Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2005/06/05 00:00

La conciencia crítica

El escritor Germán Uribe le rinde un homenaje a Jean Paul Sartre, al cumplirse 25 años de su muerte y 100 de su nacimiento.

La conciencia crítica

"Cuando Sartre murió el 15 de abril de 1980, el siglo XX perdió ese día a su más inteligente, penetrante e implacable conciencia crítica". Esto lo dije en diversos medios a los pocos días de su fallecimiento.

Hoy, 25 años después y coincidiendo además con su centenario, me reafirmo en que el mundo perdió también a quien mejor pudo interpretar su época.

Y añado sin titubeos: ninguno de los pensadores modernos ha llegado a los extremos de tenacidad, honestidad e irreductible carácter como él. Polifacético y prolífico, todos los instrumentos intelectuales que tuvo a su mano, desde la oratoria hasta el guión cinematográfico, desde la crítica de arte hasta las profundidades filosóficas de 'El ser y la Nada', desde el teatro y la novela hasta la charla en la mesa de café, todos, los supo aprovechar con destreza para los diversos afanes de su pensamiento y de su acción ideológica. Le sirvieron para generar un nuevo y agudo estilo combativo frente a la barbarie de los conflictos sociales de nuestro tiempo. Y la repuesta a ellos, fogosa y lúcida, no fue para él otra que la fiscalización rigurosa y el cuestionamiento integral.

Por eso quizás, al otro día de su muerte, un afamado escritor francés de derecha lo calificó como "un pensador negativo que planteó los más afirmativos interrogantes en su siglo".

Aunque Sartre reunió múltiples facetas a través de sus 75 años de vida vehemente e impetuosa, en suma, apasionada, con todo y ello, no sería difícil definirlo con dos muy puntuales palabras: "Intelectual práctico".

Quienes los conocen a fondo, pero particularmente aquellos que recuerdan su obra '¿Qué es la literatura?' o sus conferencias en el Japón, me comprenderán de inmediato. Mejor lo comprenderán quienes saben del copioso anecdotario de su militancia política.

Para intentar un conocimiento global de este monstruo del pensamiento moderno es menester, además, verlo en una dimensión totalizadora que abarque su vida y su obra, las dos indisolubles certificándose la una con la otra, corroborándose en cada paso dado, ejemplarizando siempre. Y por ello, las dos, igualmente universales.

Ejerció la cátedra, combatió en la calle, fue prisionero de guerra, participó en la resistencia, en fin, su compromiso en todas las luchas políticas derivadas de la Guerra Fría y en las acometidas contra la colonización, allí donde esta mostrara sus fauces, pero particularmente la francesa en Argelia, quedó registrado indeleblemente para la Historia. Y sin concesiones a sus adversarios que han querido, distorsionando los hechos y sesgando algunos acontecimientos y etapas de su vida, ubicarlo como a un oportunista del discurrir social y político, ambiguo, tardío o equivocado.

Monopolizó en la posguerra todas las influencias, en muy disímiles aspectos, sobre las nuevas generaciones con infrecuentes y provocadoras formas de reflexión, enfatizando en crudos aspectos que tenían que ver con la conducta individual y las relaciones interpersonales. Tal es el caso de su existencialismo que, como lo manifestaba por estos días el escritor Ramón Chao haciendo por simplificarlo, va mucho más allá de una moda, calificativo que usan ciertos escritores de derecha con la intención de arrinconarlo y reducirlo.

Y, entonces, así lo explica: "Su existencialismo (corriente filosófica del siglo XX que afirma que el hombre es libre, que no está predeterminado; lo que hace es porque lo ha elegido él, y lo que elige le hace ser quién es) constituye una reflexión sobre la vida, y ésta, ante todo, es libertad. En efecto, la existencia humana difiere radicalmente de la de los objetos (¡no podía ser menos!). Durante una conferencia en París titulada "El existencialismo es un humanismo" utilizó el ejemplo de la botella de agua que le habían puesto en la mesa: antes de existir, esta botella ha sido pensada, dibujada. Primero fue una idea y luego tuvo una existencia. Puede servir para contener agua o para exhibir flores. El hombre igual, añade Sartre: En primer lugar existe, y luego es él mismo el que decide lo que va a devenir".

Fue el más sobresaliente y explícito activista de la libertad en los últimos tiempos y el más diáfano y consecuente de los militantes de la rebeldía.

Casi inédito en la forma y fondo de sus posturas, respondió a todos los interrogantes del mundo moderno con una coherencia que hizo decir al presidente de Francia, el señor Giscard d´ Estaing, su opositor político formal y natural, a los pocos momentos de conocido su fallecimiento: "Sartre fue una de las grandes luces de la inteligencia de nuestra época".

Su condición dominante de prototipo de la intelligentsia, no tuvo discusión ni siquiera desde la orilla de sus peores detractores, tan cercana esta orilla y tan próxima a todos sus movimientos. Y tan laboriosa y perversa a veces.

Pierre Víctor, su secretario privado durante sus últimos años de vida, con quien yo vi a Sartre en la primavera del 77 sobre la terraza del café Dôme, en París, en un diálogo prolongado y que sospecho fascinante, le hizo el último gran reportaje de su vida aparecido en tres ediciones consecutivas de la revista Nouvel Observateur.

Por eso, cuando en abril de 1980 el periodista Germán Santamaría me llamó desde el periódico El Tiempo para darme la noticia de su muerte, sólo pude responderle con una conmovedora frase de este reportaje que, leído poco antes, todavía gravitaba en mi mente. Germán la utilizó en el cabezote del periódico al otro día: "Mi vejez es una realidad mía que sólo sienten los demás. Los jóvenes me miran con pesar porque muy pronto voy a morir".

Para finalizar, y en referencia exclusiva al sentimiento que nos produjo hace 25 años la noticia de su muerte, y ahora el primer centenario de su nacimiento, y que son el único propósito de este breve texto, sólo me queda transcribir como homenaje póstumo las que tal vez fueron sus últimas palabras, dirigidas como siempre a esa legión sartriana universal que como yo, presta guardia permanente desde cualquier lugar de la tierra a sus enseñanzas y a su prestigio.

"Mis obras son un fracaso. No he dicho todo lo que hubiera querido decir, ni de la manera como lo quería decir. Eso me ha apenado profundamente. Pero otras veces he desconocido mis errores y pensado que había hecho lo que había querido. Pero en la hora de ahora, no pienso más en lo uno ni en lo otro. Yo creo que he hecho aproximadamente lo que he podido. Y que esto, valga lo que valga, es un hecho, aunque el porvenir desmentirá muchas de mis afirmaciones; espero que alguna se mantenga, pero de todas maneras hay un movimiento lento de la Historia hacia una toma de conciencia del hombre por el hombre. En ese momento, todo lo que se ha hecho en el pasado tendrá su sitio, tomará su valor. Por ejemplo, lo que yo he escrito. Esto es lo que dará a todo lo hecho y a lo que haremos, una especie de inmortalidad. Dicho de otro modo, es necesario creer en el progreso. Esto puede ser una de mis últimas ingenuidades".

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