Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2005/09/04 00:00

La factura de Kioto

Martes 06. La cada vez más frecuente aparición de desastres naturales como el 'Katrina' muestran la asignatura pendiente que tienen los países más desarrollados con el medio ambiente, opina Rodrigo López, lector de SEMANA.COM.

La factura de Kioto

Dolorosas al extremo resultan las imágenes que todavía hoy, a más de una semana de ocurrida la tragedia, nos siguen llegando de Nueva Orleans y de las demás zonas devastadas por el huracán Katrina.

La cada vez más frecuente aparición de estos fenómenos, con todo y sus tragedias, nos hacen advertir la seriedad de los pronósticos científicos que se han hecho sobre tan delicado tema. Pero, sobre todo, de lo mucho que les corresponde hacer a todos los gobiernos, y especialmente a los más desarrollados, para prevenirlos, o al menos para atenuar sus trágicos efectos.

Esas advertencias, que se vienen haciendo desde hace ya muchos años y que

vieron en Kioto su más acabada expresión, no son para echarlas al tarro de la basura. El agotamiento de la capa de ozono, el recalentamiento atmosférico, el cambio climático y tantos otros fenómenos de los que nos estamos convirtiendo en víctimas recurrentes, y con los cuales estamos victimizando por anticipado a las generaciones venideras, no son más que la consecuencia de un supuesto desarrollo a ultranza, que nos han vendido como inevitable, y del que no importan las consecuencias que acarree con tal de que satisfaga los apetitos de ganancia de las multinacionales.

Tanto el Katrina como el tsunami que azotó parte del continente asiático a finales del año pasado, y muchos otros desastres recientes, son anuncios premonitorios de lo que nos espera si dejamos que el planeta siga siendo empujado por la cuesta a que lo han llevado quienes se consideran sus dueños. Estas primeras víctimas, pese a lo numerosas, solo son una cuota inicial de las muchas otras que vendrán. Y con todo el dolor que causan y el espíritu solidario que despiertan, no pueden hacernos olvidar que el dedo acusador señala especialmente hacia la dirigencia norteamericana por su renuencia a establecer controles que ayuden a preservar la naturaleza de los destrozos producidos por su aparato productivo a través, por ejemplo, de los llamados gases de efecto invernadero, cuya emisión es una de las principalísimas causas del recalentamiento planetario y de la ira natural que ya vivenciaron los pobres de Luisiana y Mississippi.

A estos dirigentes, y especialmente a su cabeza visible, el señor George W. Bush, debe presionárseles para que adopten una política clara de defensa del medio ambiente, comprometiendo en ella a las multinacionales que representan. El mundo no puede darse el lujo de permitir que la primera potencia se desentienda de los problemas que a todos nos afectan, y que solo se pueden resolver con el concurso de todos. Pero especialmente de ella, que es la principal causante de que ocurran. Exigirle la firma y cumplimiento del Protocolo de Kioto debe ser el primer paso si no queremos seguir viendo katrinas, tsunamis, ciclones, aumentos del nivel del mar, deshielos, extinción de especies y muertos por doquier.

Pero con ello no es suficiente. También se precisa actuar en conciencia de que, en primer lugar, el mundo no puede ser manejado con el unanimismo que Estados Unidos ha querido imponer desde el derrumbe de la URSS. Y, en segundo lugar, que nuestro planeta solo puede ser viable en la medida en que se impongan unas normas de convivencia internacional que a todos comprometa. Conquistar la obligatoriedad de esas normas es el antídoto contra tantos desastres. Imponerlas solo es posible actuando en unidad contra el Imperio.

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