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| 11/28/2004 12:00:00 AM

Cuando las palabras se quedan

Viernes 3. John Cárdenas, lector de SEMANA.COM, estuvo en el lanzamiento de la última obra de José Saramago en Buenos Aires. Cuenta su "copada" experiencia.

Faltaba una cuadra para llegar al Teatro Cervantes de Buenos Aires, Argentina. Alcanzaba a ver la cantidad de personas agolpadas en la entrada, seis de la tarde, la cita era a las siete.

Habían cuatro extensas filas: unos con papelitos amarillos, otros con azul, otros con tarjeta y los demás sólo teníamos un rostro esperanzador hacia los porteros para poder ingresar.

A las 7 y 30 ingresamos todos. Cuando llegué al palco de último piso donde podía tener una vista panorámica del recinto, estaba copado (en ambos sentidos: no había una sola silla ni escala disponible y todos estaban muy a gusto, todos expectantes a escuchar palabras en español y felices de ver y escuchar en persona al personaje).

Fue una Entrevista-charla, acerca de su última publicación. Algunas máximas de esa noche fueron:

"Sin democracia no hay derechos humanos, pero de igual forma se puede decir que sin derechos humanos no hay democracia"

"Una mentira dicha cien veces pasa a ser una verdad"

"Hay tres momentos ante una información, una situación, algo. El primero es donde se ve -lo visto -. El segundo es donde se atiende, se mira y el tercero es donde se repara, es donde se concentra en lo que se vio"

"Hay tres preguntas que se deben plantear cuando se piensa acerca de estar en este mundo: ¿porqué? ¿Para qué? Y la más importante ¿para quién? Y tratando de responder esas inquietudes a lo mejor ese quién no seamos nosotros". (El autor se refería a los que dirigen el mundo apoyados en la democracia que determina la dirección y el camino a seguir).

"Muchas veces me han dicho pesimista, yo no soy pesimista, lo que pasa es que el mundo es pésimo" y nos relató una anécdota con su colega Humberto Eco:" Estábamos charlando en un café y de un momento a otro y sin lugar a lo que se hablaba dijo: Tengo mucho miedo del futuro de mi nieto.

El entrevistador le preguntó por la utopías: ¿Faltan utopías hoy?

"Es que ha habido muchas. Si yo pudiera quitaría esa palabra. La utopía no se sabe dónde está, no se sabe cuándo se llega a ella ni como se llega a ella. Yo diría que la única utopía realizable es el día de mañana. No hablemos de utopías, hablemos del trabajo y eso condiciona el día de mañana".

"A lo único que no tenemos derecho es a resignarnos. Yo sólo invito a inquietar. En medio de todo, lo queda es pensar, eso somos, para eso estamos en este mundo par a pensar. Y yo quiero despertar la inquietud a ver si en medio de todo no nos resignamos".

"Hay cosas que no son democráticas pero se hacen democráticamente". Refiriéndose a la tendencia que tenemos al autoritarismo".

Eran las diez y treinta y nadie se quería ir. Todos "copados", los aplausos se escucharon por más de cinco minutos, recibió unas rosas, se las llevó al pecho, se acercó lo más que pudo al público, nos saludaba con la mano y su sonrisa.

Podría decir que esa noche nos sentimos felices de poder escuchar, de poder hablar, de poder confirmar que somos seres de palabras.

Todos fuimos saliendo en orden, las expresiones eran similares a las que se generan después de una buena cena, de un buen encuentro, en últimas, de placer, ese que nos hace buscar la vida en medio del mundo que nos tocó vivir.

Todos empezaron a tomar el taxi, el auto, el bus...

No se, José Saramago en qué se transportó, pero me atrevo a afirmar que independiente del medio, las palabras lo fueron llevando hasta Rosario a participar del congreso mundial de la lengua española y a muchos de nosotros la inquietud que dejan palabras certeras, nos llevó a casa.
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