Sábado, 21 de enero de 2017

| 2004/02/08 00:00

'Matador'

Es el nombre de la reciente exposición de la Galería La Cometa, en la que más de 20 artistas colombianos muestran sus obras inspiradas en la tauromaquia.

'Matador'

Ana Mercedes Hoyos, Fernando Botero, Alberto Riaño, Alberto Sojo, Armando Villegas (peruano), Augusto Rendón, Carlos Jacanamijoy, Carlos Salas, Diego Mazuera, Enrique Grau, Gabriel Silva, Gustavo Vejarano, Gustavo Zalamea, Mónica Meira (argentina), Nadín Ospina, Sair García, Santiago Cárdenas, Víctor Laignelet, Elsa Zambrano, Alejandro Obregón, David Manzur, Luis Luna, Catalina Sanint y Juan Jaramillo, entre otros, permitirán a los espectadores ver y sentir el mundo taurino desde el arte, desde su arte.

La muestra, titulada 'Matador', está compuesta por dibujos, pinturas, acrílicos, óleos, esculturas, instalaciones en pequeños y grandes formatos. Estará abierta al público desde el jueves 5 de febrero en la Galería La Cometa (Carrera 10 # 94 - 30)

Angel Becassino, el gestor de la muestra, entrevistó al columnista de SEMANA y experto en toros, Antonio Caballero, quien opinó sobre la fiesta taurina y el arte.

Lea a continuación la entrevista, que hace parte de la presentación de la muestra y visite nuestra Agenda Cultural, para más información sobre el evento.

"El torero frente al totem que es el toro evoca en mi aquella línea vertical, engrosada hacia el centro, conque Lucio Fontana contaba La Espera. Y el toro embistiendo y perdiendo su cabeza en los pliegues de la capa, me trae el vuelo de una Victoria de Samotracia. Aparte de esto, cuando pienso en pintura o escultura a propósito de toros y toreo, lo que se mueve en mi mente son las puntas, los filos de una escultura en hierro forjado y piedra que Eduardo Chillida llamó El Espíritu de los Pájaros, mezclado esto con el rostro de la mujer en el Guernica, y una Minotauromaquia que hizo Picasso en los treintas, una especie de Cristo escapando por una escalera contra la pared en tanto una niña enfrenta al monstruo con la luz de una vela en su mano derecha alzada. Y en el mismo Musee d´Art Moderne donde estaba colgada esta imagen, la pintura un tanto bufonesca sobre el tema del dublinés Francis Bacon. Lo cual me lleva siempre a pensar en la amplitud del horizonte metafórico que hay por cultivar.

Inevitablemente el tema de los toros también me trae a la mente los doscientos o trescientos matadores que han muerto en estos dos siglos de toreo a pie, y frente a esta cifra la carnicería de cientos de miles de toros maravillosos atravesados por espadas de a ¨6 fieros y escogidos toros 6¨ cada tarde, treinta mil cada año solo en España.

Antonio Caballero tiene una posición rotunda frente al tema, aceptando que sí, lo pinchan al pobre animal, lo obligan a ponerse furioso, lo vencen y al final lo matan. ¨Pero si uno compara esto con lo que el hombre le hace a todos los demás animales, yo creo que lo del toro es lo más digno, lo más noble. Mira los caballos de carrera, los elefantes de circo, los perros amaestrados para buscar drogas, los monos de laboratorio, los gansos a los que les revientan el hígado para hacer paté, los pollos, los salmones de criadero, los gusanos de seda sofocados en vapor, las langostas hervidas vivas, los pececitos de acuario, los terneros de engorde inyectados con hormonas... Al toro se lo trata como a un dios. Y es sacrificado como un dios, en público, combatiendo en una fiesta, en el último sacrificio que nos queda en occidente, con excepción del simbólico que es la misa. No hay duda que el toro muere mejor en la plaza que en el matadero.¨

Los toros son un lenguaje, y todo lenguaje tiene una gramática. Cada gesto significa algo. Cada ausencia de gesto también. Y en ese lenguaje hay un fluir, una flexibilidad, un equilibrio entre la necesidad y el placer, el juego.

