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| 1/16/2005 12:00:00 AM

Mentiras de Estado

El académico Germán Ortiz resalta la importancia de la información en tiempos de conflicto.

"Antes que proferir una inexactitud, prefiero morir" advertía George Washington como presidente de los Estados Unidos en 1789. Por supuesto muchas cosas cambiarían para esta nación desde entonces. Y por lo que se ha visto en particular en los últimos años, se han agudizado las inexactitudes - mentiras, ocultamientos o manipulaciones - que parecen justificar incluso la naturaleza del poder de quienes actúan como gobernantes en representación de sus ciudadanos.

Las mentiras de Estado se han utilizado regularmente para dar inicio a una tensión diplomática tal, que la posibilidad de una confrontación abierta - de rivalidades y contradicciones - se abra paso hacia una inevitable desconfianza entre gobiernos, que no deje otro camino que la guerra misma.

Los ejemplos abundan en la historia norteamericana: La destrucción del acorazado Maine en la guerra hispano norteamericana de 1898, el ataque del Golfo de Tonkin en el Vietnam de 1964; la contra ofensiva en Nicaragua de 1985; las armas de destrucción masiva (AMD) del régimen de Hussein en el 2003. En todas ellas, la cobertura informativa se diluyó en medio de la propaganda oficial, las decisiones del gobernante de turno, los intereses nacionales y el uso prudente o imprudente de la diplomacia.

En el actual impasse entre Colombia y Venezuela, aunque aparezcan insinuadas en las versiones periodísticas unas mentiras de estado en aras de la propia seguridad nacional de ambas naciones, es claro que Colombia no está interesada, por lo menos así parece ante la opinión pública, en iniciar una confrontación armada con Venezuela. Y aunque se produzcan todo tipo de declaraciones oficiales y no oficiales - unas más virulentas que otras, se percibe más un interés de ambos gobiernos por dirimir diferencias y dudas en el campo de la diplomacia.

La misma que fue concebida modernamente en parte por el presidente Woodrow Wilson hace casi un siglo, cuando aludía a un nuevo tipo de diplomacia, por encima de las mesas, transparente y honesta, compuesta por dos partes importantes: La convencional - formal - que trata de los encuentros, acciones protocolarias, declaraciones de intenciones, expresiones prudentes, conductos regulares. Y la sustantiva, quizás más relevante que la primera, en la que entran a jugar empatías individuales, razones humanas, percepciones e imágenes particulares, para generar espacios de confianza entre quienes la practican.

De ahí la importancia de la invitación que hacen los conocedores del asunto a los presidentes de Venezuela y Colombia, para que antes de formalizar cualquier discusión al respecto, en medio de naciones y organismos internacionales y con la presencia de los medios de información, logren un encuentro franco y directo, que supere las dudas e inquietudes mutuas: de parte de Venezuela de que Colombia conspira contra el régimen de Chávez. De Colombia, que Venezuela es refugio de delincuentes y terroristas.

Un suceso histórico

Un hecho que recuerda la historia diplomática de Colombia, a propósito de la crisis actual de credibilidad entre dos naciones, tuvo que ver precisamente con el proceso arbitral en la delimitación de fronteras terrestres con Venezuela, y que Colombia llevó a cabo ante la reina de España de 1883 a 1891.

José María Quijano Wallis entonces secretario de relaciones exteriores del presidente Francisco Javier Zalldúa (1882), le recomienda a su delegatario colombiano en el alegato, Aníbal Galindo, que a pesar de la confianza dada a él como funcionario para representar los intereses nacionales, será más importante tener en cuenta la manera como se conduzca el proceso antes que el logro a obtener.

Por eso, deberá "no hacer uso de ningún documento cuya autenticidad no esté plenamente comprobada". Referirse adecuadamente a los argumentos de la parte contraria para poder hablar de estos con seguridad y confianza. Imponer un estilo sencillo con el que "la elocuencia deba consistir aquí en la pulcritud de la dicción y de las formas y en la rígida demostración de la verdad". En suma concluye, "el presidente como jefe de la nación sentirá menos por su parte la pérdida total o parcial del pleito, que el sonrojo de que la república se viera expuesta a rectificaciones y confrontaciones que pusieran en duda la lealtad de sus palabras y de su proceder".

De entonces, Colombia siempre ha sido considerada en escenarios mundiales, una nación sincera en sus acciones de Estado y aunque criticada por su bajo perfil en relación con los Estados Unidos, reconocida también por su apego y respeto a la norma establecida. Por eso, resulta tan sorprendente la creciente tensión con Venezuela, un Estado muy cercano histórica y geográficamente. Y como se dijo atrás, si Colombia no busca agudizar la crisis, la misma sólo puede indicar lo contraproducente que resulta en ocasiones, la toma de decisiones en el marco de las políticas burocráticas de un estado, la defensa de sus intereses nacionales y el incumplimiento de las normas internacionales que respaldan cualquier práctica diplomática.

