Cuando la puerta se
cerró a sus espaldas, Julio Manuel Contreras cayó en cuenta de que se había convertido en un desplazado más de Cartagena. Tenía los bolsillos y el estómago vacíos, no conocía a nadie en la ciudad y lo peor es que aunque se sentía orgulloso de su destreza para cosechar maíz, castrar novillos, enlazar bestias y buscar oro con batea, nada de eso le servía en su nueva vida.
Había llegado a Cartagena, después de un largo periplo por la Costa, en el que sobrevivió del rebusque. Llegó con 120.000 pesos que había recogido a fuerza de penurias, y buscó a unos primos lejanos que había mencionado su mamá algún día. Pero los primos, en lugar de ayudarle, le robaron el dinero, y a empujones lo sacaron de la casa, lanzaron la maleta a la acera, y le dieron un portazo. Así fue como entendió por fin que se había convertido en un desplazado más de la gran ciudad.
Seis meses atrás, a principios de 1998, había salido de Ungía, Chocó, por puro instinto de conservación. Treinta años atrás su papá Julián Contreras y su mamá Ana Luisa Salas habían llegado a Urabá atraídos por el rumor de que había tierras baldías para colonizar. Consiguieron una finca que al cabo de los años llegó a tener 400 hectáreas. En dos décadas de trabajo duro los rastrojos se convirtieron en potreros, y una parte de los bosques en cultivos de maíz y yuca. Cien reses, docenas de cerdos, gallinas, pavos, carneros, completaban una próspera economía familiar.
La casa de los Contreras Salas era una de las más amplias de la vereda. En madera, tenía techo alto, una gran cocina y una habitación para cada uno. Como si fuera poco se había construido un rancho aparte para almacenar los granos. "Una cosecha de maíz nos duraba hasta dos años. Trabajábamos duro, pero también podíamos descansar, a veces hasta tres meses, porque la comida nunca nos faltaba", recuerda Julio. En los alrededores vivían aproximadamente 50 familiares con los que hacían una vida comunitaria de trabajo y fiestas que aún hoy consideran inolvidable. En esa época Julio tenía claro su futuro: "Soñaba con ser un gran ganadero" .
La guerrilla ya merodeaba la zona rural de Unguía a mediados de los años 90. Pero las cosas empezaron a ponerse feas realmente en 1996, cuando las Farc se tomaron el pueblo durante tres días. Después llegó el Ejército. Y después, los paramilitares y empezó el desplazamiento masivo.
Los paramilitares obligaron a los Contreras y a todos sus vecinos a desocupar la vereda. De la noche a la mañana prohibieron el paso hacia los cultivos de maíz y los potreros. Contra su voluntad los Contreras se fueron a vivir a Unguía. Ahora tenían que trabajar cada día como jornaleros, por 5.000 pesos, que era menos del salario mínimo, y sacar algún tiempo para trabajar su propia tierra, sin que los paramilitares se dieran cuenta. Por primera vez, la familia conoció la penuria y el hambre.
Las muertes selectivas se hicieron frecuentes. Cada semana los Contreras tenían que enterrar a vecinos o amigos, asesinados sin motivo. El reclutamiento de hombres jóvenes se disparó. Julio, a sus 25 años, empezó a ver cómo sus sueños se desvanecían. Acababa de comprar dos motores fuera de borda para transportar a la gente y las cosechas en lancha, pero nadie la quería usar porque los ríos eran controlados por las AUC. También compró una motosierra pero los bosques se habían convertido en lugares de alto riesgo donde sólo se podía trabajar bajo la tutela paramilitar. Concluyó que lo mejor era marcharse.
Salió prácticamente de incógnito, con un pequeño morral y la motosierra en un costal. En el bolsillo llevaba 400.000 pesos, que le quedaban por la venta del ganado. Él y su primo salían por primera vez de Unguía. No conocían nada más fuera del pueblo. Llevaban en el bolsillo, escritos con lápiz, los nombres de algunos primos que sus padres recordaban en Córdoba y Sucre.
