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| 5/22/2005 12:00:00 AM

Acto de contrición

Martes 24. La guerra es culpa de todos los colombianos, por eso es necesario que nos unamos para acabarla, opina Jonathan Saavedra, lector de SEMANA.COM.

Con tantas inequívocas peticiones de verdad, justicia y reparación que se escuchan por un lado; con las suficientes pruebas de barbaridad que se sienten por otros lados; con el inmenso costal de huesos que cargamos, uno mira para cualquier margen y confía en que la reflexión tiene que servir...

Háganme un favor, enumérenme a cuántos colombianos han matado las obsesiones de la guerra. ¿A cuántos los han acosado por tener plata, o los han sacrificado lidiando para que se comparta. ¿A cuántos han humillado por ser ciudadanos de verdad o por ser importantes magnates?

Durante estos diez mil y más días de balas a cuerpos, los pleitos, pero sobretodo los prejuicios de bando y bando han hecho una cacería aparte. Una cacería equivalente a la definición de la guerra por antonomasia: sucia, primitiva, inmunda, rastrera.

En los ochenta, década a la que le sobra labia en esto, más de 4.000 personas pierden la vida por razones políticas. En esos años el fanatismo deja siete veces más muertes que la batalla propia.

Hablar de la guerra en Colombia debiera equivaler a hablar de las manos obscenas que la fabrican: de quienes masacran a tal sindicalista por ser un "guerrillero de escritorio", o a quienes despellejan a una familia por ser "colaboradora del ejército".

Y es que en la i-lógica táctica todos somos enemigos potenciales. Y al enemigo "se le neutraliza en la base", en la raíz.

Por ese afán de exterminio han llevado del bulto campesinos, promotores de derechos humanos, dirigentes, políticos y ciudadanos considerados por unos como aliados de los otros. Hablar de la guerra, o mejor, hablar de una posible paz en Colombia, obliga a denunciar las ceguedades y las creencias alucinadas de una gran cuota de enlistados en los ejércitos, en especial, en el que nos protege a los ciudadanos colombianos. Desde que por aquí se empezó a creer que cualquier defensor de la vida es un facineroso matan a la gente con la sospecha como esquela de defunción.

Pero hablar de la paz en Colombia también obliga a que seamos explícitos y nos sinceremos: los señores de la guerra no han actuado por capricho.

Así como ahora la piden a grito entero quienes están atentos al proceso de paz que se esta dando, contemos una verdad que duele: algunas organizaciones se han dejado tentar y embeber por verdaderos bandidos que aprovechan su afinidad política para ensuciarlos con sus propagandas y acciones armadas. No sé cuantos dirigentes, personajes y ciudadanos de todos los gustos han sucumbido a sus delicados ideales por las ambiciones, por la desesperación de un cambio que no llega, por su corrupción, o por las presiones de los mismos grupos, pero ahí están dando fe de que por unos pagan todos.

Y a la gasolina que azuzó el incendio sumémosle el silencio inocente o cómplice de las instituciones. Los sindicatos, que no ahorran bravura -y con razón- para enjuiciar a quienes hacen de éste un Estado pobre, corrupto e injusto, les ha escaseado para enjuiciar a quienes los han traicionado.

A las organizaciones populares que son espacios en donde a punta de luchas y esfuerzos se articula la democracia en la vida de la comunidad, les ha fallado la valentía para denunciar actuaciones perversas.

A las organizaciones sociales, y de ahí para abajo a todas las concentraciones comprometidas con el respeto de la vida, la justicia y la verdad, les ha faltado lucidez para carear estas vicisitudes.

A todos los seguidores de la movilización popular nos ha faltado inteligencia y coraje para tomar el toro de frente y librarnos de las acusaciones de los enemigos de la participación y el poder ciudadano.

Deduzco, claro, que es complicado en extremo tratar de ser enérgico en medio de un régimen del terror, donde cualquier declaración es usada en contra. Pero considero que, así como se han señalado, con nombres y apellidos, los agresores del Estado -y sus paralelos-, y se han corrido peligros y se han extinguido vidas al hacerlo, igual se ha debido proceder con los agazapados de adentro.

Una declaración de este tipo es un acto de trasparencia frente a los conciudadanos y de alguna manera un blindaje ante la hostilidad de la pelea. Es una muestra de los intereses y los fines de la organización civil.

Sabiendo lo que le ha pasado a la gente en Urabá y en Cauca; advirtiendo lo que le sigue pasando a las comunidades en Chocó (de lo que en el país apenas se sabe), me sobrecojo con ellos. Viendo a las organizaciones de derechos humanos y a sus seguidores arrancarse los cabellos por exigir verdad, justicia y reparación, grito con ellos.

Sin embargo, creo que el espanto y la gritería deben evolucionarse. Para quienes queremos la reconciliación, una cavilación silenciosa es un arma poderosa, que mira hacia adentro para contar con franqueza los errores, fracasos y ligerezas pasadas y vigentes. Para quienes queremos la paz, un acto de contrición colectiva es una muestra pacifica de un rechazo despiadado a las impunidades y a las injusticias de toda la vida.

* Estudiante X semestre de sicología, Universidad Autónoma de Bucaramanga
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