Las decisiones por importantes que sean, siempre estarán en manos de los gobernantes de turno. Acertadas o no, conllevarán irreversiblemente consecuencias para todos los ciudadanos, quienes a su vez, deberán saber qué hacer frente a ellas y cómo responsabilizar a sus dirigentes. Aún así, se entiende el sentimiento nacionalista que esto implica. Stephen Decatur un prominente militar norteamericano de comienzos del siglo XIX lo expresó bajo una memorable frase en 1816: "Ojalá que nuestro país, en su interacción con países extranjeros, siempre tenga la razón o se encuentre en el camino recto, pero estamos con él ya sea que esté en lo cierto o que esté equivocado".

Por eso el asunto de los intereses nacionales es más importante de lo que parece a los ojos del ciudadano corriente y resulta tan relevante a la hora de evaluar la práctica de la política exterior de un país. Y aunque en el caso colombiano es un tema de poca consideración desde las mismas campañas presidenciales, los partidos políticos, la prensa y la opinión pública, la historia demuestra que estos intereses, sean los que sean, deberán estar claros y regir "prioridades o preceptos establecidos por los líderes nacionales para servir como líneas de conducta a escoger entre diversos cursos de acción en situaciones específicas y dentro del contexto de su lucha por alcanzar sus metas". En otras palabras en sí mismos, configuran la propia política exterior de una nación.

Las acciones concretas a seguir como la formación de alianzas políticas o militares, la postura ante organismos internacionales, la conformación de agendas de trabajo, el fortalecimiento de las relaciones comerciales, etc, son medidas que descifran el comportamiento de política exterior. En el caso colombiano tradicionalmente cargado de un gran activismo - por lo que resulta injusto no reconocerle dicha característica - aunque no siempre, bien encauzado a sus propios intereses nacionales por el exagerado apego a los principios del derecho internacional en cuanto a la no intervención en asuntos internos de otras naciones.

De ahí la paradoja de la crisis actual. De un país como Colombia, que en sus memorias anuales de cancillería suele ostentar su respeto por las normas establecidas, involucrado en un asunto en el que se pone en duda pública, la versión institucional de un acto internacional, no de policía, ya que ocurrió en territorio extranjero. Precisamente, frente al país con el que firmó su primer tratado público - de entonces datan sus relaciones diplomáticas - y en épocas de la Nueva Granada con el objeto de afianzar la alianza y la federación entre el Estado de Cundinamarca y el Estado de Venezuela, el 28 de mayo de 1811. Antonio Nariño y José Cortés de Madariaga convinieron mediante el acuerdo, la amistad, la alianza, y la unión para auxiliarse mutuamente en los casos de paz y de guerra.

Modus Vivendi frente a Modus Operandi

En la actualidad y a pesar de los pronunciamientos oficiales que tratan de evadir responsabilidades, la frontera entre Colombia y Venezuela se ha vuelto particularmente hostil para quienes viven en ella y de ella. La agudización del conflicto en Colombia y sus estrategias de guerra implementadas para debilitarle (Plan Colombia por ejemplo) han provocado paulatinamente su deterioro. Los actores armados de diversa índole se imponen al modo de vida de millones de personas que por generaciones han estado allí intercambiando bienes y cultura. Su presencia histórica está tan arraigada, hasta el punto de que puede hablarse de un "tercer Estado" en medio de las fronteras, que ha consolidado un modus vivendi bien distinto al de sus respectivas metrópolis. Pero duramente afectado, por distintas razones endógenas y exógenas, el deterioro de la confianza mutua y la afectación de las percepciones sociales.

Estas personas y su integridad física, al lado de la integridad territorial de las fronteras que los albergan. El bienestar económico de los habitantes de ambas naciones - hasta hace un tiempo Venezuela era claramente el segundo socio comercial de Colombia después de los Estados Unidos -. Y la preservación de la autodeterminación nacional en cuanto a los asuntos internos - la política de seguridad democrática ó la consolidación de la revolución bolivariana para el caso de Venezuela - conforman la esencia de los valores nacionales hacia los cuales deberían ir dirigidos los intereses a defender en las tomas de decisión de los respectivos gobiernos.

Por eso los cuestionamientos a los modos como se realiza la política exterior colombiana sin desmeritar sus buenas intenciones. Por ahora, habrá que evaluar - y esto le compete a los ciudadanos por supuesto - hasta donde llegan sus asuntos de seguridad nacional y en donde empiezan los criterios de legalidad que se deben tener en cuenta. Y si el omitir una información no fue mentir sobre la misma. Porque mentir no es sólo tergiversar la verdad. Sino también enunciar preponderantemente tan solo una parte de la misma, para silenciar, ocultar o manipular el resto. Y no precisamente en aras de los intereses nacionales.

De esta manera quedará clara la posición de Colombia en su lucha contra el terrorismo. Su interés por capturar y enjuiciar a quienes considera peligrosos para la seguridad de sus ciudadanos. Pero sin poner en riesgo su propia seguridad regional, una amistad histórica inocultable y el mérito de ser una nación más interesada en la convivencia pacífica con sus vecinos. Porque un empeoramiento de la crisis con Venezuela, hasta el límite de la confrontación armada como algunos puerilmente consideran, tal lo advirtió alguna vez un ex presidente colombiano, duraría tan sólo unas horas pero sus consecuencias, persistirían años.

* Profesor de la Escuela de Ciencias Humanas de la Universidad del Rosario
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