Domingo, 26 de octubre de 2014

| 2004/12/12 00:00

La cita con el jefe

Álvaro Escobar, lector de SEMANA.COM, envió esta historia sobre la mañana en la que Horacio se iba a encontrar con el jefe para recibir su asenso.

La cita con el jefe

Estaba obeso. Tal vez un poco mas de la cuenta para su edad. Últimamente se fatigaba fácilmente. Caminar o subir escaleras ya le era difícil.

No había podido llegar a donde alguna vez soñó. Se movía dentro de la compañía en diferentes cargos. Y aunque aparentemente estaba avanzando, quizás no lo hacia en la dirección correcta. La vida había cambiado mucho. Y el no estaba preparado. En su época no era importante asistir a la universidad. Bastaba con ser de buena familia y tener amigos o conocidos en posiciones destacadas. El apellido era valioso. Así funcionaban las cosas. Pero definitivamente los tiempos habían cambiado. Cada día eran más los jóvenes graduados que ingresaban a los cargos de importancia. "La experiencia no se valora" pensaba.

Además, nueve hijos para mantener. Y todos ellos convencidos que eran ricos.

En los últimos meses amanecía sudando, a pesar del clima frío que se vivía en la ciudad.

Trataba de sentirse importante, pero ya nadie lo respetaba. Tal vez era por su figura rechoncha y congestionada. Quizás era por su camisa desabotonada con la corbata a media altura. Pero, ¿que podía hacer? El dinero no alcanzaba para gastarlo en pendejadas. ¿Camisas?, con lo caras que estaban. Además esperaba bajar de peso para poder usar muchas de las que aun conservaba entre su closet.

-Sr. Llinás, llegó el pedido de calzado.

¡Que diablos hacía él en el fondo de empleados de una aseguradora! La verdad, se sentía en el fondo...

Pero del edificio de la compañía!. Veinticinco años de su vida entregados a la empresa. ¿Para que?

Pero no iba a renunciar. Después de los cuarenta en este país a nadie lo contratan y eso lo sabia muy bien.

Se miro en el espejo del baño. -"Dios mío que cara tengo". La vida lo había premiado con ojos verdes por lo que en su juventud llamaba la atención. Y aunque bajo de estatura, había sido campeón de boxeo interdepartamental. Y ahora se miraba, tratando de encontrar en donde estaba aquel que él creía que era.

"Oiga Llinás, vamos a almorzar", "qué calor esta haciendo, espérenme ya subo, voy a tomarme una pola". A tal punto había llegado, que cargaba en el baúl del carro una canasta de cerveza que iba consumiendo durante el día.- "Por si me da sed". Y siempre andaba sediento.

Aquel día, se afeitó como siempre y permaneció en la ducha hasta que la ultima gota de agua caliente se acabó. Odiaba el agua fría. Y aunque salía sudoroso del baño, prefería esto a sentir el hielo de las mañanas calándole los huesos. " Mijo, el desayuno esta servido. Apúrese que va llegar tarde"

" ¡Ya bajo!", gritó. "Como joden las mujeres", pensó. Dos huevos fritos en mantequilla, chocolate, quesito, pan.. "Humm! qué delicia... nada mejor para empezar el día". Y hoy seria su día. Al fin podría hablar con el gran jefe y todo seria distinto. "A Dios gracias a partir de hoy las cosas serán distintas. Recibiré el ascenso que tanto he esperado..."

Subió a lavarse los dientes.

Se sintió indigesto y congestionado. Aquel dolorcito en el pecho lo tenia harto. "A partir de mañana dejo de fumar. Lo juro". Encendió el cigarrillo pero se sintió mareado. "Tal vez comí mucho", pensó."Mija, me voy recostar un momento! Llámeme en diez minuticos", gritó.

Sin saber por qué se puso la chaqueta y se recostó en la cama. "Ah, quien pudiera quedarse así todo el día y disfrutar sin chinos que lo estén sobando a uno". Miró hacia el techo. Lo conocía de memoria. Al fin y al cabo eran quince años en el mismo lugar. Cerro los ojos y comenzó a recordar su infancia, sus días felices, cuando conoció a su mujer. "Como había cambiado todo". Recordó a su mamá y trató de traer la imagen de su cara a su mente. Casi no recordaba sus facciones. Solo recordaba cuanto la quería. Y se entristeció. Enumeró cada uno de sus hijos y sintió una paz infinita. "Como quiero a estos muchachos". No importaba nada, solo el amor. Una lagrima rodó por su mejilla y sintió un fuerte dolor en el pecho.

Pero fue solo un segundo. Nada pudo opacar su felicidad. Escuchó que lo llamaban: "Horacio..¡Horacio!". Abrió los ojos y no pudo ver nada mas que una luz. No se asustó. Siguió oyendo la voz de su mujer que lo llamaba: "Horaciooo!!. Pero era una voz cada vez más distante. Ya casi no podía escucharla. "H-o-r-a-c-i-o-o-o....."

Al fin iba a encontrarse con el jefe.

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