Una tarde en Cartagena de Indias, Alejandro Obregón, entre sorbo y sorbo de ron y toreando con la palma de la mano, me explicaba la mirada del Miura, cómo observa al hombre, el diseño del cuello largo para penetrar el aire volando en la embestida, mientras pintaba de memoria un poderoso toro negro. Armando un rojo con la punta del pincel me escuchaba hacer una observación sobre el sufrimiento a propósito de ese borbotón de color que uno ve en el vómito del toro herido en la respiración, y levantando el pincel hacia la tela divagaba Obregón, como desde el corazón de las tinieblas de Conrad, sobre la necesidad de la sangre, ese vino, y el ritmo en el color cuando la vierten la femoral, la yugular.

El arte es siempre la forma, pienso recordándole años más tarde en Madrid, en la esquina donde la calle de la Verónica tropieza con la de Alameda, al encontrarme una maleta abierta, abandonada, con tierra dentro y un pequeño toro de juguete ¨alegrado¨ con banderillas enterrado en ella; olor a romero, tomillo, orégano en el aire enmarcando hilachas de conversación entre dos hombres que pasan, la bota con jerez en la mano, hablando de apenas lo que queda cuando no hay nada que sobre, que eso es el arte del toreo decía Antonio Bienvenida.

Llevar al toro por donde no quiere ir, pero sin forzarlo, esa es la gracia. Pintar al toro por donde no quiere ser pintado, contarlo por donde no se muestra, mostrarlo por donde no se ha visto a sí mismo, y ahí aparece la otra magia. Esa magia que en la tarde del ruedo se insinúa en el deliberado retraso en la respuesta, o la anticipación a los impulsos del toro de parte del torero.

Conversación con Antonio Caballero

¨El arte de los toros, a diferencia de otros, es un arte que requiere la colaboración de dos, el toro y el torero¨, me dice Antonio Caballero, midiendo las palabras frente a un Rivera del Duero. ¿Y el arte de pintar a los toros, al toreo?, le pregunto, refiriéndome a sus afirmaciones de que el toreo no se puede contar desde otras artes.

A.C.-Lo que yo digo en general es que el arte de los toros es muy poderoso en si mismo y tiende a ser más poderoso que otras de las artes que lo intentan representar. Pero eso no lo digo solo con respecto a los toros, sino en general con respecto a todas las artes. Un arte no es posible contarse desde otro, en el lenguaje de otro. Lo digo en el caso de los toros hablando de la pintura, y lo digo menos en el caso de la fotografía, porque a mi me parece que la fotografía taurina, que es un género en si misma, sí logra representar a los toros tal como son.

A.B.-Pero en algunos escritos afirmas que cuando la fotografía intenta agregar una intención, reflejar el movimiento, ablandar el foco...

A.C.-Ahí fracasa. Solo lo logra cuando no pretende ser más que el testimonio del arte de los toros. Cuando pretende ser, además, arte en si misma, me parece que fracasa como fracasa cuando intenta representar la danza. Digamos, en la danza, Degás, que tiene las bailarinitas de ballet y todo eso, no tiene danza; creo que hay un solo cuadro de Degás que representa una bailarina en plena danza, las demás están ahí como podrían estar... planchadoras, la imagen de una niña vestida de algo... Es mucho más por la niña que por la danza. Y así. Creo que eso es cierto para todas las artes.

A.B.-Pero hablas del ¨representar¨, y yo pregunto: si las artes tratan de pensar, de reflexionar sobre otras artes... digamos, mirar desde cierta lejanía, por ejemplo, poética, metafóricamente...

A.C.-Si, yo creo que sobre el toreo se puede reflexionar, se pueden escribir ensayos, como se escriben sobre arte. Pero porque el ensayo no pretende ser en si mismo una obra de arte. Puede llegar a serlo, pero eso es secundario, no es ese su objetivo, su propósito... En la poesía taurina, incluso la de García Lorca, incluso ese gran poema que es el llanto por Ignacio Sánchez Mejías, que es una gran elegía... la parte propiamente taurina es siempre un poco superficial y pintoresca, como lo es también en otros poemas taurinos de Lorca, o en los poemas taurinos de Gerardo Diego... No conozco poesía taurina que valga la pena como poesía, y no conozco pintura...

