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| 11/22/2005 12:00:00 AM

El tercero en la disputa

Hablando de algo más que sexo, Jorge Escobar, lector de SEMANA.COM, opina que "todas las generaciones se equivocan, no sólo con sus mayores; sino también con sus párvulos".

Johannes Kepler, el abundante pensador alemán de los siglos XVI y XVII, publicó en 1610 su Tertius Interveniens (El tercero que interviene), un tratado astrológico cuyo doble propósito era defender la astrología de los excesos críticos de sus agresores y agredir las posturas demasiado benignas de sus defensores. La reciente disputa entre D'Artagnan y Florence Thomas en las páginas de El Tiempo acerca de la existencia o inexistencia de hombres que complazcan los apremios amatorios (tanto sexuales como eróticos) de las mujeres mayores de cuarenta años, comparte con los disputantes de Kepler el rasgo que éste denuncia: una total simplicidad de puntos de vista que lindan con el cliché, aunque referidos ahora al amor juvenil y no, por supuesto, a la astrología. Permítaseme, entonces, tomar el tercer lugar en esta -por lo demás inocua- disputa. D'Artagnan, en su columna de agosto 14 de 2005, toma el bando de los benignos: para él, la vida entre los veinte y los veinticinco (aun quizá entre los veinte y los treinta y cinco) años parece reducirse a un desborde efervescente e incontenible de furor en el que el amor se confunde llanamente con la satisfacción de ciertas incontinencias sexuales. El amor (esa cosa indefinible) entre jóvenes no parece existir. Sólo el deseo físico. Florence Thomas, entre tanto, es menos radical. Ella no niega completamente -o por lo menos resulta difícil inferirlo de su columna de agosto 24 de 2005- que los jóvenes, siguiendo el decreto bíblico, puedan amarse los unos a los otros. Sin embargo, concedido el amor, sin ningún matiz confina "esa gramática erótica, ese alfabeto de la piel del otro" a los cuarenta, cincuenta y sesenta años. Para ella, la juventud ni siquiera puede acceder a "una pizca de humor y una buena medida de inteligencia, sin sentimiento de culpa" al sumergirse en los deleites del amor. Una vez más, éste no parece existir entre jóvenes: sólo el intercambio de fluidos. (En el acto de contrición de la última edición de SoHo, Mauricio Pombo incluso advierte que, llegados a los cincuenta, es inevitable comprobar que los orgasmos de juventud llevan al desasosiego.) D'Artagnan y Florence Thomas (y Mauricio Pombo) comparten la idea (o el sentimiento) de que amar y, con el sexo de verdad, el sexo verdadero, conciernen sólo a las pieles ajadas y marchitas, mientras que las carnes tiernas, aunque no necesariamente firmes, deben contentarse con ejercicios preparatorios para un tiempo por venir. Por supuesto, esto es una necedad: del mismo modo que el sexo a los veinte años no garantiza ni ímpetu ni satisfacción, enamorarse a los cincuenta y cinco no garantiza mayor destreza en el contacto de los cuerpos que hacerlo a los veinticinco o aun a los quince. Para buena fortuna de los sexólogos, también las manos maculadas por lunares pueden ser torpes al acariciar un rostro o rodear una cintura. Más aún, el sexo y, con él, el amor de verdad, el amor verdadero, como territorios distintivos de la juventud, no son una ficción imputable a las generaciones más recientes, cuya falta de imaginación, como siempre sucede con toda generación, sus mayores no dejan de reprochar en todos los campos. Nadie dice, y quizá no sólo para evitar un anacronismo evidente, que la Helena homérica es una señora madura deseada por hombres entrados en canas. Por su parte, 'Las mil y una noches' sólo ostentan amantes lozanos como mañanas primaverales, y sería difícil creer que el amado y la amada del Cantar de los cantares celebran sus cuerpos tras el nacimiento de su último nieto. Omar Khayyam encontró en las vasijas de barro sólo labios de mujeres jóvenes. Así, pues, las generaciones más recientes son sólo herederas de las tradiciones de sus mayores, que festejaron en mayor o menor medida los esplendores de la juventud. Cioran escribió en alguna página de su época francesa, es decir, cuando ya superaba los cuarenta años, que quien no muere joven, merece morir. La actitud hacia la relación de la juventud con el sexo, en el fondo y la superficie paternalista (o maternalista), que se manifiesta en las posturas de D'Artagnan, Florence Thomas y un larguísimo etcétera, invertiría el aforismo de Cioran: quien no muere viejo, nos dicen, no merece haber sido joven, pues sólo la vejez guarda los néctares del placer y el amor. En este sentido, repiten simplemente la antigua mueca de abandonar a sus mayores para blandir el estandarte que habrá de orientar a la siguiente generación por las buenas costumbres. Pero, por supuesto, toda generación se equivoca no sólo con respecto a sus mayores. Y también lo hace con respecto a sus párvulos. * Estudiante de Maestría en Filosofía, University of Manitota (Canadá)
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