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| 2/12/2006 12:00:00 AM

Acompañando a la Selección

Aunque por fuera de Alemania 2006, la Selección colombiana de fútbol tiene muchos devotos. Mauricio Bustos cuenta un recorrido en el que acompañó a su equipo por las eliminatorias.

Y ahí estaba yo, sentado en medio de miles de paraguayos, que alegres celebraban la clasificación al mundial por parte de su selección, gritando y festejando una clasificación lograda una fecha atrás en Venezuela. Para mí, el viaje había acabado. Meses antes comenzaba a viajar por Suramérica con la plena confianza de ver a la selección Colombia clasificándose al mundial del fútbol. Sin embargo, y en Asunción, cuatro años más de espera comenzaban y un doloroso regreso a casa con una desilusión insostenible.

Pocos entendían mi determinación por ver a mi equipo consagrarse en tierras ajenas. Otro mundial sin mi equipo sería un golpe bajo a la ilusión de un país, pero más para nosotros, una generación con ansias de triunfo, que poco se acuerda de ese lejano empate contra Alemania en el noventa o que no valora, como en mi caso, la victoria de la selección en la Copa América realizada en nuestro país. Entendí que mi equipo me necesitaba, y si debía cruzarme Suramérica para apoyarlo, lo haría. La meta era una sola, ver a mi tricolor en Alemania codeándose con selecciones de primer nivel y por qué no, consagrándose campeona mundial por primera vez en su historia.

La llegada a Montevideo fue poco placentera ya que el buque tomado desde Buenos Aires arribó a las cuatro de la mañana, encontrar un hotel que se acoplara a mi presupuesto, a esa hora, constituyó un tropiezo que se solucionó con una pensión atendida por unos Bonaerenses amantes del fútbol. El siguiente paso, dirigirme al Centenario a conseguir una de las pocas entradas destinadas para la tribuna visitante, que por cierto, eran las más caras, y lograr ver a la selección Colombia que sin mayores problemas debería repetir el marcador logrado en Barranquilla meses atrás.

La hora había llegado y rodeado de un gran número de colombianos el partido decisivo dio inicio en un escenario maravilloso para disputar tan importante encuentro; al término del primer tiempo, el resultado era contrario a mis expectativas, pero era posible que la selección reaccionara y luego del 2- 0 en contra, el milagro parecía realizarse con sendas anotaciones de Ángel y Soto. Pero cuando todo parecía suponer un regreso triunfante a mi casa, cuando sólo un triunfo en Barranquilla nos alejaba del mundial, Zalayeta anotó por tercera vez y resignó ese anhelado cupo directo con el que tanto soñaba.

Decidí quedarme en el sur del continente aguardando el definitivo partido contra Paraguay, adentrarme en Brasil para conocer un poco más de su cultura futbolera, descifrar el por qué ellos sí y nosotros no, pero la preocupación por una posible eliminación de la copa mundial no me dejó disfrutar del Corinthians o del San Pablo, en Río poco valoré a Romario. Yo pensaba en Choronta y el increíble gol que había fallado, o en cómo el Sultán no marcó a Estoynoff en esa jugada terrorífica. Quedó atrás la tierra del Pelé y, buscando más respuestas, llegué a Argentina dispuesto a esperar en este país el choque definitivo, ese que sin dudarlo nos llevaría a un duro partido con Australia y con esperanza a la cita mundialista.

Valparaíso fue la tierra escogida para ver el partido entre mi selección y la roja, decisión tomada por la negativa de la televisión Argentina para trasmitir el encuentro definitivo entre estas dos selecciones, sentado solo en un país que vibra el fútbol de una manera descontrolada tenía la plena seguridad de que con la ayuda de nuestra hermana Ecuador estaríamos a puertas de nuestro cuarto mundial,  aunque las cosas comenzaron bien todo se derrumbó cuando ese desastroso gol determinó que un empate sería el resultado final, unas cuantas lágrimas corrieron por mi rostro, lejos de mi tierra, pero peor aún lejos de Alemania, más lejos que nunca.

Contra todos los pronósticos de mi familia atravesé los Andes y toda la Argentina para llegar a Asunción el mismo día del partido, sin un peso, camine desde el terminal hasta el hotel Yacht y Club buscando tener un contacto más cercano con mi equipo, aquel que con una segura victoria y que con una pequeña ayudita de nuestros amigos argentinos jugaría un doblete de partidos con la selección australiana con un resultado a nuestro favor.

Resultó que, por alguna razón, no sabía que esa ciudad era un horno y que el hotel quedaba a casi tres horas desde mi punto de partida, pero lo había logrado, allí estaba mi equipo, entrenando y dando lo máximo para ganarle a una selección que de sus últimas dieciocho presentaciones solo había perdido con nosotros en ese recordado cuatro cero, ahí sentado solo, luego de miles de kilómetros, de noches en buses peruanos, de comer agua y pan por casi dos meses, entendí que todo había valido la pena y para ser sincero perdone a Calero y su pésima presentación en Uruguay, a Iván Ramiro y el hecho de que sólo juega bien en el Inter, a Bedoya por el gol de Crespo en Buenos Aires, y hasta a Ángel, por ser ese troncazo que nos han metido, sentado entendí que todo había valido la pena, que mi equipo era único, talentoso y definitivamente nuestro.

Teniendo la boleta gracias a la Selección, me embarqué hacia el defensores del chaco, con la camiseta bien guardada fui el primero en entrar a un estadio imponente que se esconde en un barrio cualquiera de la ciudad de Asunción, poco a poco la tribuna se fue llenando con un puñado de colombianos preparados para la victoria, y así fue un gol tempranero nos ponía en camino hacia el viejo continente, volvería triunfante a mi país a reírme de aquellos que se mofaban de mi equipo, el radio de mi vecino anunciaba a una Argentina arrolladora, con claras intenciones de ganar, con un Tévez y un Abbondancieri inspirados hasta que. pasó, Uruguay estaba en el repechaje; poco importaban las bromas de todo el estadio, aquellas voces que decían "Colombiano nos vemos en el mundial" en mi cabeza no cabía la idea, no lograba imaginarme el acontecimiento sin mi selección, pero tristemente así es...  Suráfrica por qué no, por que no.

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