Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2005/08/26 00:00

Declaración de amor por el rock

A Marco Antonio Valencia, lector de SEMANA.COM, le hacen falta adjetivos para explicar todo lo que este género musical le hace sentir. Si es rockero, puede unírsele. Y si no, en esta columna puede encontrar muchas razones para serlo.

Declaración de amor por el rock

Hace falta estar en un concierto de rock, o al menos en una taberna de buen sonido y excelente repertorio, para enamorarse del rock.

Aquí sí, como dijo Santo Tomas: viendo creo, o mejor, escuchando me convenzo. Y ojo, el que escucha rock de primera mano, jamás dejará de hacerlo. Porque el rock de inmediato se convierte en su religión. Es una experiencia que entra por los oídos, pero como si entrara por la sangre. Es como un virus sin vacuna que se instala en uno, y se queda para siempre.

La música rock es impresionante: te llena de energías, de ganas de vivir, te infla el corazón y te invade una sensación de libertad sin nombre. No en vano los verdaderos rockeros son los mejores exponentes de la sencillez y la inteligencia humana. Un rockero ama los sonidos, las voces y el movimiento, y sabe que no hay límites entre el cielo, sus esperanzas y su música.

Yo no he sentido la mano de Dios sobre mi corazón, ni su voz, ni sus mensajes, a pesar de mis ruegos. Pero sí he sentido el milagro de su música hecho carne atravesar mi espíritu, lacerar mi corazón y transformar todos mis paradigmas. Y sí, la música es la voz de Dios. Los ángeles son cantantes de rock. Y si la felicidad se da mejor bailando, entonces a Dios se alaba danzando rock. A través de la música he conocido los milagros de Dios y su amor. Y no es una blasfemia.

Uno no puede pasar indiferente por la vida después de escuchar un buen concierto de rock. La vida te cambia, la perspectiva de mundo es otra, la música te llama, y el espíritu del rock te ilumina. Es una experiencia única y sin precedentes.

Una buena canción de rock te abre la imaginación, te vuelve creativo, te arranca lágrimas, gritos, sudor, escalofríos; y por supuesto, todos los males que habitan el cuerpo se van. El rock sana: sana el cuerpo y sana el alma.

Hay quienes prefieren usar drogas y alcohol para escuchar rock. Mala cosa, no hace falta. Los verdaderos rockeros no necesitan de adictivos, de drogas alucinógenas, de alcohol o tabaco, su adicción es la música. El rock abre tanto la mente, el espíritu, y la inteligencia, que a partir de la primera comunión con él, los gustos, el pensamiento, el estilo y las ideas de una persona pueden comenzar a transformarse. Ya la vanidad se extingue, la soberbia se va, la violencia lo abandona.

El rock es increíble. Y su poder curativo energizante y catártico no tiene explicación. El rock, es un llamado individual, una comunión personal, una religión para elegidos porque no todas las personas tienen el modo, el oído, el gusto, el valor y la sensibilidad necesaria para escucharlo.

Alimentarse con rock es otra cosa, es como alimentarse con supervitaminas y convertirse en superhéroe. Las alegrías de un rockero en un concierto no tienen nombre, no se pueden describir. Igual sus tristezas, que pueden ser infinitas, inexplicables.

Los sonidos del rock no rompen los oídos. Te ponen la carne de gallina y te estremecen hasta el alma, te arrastran la vida y te acorralan el corazón. El que escucha rock no puede ser, y no es, mala gente. El que escucha rock debe y necesita ser un ángel bueno, porque es un elegido. Los rockeros no aman cualquier cosa, viven el amor y se desgarran por un sentimiento profundo: la música; y por supuesto, la poesía.

Nota: Gracias a José Antonio de la Estella por su invitación de tres días para escuchar rock en los mejores "metederos de Cali", donde pude sentir, escuchar y vivir el rock en todo su esplendor. Fue una experiencia chévere, y muy bacana.

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