Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2005/04/24 00:00

Fobia de tijeras

Gonzalo Fuenmayor, lector de SEMANA.COM, escribe su frustrante historia con los peluqueros.

Fobia de tijeras

Se necesitan unos requisitos bien estrictos para ser peluquero: ser ante todo un buen escucha, tener una alta dosis de adivino y haber obtenido altas calificaciones de razonamiento abstracto en el colegio. Además tienen que ser sicólogos camuflados que escuchan pedidos abstractos para que lo traduzcan a punta de tijeras. Hoy tome el riesgo de ir a motilarme y me tocó de peluquera una sorda disléxica. Ya se imaginaran como quede de lindo.

Es la misma imagen de siempre. Energumeno y callado, espero a que me sacudan los pelos de la frente. Mi espalda siempre esta sudada de la rabia interna, pues siempre que doy instrucciones explicitas y hago enfasis verbalmente y con las manos para que me corten el pelo de cierta forma, siempre salgo trasquilado.

Siempre es la misma rutina: me sacan el espejito para ver cómo me mocharon atrás, sonrío dichoso y miento al decir que se ve muy bien. Llenan un cepillo de perro con polvo para niños e intentan infructuosamente barrer los pelos que aun quedan en mi frente.

Sudado de la rabia, pero con cara de agradecimiento me despego de la silla de cuero de siempre, pago afanado y apenas salgo de la vista de la peluquería, descargo por fin una gorra sobre mi cabeza.

Mi frustración se repite cada vez que, después de mucho pensarlo y posponerlo, decido ir a la peluquería. Debo hervir la idea varias veces antes de sacar el coraje y la fuerza de entrar en un lugar de estos. No tiene nada que ver con cobardía, es mas bien el instinto de autoconservación. Por eso la gorra nunca falta.

Mi regreso a casa es igual siempre. El ceño fruncido animando diálogos internos. "Le dije que no me cortara mucho. Se lo indiqué con el dedo..." Siempre maldiciendo al peluquero y su terquedad de cortarme el pelo de una manera contraria a mi voluntad.

¿Cómo se puede entrar tranquilo a un sitio donde la gente se gana la vida con Tijeras? Es difícil.

Menos mal que nunca intento socializar con el peluquero, ya que seria inoficioso y altamente prejudicial desenmascarar detalles de mis inclinaciones políticas o deportivas. ¿Quién quita que en represalia por una conversación cándida le hagan a uno el daño? No señor. Gracias a Dios ofrecen revistas para evitar estos altercados. Por eso prefiero actuar interesadísimo en el crucigrama de la pagina 31 que alguien comenzó en 1982, o me sumerjo por completo el popular articulito sonso sobre algún tema trivial. La idea es evitar cualquier tipo de confrontación, discusión o simple conversación.

Por eso nunca voy al mismo sitio de seguido y siempre procuro mantener mis pedidos concisos, didácticos y breves. Ojalá pudiera pedir que me motilen como cuando pido en un restaurante un pedazo de carne: "Que término la desea?" "Tres cuartos." Punto. Se acabo. No soy hincha de instrucciones minuciosas sobre cómo me gustan las patillas o de qué largo me gusta dejar el copete.

No me gusta porque las encuentro inoficiosas, ya que a la larga no me van a poner atención y tendré que regresar igual de energúmeno a mi casa. Me conformo con hacer un pedido con un léxico básico, y con la peinada equivocada de foto de papá chiquito con que se termina el martirio. Odio que otros me peinen, y me alarguen el copete, o que me pasen la peinilla y la guíen con la mano alterna. Pero sonrío, doy gracias, pago rápido y me voy.

Mi sueño es poder conocer al Héctor Lavoe de los peluqueros, al peluquero de los peluqueros. Un ángel de la guarda que me ampare de noche y de día, que me consuele de las trágicas trasquiladas del pasado y que me ampare de las que se asoman a la vuelta de la esquina.

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