A.B.-Alguna vez te leí reconociendo esa representación a la pintura de carteles, Roberto Domingo...

A.C.-Si, la pintura taurina propiamente dicha, los pintores de carteles, los pintores que pintan toros y toreros y que les encantan a los aficionados a los toros, y todos los aficionados y los ganaderos tienen sus casas llenas de.. mira, Pepe Luis Vásquez dando un natural, o mira, Antonio Ordoñez recibiendo al toro con una Verónica, y son tal cual, Antonio Ordoñez tal como era... Pictóricamente hablando eso suele ser una porquería, no conozco un solo pintor taurino que a la vez sea un buen pintor... Ya te digo, el único pintor que a la vez puedo considerar un pintor taurino es tal vez Goya, pero estoy seguro que a los taurinos de la época de Goya la pintura de Goya no les gustaba, porque no les parecía taurinamente acertada. Y no lo es. Uno ve en los grabados de Goya, o en los óleos taurinos, que a veces hay unas desproporciones..., toros más pequeños que la muleta del torero, toros con un físico incomprensible... ¿Por qué? Porque todo pintor realista, digamos, inventa su propia anatomía, y al aficionado no le gusta que le cambien la realidad que él ve. A los taurinos de hoy les gusta Goya a causa del prestigio de Goya, y lo mismo les pasa con Picasso. En realidad no les gusta ni Picasso ni Goya, no los entienden, consideran en su fuero interno que son una porquería, pero creen que su prestigio les ayuda a defender la fiesta frente a los críticos de la fiesta: Hombre, si esto es un arte, Picasso iba. No es por eso que es un arte, pero en fin.

A.B.-Al rechazar el color de la fotografía y reivindicar la fotografía de toros en blanco y negro tanto como a Goya contando el toreo en blanco y negro, ¿estarías reivindicando cierta cosa esencial en el cómo contar?

A.C.-Yo creo que los toros, a pesar del enorme colorido que tiene el espectáculo, la plaza por su lado, los trajes de los toreros, las barreras rojas, la arena amarilla, todo ese pintoresco juego de colorido que está muy bien visto por Picasso en sus primeras pinturas taurinas de Barcelona, cuando Picasso tenía 20 años, y también está muy bien visto por Fortuny, yo creo que en el toreo el colorido no existe. El toreo es un arte en blanco y negro. Yo entiendo el arte del toreo como en blanco y negro en el sentido de que en lo que importa, el color es perfectamente superfluo. El arte del toreo no consiste en que las medias del torero sean rosadas, ni en que el toro sea castaño: consiste en el juego entre un hombre y un animal. Ahí está el arte del toreo, no en todos sus adornos, como el arte de la música no está en que los músicos se vistan de frac.

A.B.-¿Y es el hombre el que despierta en el toro el espíritu de jugar?

A.C.-Si... Es decir, el toro es un animal de combate, por una parte...

A.B.-Es un guerrero.

A.C.-Es un guerrero. Los toros pelean entre si, cosa que no hacen, digamos, los tigres, los leones, salvo por razones de celo, cosa que no existe entre los toros puesto que viven separados los toros de las vacas. El toro es un animal de combate como lo es el hombre. Pero a la vez es un animal de juego, como lo son practicamente todos los animales, basta ver una tienta de vaquillas jóvenes en el campo, cómo le gusta a la vaquilla estar jugando ese juego que es un combate a la vez... Naturalmente, es el hombre el que despierta eso en el toro, porque si no los toros se limitarían... Bueno, para empezar hubieran desaparecido, en el sentido de que nunca se hubieran convertido en un espectáculo. Y el toro bravo, si no es por el espectáculo no tiene ningún sentido... Es decir, su productividad como animal de carne es bajísima.

A.B.-Si describieras la esencia del arte, eso que denominas el arte del toreo, ¿cómo lo describirías?

