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| 2/12/2006 12:00:00 AM

¿Cuál justicia y paz?

A partir de tres historias trágicas y anónimas, Fabio Parra duda que los colombianos víctimas de la violencia perdonen y queden satisfechos con una supuesta reparación.

I. Su marido rebuscaba el sustento recorriendo el departamento en un Nissan Patrol vendiéndole dulces y golosinas a los tenderos de los pueblos. Un día le llegaron a su humilde hogar algunos hombres de la insurgencia y le obligaron a esconder en su casa un secuestrado. Cuando los bandoleros salieron de su finca, llegaron los otros terroristas y se lo llevaron, lo desaparecieron. Su familia busco la forma de pagar un rescate, de explicar lo acontecido, le rogaron a los maleantes por su vida. Pero todo fue infortunado. Citaron a la esposa en un paraje del oriente del departamento para entregarle el carro, la ropa, los documentos y todos los accesorios de su marido. De repente se detuvieron y desde un alto le mostraron el lugar en el cual le habían descuartizado a su cónyuge. Para ese momento, él llevaba 5 meses nadando en pedacitos por esa inmensa represa. Eso fue lo que me contó bañada en llanto la joven madre mientras sus 3 hijos huérfanos, que no entienden nada de lo que pasa, se distraían con los juguetes que les ofrecí para que no escucharan la horrenda historia.
 
II. Su padre tuvo las comodidades suficientes para patrocinarle las obras sociales que realizaba para las familias pobres de la zona. Con el apoyo de su familia y luego con recursos propios, continuó con la tarea emprendida y logró llegar al Congreso de la Republica. Era uno de sus más anhelados logros. Su investidura le permitiría prestar una mejor colaboración a las comunidades. Pero un día, en un pueblo, fue secuestrado. De eso ya van 5 años, en los cuales su familia ha tenido varias pruebas de supervivencia que no son suficientes para devolverles al padre, al esposo, al amigo, quien quiso ayudar a Colombia, cuando había podido ganarse la vida de otra forma menos difícil y más rentable.
 
III. Él vivía feliz, como viven las personas humildes, capaces de reír con naturalidad encontrándole sentido a esta tragedia. El sábado siguiente a la culminación de su bachillerato se sentó a tomar una cerveza con sus amigos a unas cuantas cuadras al oriente de la iglesia del 20 de julio en Bogotá. Era el orgullo de su padre, un humilde celador de un importante banco del sector. Desgraciadamente su amigo del alma había embarazado a una compañerita y el padre de la niña pago cien mil pesos a unos asesinos de profesión para que lo mataran por haber deshonrado a su pequeña. Una bala que no era para él no le permitió tomarse la siguiente cerveza y lo llevo a vivir al barrio que hay detrás de las estrellas. El amigo destinatario del disparo de los hombres de la moto salió ileso.
 
Los protagonistas de estas historias tienen nombres propios, pero no quieren ser identificados. Algún pariente de ellos me dijo: aquí son tantas las tragedias familiares que personalizar una es faltarle el respeto a los demás. Y es cierto, hijos huérfanos, madres, que todas las noches miran las fotos de sus hijos fallecidos por culpa de balas perdidas que hacen morir a inocentes victimas. Niños que preguntan por sus padres y madres que no saben como explicarles que están desaparecidos o secuestrados.
 
Estas son las imágenes de una guerra sin dolientes, porque ya nos salieron cayos en los lagrimales de llorar a tantos muertos, de un conflicto sin salida que he presenciado en los 25 años que llevo viviendo en este país. De la que se cansaron algunos amigos míos que hoy están fuera, temerosos de morir por culpa de una bala perdida o una mina antipersonal puesta en una cancha de una escuela rural. Les da miedo que cualquier día los secuestren, pues aquí se secuestra por deporte. Matan por una camisa, un reloj y apuñalan por robar un celular, como le pasó recientemente a un conocido que hacía obras sociales con una ONG en el sur de Bogotá. O amenazan por expresar lo que sentimos o creemos, desconociendo nuestros derechos fundamentales.
 
Sin embargo ahí esta la Ley de Justicia, Paz y Reparación, que procurará la indemnización a las victimas de la violencia y se pagará con los recursos entregados por los capos de las organizaciones que se acojan a los procesos de paz. En ese momento llamaran a la esposa del vendedor del Nissan y le darán 10 millones de pesos y le pedirán que perdone a los asesinos de sus marido. Al político lo liberaran y le darán 50 millones. Le dirán que perdone, pues era un secuestro político. Y esperarán que vuelva a su vida normal, tranquilo como si nada. Y al padre del joven bachiller, si le va muy bien (increíblemente bien), le darán 20 millones por su hijo. Y hombre, si quiere otro baroncito aun esta a tiempo. Y posarán todos para la foto con risas fingidas.
 
* Desempleado en busca de ocupación
Octubre de 2005

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