En Turbo tomó un jeep que lo llevó a Valencia, Córdoba, donde recorrió en vano las calles buscando a dos primos. Gracias a la motosierra, consiguió un trabajo temporal. Pero a las dos semanas los paramilitares empezaron a mandarle mensajes. Era un desconocido y como si fuera poco, 'desplazado'. Atemorizado, decidió empacar maletas y probar suerte en Sincelejo donde otra prima seguro lo recibiría.
Julio se ofreció en muchos sitios para trabajar, pero lo que sabía hacer como agricultor no le servía de mucho en una ciudad como Sincelejo. Tuvo por primera vez que pedir las sobras de comida de los restaurantes para sobrevivir. Entonces se enteró de que en Macayepo, en los Montes de María, buscaban jornaleros, y se fue para allá. La primera sorpresa desagradable era que sólo le ofrecían 2.000 pesos por día de trabajo. Aserró cedros biches, pero tristemente, la motosierra se dañó y no había dinero para arreglarla. A eso se sumó que los paramilitares también se habían apoderado de este pequeño pueblo. De nuevo se sentía inseguro. Entonces cambió la motosierra descompuesta por una vaca vieja, que pudo vender en 400.000 pesos.
Julio siguió su rumbo por el campo empobrecido de Sucre hasta que se cansó, tomó un bus y se fue para Cartagena. Todavía le quedaban 120.000 pesos. Como siempre, sacó el papelito con los nombres de los primos y se puso a averiguar por ellos en la plaza de mercado el mismo día de su llegada. Supuestamente los encontró. Pero apenas se presentó ante ellos, le robaron el dinero y luego, lo dejaron en la calle, desamparado.
Esa noche un celador lo dejó dormir en un parqueadero. Al día siguiente se fue temprano para Bazurto, la plaza de mercado a buscar trabajo. Efectivamente encontró a una mujer que hacía tinto y se lo entregaba en termos a un grupo de vendedores que se repartían por la ciudad. Él tenía que vender 10.000 pesos al día, y ella le daba a cambio alojamiento en una hamaca, y la comida. Duró dos meses en este rebusque hasta que logró hacerse a su propio termo. Consiguió alquilar un rancho, que realmente era un tugurio de lata y madera, que costaba 8.000 pesos. Compró una olla y en una pequeña hornilla hacía el café que vendía por su cuenta. Pero un día recibió una llamada de Unguía. "Los paramilitares mataron a mi hermano el 13 de agosto de 1998. Lo despertaron en la noche, y le dieron un tiro en la cabeza". Julio piensa que lo único que le cobraron es que siguió trabajando y cosechando en la finca, en la vereda donde aún había presencia de las Farc, y que eso le costó la vida.
Julio seguía vendiendo tinto y viviendo en un barrio periférico. Allí recibió no solo a sus padres sino a 20 primos, todos desplazados. En el barrio casi todas las personas vivían de hacer butifarra, un embutido muy popular en la Costa. Muy pronto Julio cambió el café por las butifarras. Él y sus 20 primos se dedicaron a la venta de butifarra, y más tarde a fabricar ellos mismos el embutido. Todos vivían hacinados en un rancho de madera y lata, de piso de barro, sin servicios públicos. Estando allí llegaron algunas instituciones, como Actuar, que ayuda a crear empresas a los desplazados, y les ofrecieron ayuda. Julio supo canalizar todos sus proyectos con la ayuda de estas instituciones, al punto de que hoy dirige una empresa de embutidos, que distribuye a los supermercados más importantes de Cartagena. También se convirtió en un puente de ayuda a los desplazados que llegaron por miles a principios de esta década a la ciudad.
Muchos años después Julio pudo por fin traerse a sus padres a Cartagena. Sus hermanas, sin embargo, retornaron a Unguía después de la desmovilización de los paramilitares, para recuperar la tierra que otrora fueran cultivos y potreros y que hoy está completamente cubierta de maleza. Para entonces, más de 5.000 personas habían salido del pueblo, muchos de los cuales jamás regresarán. La mayoría de los primos de Julio fueron reubicados por Acción Social en nuevas tierras en San Jacinto, Bolívar. Pero Julio dejó atrás su vida y sus sueños de campesino. Aunque viva en la marginalidad de la ciudad, jamás piensa retornar al Chocó porque, según dice, "eso sería como un nuevo desplazamiento". n
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