A.C.-Pues resumir un arte en un par de frases no es fácil; es decir, se puede hacer con una boutade, Bergamin decía que es un arte de birlibirloque, lo cual es no decir nada y es a la vez decir mucho... Es decir, lo que hay en el arte del toreo, y creo yo que lo distingue en mucho de muchas artes, es una parte de imprevisibilidad y de azar, que viene de que no es un arte completamente controlado por el artista, sino que depende de un elemento vivo e imprevisible que es el toro. Un pintor controla sus instrumentos, sus herramientas; un músico lo mismo, hasta un bailarín controla su propio cuerpo y lo entrena para eso... El torero hace arte con el toro, y el arte consiste en parte en controlar al toro, pero eso es perfectamente impredecible e imprevisible. Eso hace del arte del toreo una cosa completamente distinta a las demás, entre otras razones porque no puede ser sino fugaz, momentánea, no puede existir más que en ese momento, o en el recuerdo. Hasta la danza se puede reproducir, existen coreografías hechas por Nijinski hace un siglo que se siguen bailando... Pero el arte del toreo no.

A.B.-Si te sigo, lo que planteas es que es algo así como un juego de energías, como hacer el amor con una desconocida y despertar algo ahí.

A.C.-Exactamente. Exactamente... porque es cosa de dos...

A.B.-Hay erotismo en el toreo.

A.C.-Si, claro, es una de las muchas cosas que hay. Y en eso hay también muchísimas teorías, por ejemplo la teoría de que en el toreo se invierten los sexos, el torero representa a la mujer y el toro es el principio masculino, el macho, y el cuerno representa el miembro masculino..., y el torero que burla la embestida viril del toro con gestos femeninos... Esas interpretaciones siempre me han parecido bastante....

A.B.-Y vos, el erotismo, ¿dónde lo ves?

A.C.-En... En el hecho de que en el toreo, como en el acto sexual, como tu mencionabas antes, se está creando una cosa entre dos. Es una cosa de pareja, no es una cosa individual ni solitaria. Y cuando se crea bien es porque los dos lo han hecho bien, como es cuando se hace el amor. Nadie hace el amor bien si su pareja no lo está haciendo bien.

A.B.-¿Cómo reconoces, como espectador, cuando se da el arte? ¿Cómo se despierta en una persona el apreciar ese arte?

A.C.-Yo creo que es una cosa muy de suerte. Yo había ido toda mi vida a los toros, dos o tres veces al año, como entretenimiento, iba a la fiesta de los toros, al espectáculo de los toros, no entendía el arte de los toros. Probablemente porque nunca lo había visto, puesto que no hay arte en todas las corridas, como todos los cuadros que se pintan no son arte, como todos los poemas que se escriben no son poesía. Y una vez ví en una plaza del sur de España, en el puerto de Santa María, en Cádiz, una faena de un torero que se llama Rafael de Paula, que está más o menos retirado ahora, entre otras porque no puede por viejo, que ni siquiera fué una faena, simplemente unos lances de capote y el toro se murió. No fué una faena entera ni hubo faena de muleta, propiamente dicha, pero entendí que eso que había ocurrido allí era mucho más profundo de lo que yo había pensado hasta ese momento que era el toreo. Vi algo que nunca había visto. Ver una buena faena, ver una obra de arte en los toros es una cosa que ocurre una vez cada... cien.

A.B.-Y tenés la paciencia de seguir a los toros de plaza en plaza esperando que ocurra ese milagro...

A.C.-Si, esperando que ocurra ese milagro. Claro que si. Y, entre tanto hay otro montón de cosas que me gustan, el ambiente, la música de los pasodobles, y el trago que uno toma en los toros...

A.B.-Lo pintoresco, la fiesta pueblerina.

A.C.-Lo pintoresco. La fiesta pueblerina me gusta. Que es lo que me dan los toros 99 veces de cada cien. Pero voy es por la centésima vez, por esa maravilla que ocurre de repente, que es irrepetible.

A.B.-Pero en pintura negás la posibilidad de ese milagro.

A.C.-Si, no creo que ocurra.

A.B.-Tu sentimiento sobre ese final del toro, colgado del gancho...

A.C.-Pues, es un momento de gran melancolía, realmente, que es lo que queda en el fondo, pienso yo, de toda obra de arte, un sentimiento de gran melancolía. Porque al fin de cuentas una obra de arte siempre es un fracaso, en cierto modo..., nunca llega a ser lo que se esperaba, lo que esperaba el artista y lo que esperaba el espectador.

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