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| 4/17/2005 12:00:00 AM

Apología de Jordan Capri y sus amigas

Martes 19. "El porno es un liberador de la energia sexual peligrosamente represada por el dique de la razón y de la moral", escribe Juan Manuel Rodríguez, lector de SEMANA.COM.

Hace varios días que está nevando y sin embargo la nieve todavía no nos llega a las rodillas, sino que se acumula sobre el prado, los techos de los carros y las aceras, formando parches de blanco. En las calles la nieve no prospera y se vuelve hielo negro. Pero si uno mira sólo los jardines, bien puede crearse la ilusión de estar en esos maravillosos países donde los niños, en trineo, van a la escuela con una botella de vodka en la maleta.

Estoy sentado frente a la ventana de mi cuarto viendo caer sobre los hombros del mundo la caspa del cielo. La gente pasa encapuchada y un cuervo desciende sobre un muñeco de nieve.

La nevasca -como a todo hijo del trópico- me trae sobre todo reminiscencias televisivas. Me acuerdo de la liebre blanca escapando del zorro del mismo color; de los macacos japoneses mirando a la cámara a través de las estalactitas que se les forman en la frente; del mamut preservado en permafrost; de las glaciaciones; de un video en el que, en un bosque de coníferas, unas suecas se bajan los pantalones de invierno con el plausible propósito de enseñarnos sus rubias intimidades.

Hablando de bosques de coníferas, 'Libération' acaba de publicar un artículo sobre la cátedra de "Porn Studies" a cargo de la profesora Linda Williams en la prestigiosa universidad de Berkeley. Dice el artículo: "Hoy en día, la industria cinematográfica de Hollywood, reputada como la más poderosa del mundo, produce un máximo de aproximadamente 400 películas al año. Durante ese mismo tiempo, en ese mismo país, la industria del cine porno produce alrdedor de 10.000 filmes. En Estados Unidos, más de 700 millones de casetes y DVD porno son alquilados cada año, y los ingresos generados por la industria del culo (películas, revistas, televisión e internet) son estimados entre 10 y 14 millones de dolares. Una cifra que el 'New York Times' ha calculado superior no solamente a las ganancias del cine hollywoodense, sino también a las del futbol, el baloncesto y el béisbol profesional reunidos. Tal relación debería llevarnos a tomar el porno en serio, a la vez como un conjunto cultural opaco, colosal y, sin embargo, tabú, y como un capitulo considerable de la historia de la sexualidad humana y de sus representaciones". ("Porn studies. Premiers jets" 'Libération' 23/02/05).

El año pasado, en una fiesta de estudiantes de cine a la que me invitaron unos amigos, coincidí en la cocina de la casa, mientras me servía un trago, con una rubia despampanante que hacía su proyecto de grado sobre el cine triple x.

¿De verdad? -Le pregunté mientras me la imaginaba frente al televisor viendo 'El hombre pene en Brasil'-. Y ella movio la cabeza de modo afirmativo. Entonces le pregunté -pensando por analogia en esos pasteleros obesos que andan todo el tiempo probando lo que cocinan- si era posible guardar la distancia crítica con respecto a un tema tan emocionante. O, dicho en otros términos, si ella veía las películas sentada o acostada. No recuerdo que me respondió, pero me acuerdo muy bien de que levantó la pierna izquierda e hizo un gesto obsceno que me hizo reir (con risa nerviosa).

Siguiendo con las anécdotas sobre el porno (qué afán de argumentar cuando estamos llenos de tantas historias ejemplares), déjenme contarles que, acá donde vivo, cada residente tiene una clave personal de acceso a Internet y que, según el artículo número 4 (que se ciñe a las disposiciones de los artículos 227-23 y 227-24 del código penal francés), está prohibido difundir imagenes pornográficas sólo en los casos en que dichas imagenes sean de menores o estén dirigidas a menores. Lo cual me parece completamente razonable. Pues en muchos países e instituciones se combate la pornografia como si se tratara de una actividad delictiva per se. Es cierto que a veces la pornografía coincide con la pedofilia, la trata de blancas y la violencia sexual, pero esto no ocurre todas las veces y esta coincidencia no se puede llevar tan lejos hasta el punto de hacerla pasar por una identificación.

