dispuesto a hacer ninguna de estas tres cosas. El síndrome de Yidis no sólo afecta a sus funcionarios, sino también a él. Frases aceptables en el pasado como: "Necesito su apoyo" y "la patria se lo agradecerá" encienden bombillos amarillos en la actualidad. Lo que sus contradictores llamaban soborno, y él persuasión, ya no es viable, pues implica reuniones y ofrecimientos que ni él ni su gente están dispuestos a hacer.
Esta actitud del gobierno fue la responsable de la operación tortuga de la semana pasada que desembocó en que hoy es imposible que el referendo sea aprobado antes del 16 de diciembre, que era la fecha prevista por sus promotores. Así las cosas, sólo queda para tramitarlo el primer período de sesiones del Congreso el año entrante, el cual comienza a mediados de marzo. Esto dejaría un plazo muy estrecho entre el momento de su aprobación y los pasos que se tienen que dar en la Corte y en las urnas. El Presidente podría solucionar este problema convocando a sesiones extraordinarias para el mes de enero. Sin embargo, no tendría presentación utilizar un mecanismo de excepción para aprobar una norma que sólo lo beneficiaría a él. Se da por descontado que no lo hará.
Y si de casualidad se juntaran todos los astros para superar todos estos obstáculos, queda uno último que no puede ser minimizado: el de conseguir un mínimo de 7,5 millones de votos, que son los necesarios para aprobar el referendo. Esa cifra no la consiguió Uribe en ninguna de sus dos elecciones anteriores. Y eso que en ese entonces el ambiente político era mucho más cordial que el de ahora, pues no había ni recesión a la vista, ni marchas indígenas, ni inminente cambio de régimen en Estados Unidos.
No es ilógico pensar que Uribe no esté dispuesto a arriesgar su inmenso capital político con una derrota. Tampoco hay por qué no creerle cuando afirma en privado que él está dispuesto a servirle al país siempre y cuando haya un consenso que no requiera su participación. En otras palabras, él no está dispuesto a presionar a nadie ni a repartir puestos o partidas presupuestales para que lo vuelvan a elegir. En el Congreso todo el mundo está de acuerdo en que si mantiene esa actitud, su reelección es imposible.
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