Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2005/07/30 00:00

Asesinato en la estación

A Jean Charles de Menezes, el brasileño asesinado por oficiales de la Scotland Yard, lo mataron todos los terrorismos, afirma el periodista Reinaldo Spitaletta.

Asesinato en la estación

A Jean Charles de Menezes lo mataron todos los terrorismos. El de la policía británica, que dispara a matar y después identifica; el de Tony Blair, que se embarcó en la aventura bandidesca de apoyar la invasión estadounidense a Irak; el de la pobreza de los inmigrantes que, acosados en sus países de origen por todas las miserias, se van en busca de una vida sin tantos desasosiegos.

Sin embargo, en el prometido paraíso la muerte los puede estar esperando.

Al brasileño, muerto de siete disparos en la cabeza y uno en el hombro, lo asesinaron porque parecía asiático, o porque tenía piel de iraquí o de palestino o de paquistaní, porque poseía aspecto de tercermundista y, según la civilización, eso ya es sospechoso de ser terrorista. Con eso le basta a Scotland Yard, tan eficiente, para "dar de baja" a un inocente, a alguien que lleve chaqueta y mochila y que, según ellos, tenga pinta de terrorista.

Quizá se trate de revivir la teoría lombrosiana. O, simplemente, de dar escarmiento. Además, se obedece la orden del primer ministro Blair de disparar a matar. Misión cumplida con creces.

Hoy existen múltiples modos del terrorismo. Tal vez la más bárbara es la del capitalismo imperialista, que fundamenta su accionar, violando cualquier disposición del derecho internacional, en la ocupación, en horadar suelo ajeno, en discursear que se trata de exportaciones de "libertad" y "democracia", en "acciones humanitarias". Así, suponiéndose los "buenos" de la tierra, usurpan territorios, bombardean, extorsionan.

Es un capitalismo fundamentado en la masacre, el despojo y la implantación del terror. Y ante las agresiones, llegan las respuestas de las víctimas con bombas en trenes y autobuses, en balnearios turísticos, en torres y aviones. Se convierten en misioneros suicidas, en vengadores de fuego que saben o creen que a un infierno se responde con la instauración de otros.

Digamos que Menezes, el brasileño, el inmigrante, estaba en medio de algunos de esos terrorismos: el de la presunta civilización, el de la vieja reina de los mares, y el otro: el que ella misma creó con su arrogancia y prepotencia. Incluso, como se vio en los primeros atentados de Londres, sus autores tenían sangre británica. No eran recién desembarcados que querían castigar no sólo la impiedad occidental, sino sus métodos voraces de explotación y rapiña. Producto de la tierra.

El otro terrorismo, con tentáculos pavorosos, es la pobreza de los países latinoamericanos, africanos y parte de los asiáticos. Y más que de los países, que en rigor son ricos en recursos naturales y mano de obra barata, de sus habitantes sometidos a las numerosas miserias del neoliberalismo. Pasa, por ejemplo, en Brasil.

Jean Charles de Menezes, el electricista de 27 años, viajó hace tres años a Inglaterra con un sueño: salir de la pobreza que lo asediaba en Gonzaga, su aldea de siete mil habitantes, en el estado de Minas Gerais. Quería retornar a ella para comprar alguna parcela y criar ganado. Era, para más señas, un católico (y no es que éstos no puedan ser terroristas) que vio su tierra prometida en Londres. Desde niño le gustó armar y desarmar radios y se fascinaba con la electricidad.

Como muchos latinoamericanos, primero quiso ir a Estados Unidos, pero le negaron la visa. Inglaterra se la concedió, lo mismo que el permiso para trabajar. Eso era aquel hombre sencillo que salió corriendo cuando policías de civil le intimaron rendición, cuando creyeron que habían encontrado la "joya de la corona" y que esa actitud les aumentaría su pretendida eficiencia. Y vuelve y juega. Como pasa en tantas partes del mundo, la policía, que debía estar para proteger al ciudadano, resulta es asesinando.

En Gonzaga, los moradores salieron a protestar por la muerte de su paisano. Quizá esas condolidas voces desde Brasil tampoco sirvan para que la policía británica no siga confundiendo con terroristas a todo el que no sea rubio o tenga aspecto de inmigrante. Así que ahora, en aquel reino, se es sospechoso por asuntos de piel, cabello, mochila o chaqueta. Es una especie macartismo aumentado y corregido: dispare primero. Qué importa quién sea.

En Stockwell, la estación del metro donde fue asesinado el brasileño, ya comenzaron a aparecer los recordatorios. Una suerte de monumento efímero a otra víctima de los terrorismos. Ramos de flores, banderas, fotos, cartas y un balón de fútbol, además de lágrimas de inmigrantes, son parte del homenaje al difunto Menezes. Ahora, el terror es para aquellos extranjeros que todos los días tienen que abordar metro y autobuses, porque la policía los puede confundir con atacantes suicidas.

Un gran poeta, precisamente inglés, advertía que la muerte de cualquier hombre nos disminuye. A Scotland Yard y al señor Blair el poema parece tenerlos sin cuidado. Además, podrían decir, un brasileño menos qué importa.

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