Condenar la pornografía en general, simplemente porque alguna es ilegal, es como si con la excusa de atacar el terrorismo se silenciara toda voz disidente o como si en aras de combatir los cultivos ilicitos se fumigara sobre toda clase de cultivos.

La mayoría del porno es muy respetuoso de la ley, y así, por ejemplo, las que a primera vista pasan por lolitas están en realidad muy creciditas, y las violaciones no son más que representaciones del acceso carnal violento (como en el cine de Hollywood, donde el vietnamita que es ametrallado siempre se levanta cuando terminan de filmar la escena).

De otro lado, ya no con argumentos legales sino éticos, quienes pretenden prohibir el porno apelando a la defensa de la dignidad humana cometen una agresión a la misma bajo la forma de la censura. Toda restricción del libre acceso a las publicaciones virtuales remite a las limitaciones que los países totalitarios imponenen al uso de Internet.

Comentando las practicas de Arabia Saudí y China, denuncia Reporteros Sin Fronteras que "esos regímenes ejercen una censura extremadamente amplia, de los sitios pornográficos a las revistas independientes, pasando por las páginas que tratan de religiones prohibidas o de los derechos humanos" ("Internet bajo vigilancia", RSF, 2004). La libertad de expresión y el derecho a informar y a estar informado se asumen cabalmente, con todas sus consecuencias, o no se asumen. En esto no hay punto medio.

Me parece, sin embargo, que así como los consumidores responsables boicotean los productos que atentan contra el medio ambiente o contra el ser humano, de la misma manera todo onanista con principios debería meditar sobre el tipo de pornografía que está promoviendo desde su posición aparentemente pasiva de espectador. Las españolas han dado un paso adelante en este sentido, y eso lo confirma el testimonio de un amigo, que me cuenta que en Madrid se están grabando "videos porno feministas", donde en vez de asistir a eternas sesiones de felación, uno puede ver a las actrices felizmente sentadas sobre las bocas de sus compañeros, quienes, una vez finalizado el acto, se levantan y van a la cocina a hacer el almuerzo.

En esta misma vía, dice Linda Williams que al principio su perspectiva era la de una feminista clásica y que tendía a abordar el porno a partir de "la sumisión de la mujer, su transformación en objeto o desde la mirada masculina unilateral". Pero aclara: "Pronto me di cuenta que esas ideas eran falsas y que toda una parte del cine porno las superaba". Y concluye: "Por qué combatir el porno y no las causas primeras de la opresión de la mujer, de la cual el porno no es responsable?" ("Le porno est libérateur" Libération 23/02/05).

Censurar las publicaciones pornográficas recurriendo a principios estéticos, políticos o morales, nos ahorra la tarea de entender por qué, a pesar de la reprobación generalizada (e hipócrita), muchísimas personas alrededor del mundo disfrutan de este tipo de productos culturales.

¿En qué radica nuestra fascinación (pocas veces confesada) por las imagenes de sexo explícito?, ¿cuál es la función del porno en nuestra sociedad? En los adolescentes cumple las veces de desvergonzado preámbulo a las relaciones sexuales. El porno dice lo que ellos quieren saber y que ni sus padres ni sus maestros son capaces de decir. Mientras la sociedad, el cine y el "arte" no sean capaces de hablar de la sexualidad humana con franqueza, el porno seguirá existiendo para llenar ese vacío.

El porno nos recuerda que somos animales y que, por más que lo neguemos, el ser humano tiene, como dice Fernando Vallejo, "un pene colgando o un hueco en la mitad como centro de gravedad de todos sus afanes". El porno nos ayuda a conocernos mejor al confrontarnos con nuestros propios deseos, que, por lo general, no podemos reconocer al mirarnos en la imagen que de nosotros mismos construyen la escuela, la familia, la iglesia y el resto de las instituciones sociales.

El porno es, además, un liberador de la energia sexual peligrosamente represada por el dique de la razón y de la moral. Es, también, el escenario virtual de realización de nuestras fantasías, el sustituto de la infidelidad, una posibilidad de sexo seguro, un simple distractor y el gran Kamasutra de la modernidad.
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