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| 4/10/2005 12:00:00 AM

Multiplicarnos o envejecer, he ahí el dilema

¿Qué será peor: un mundo de viejos o lleno de niños pobres? Columna de Leonor Fernández Riva, lectora de SEMANA.COM.

Uno de los pocos mandatos del Creador que el hombre acató con gran diligencia fue su perentorio: "Creced y multiplicaos". Ciertamente, los descendientes de Adán y Eva nos empeñamos con gran acuciosidad en cumplir tan agradable precepto sin presentir siquiera los problemas que siglos después nos depararía aquel fatídico "multipli-caos" .

Hoy, cuando nos desplazamos en medio del caótico tránsito de nuestras ciudades repletas de mujeres y hombres que caminan con prisa por aceras estrechas apropiadas casi totalmente por vendedores informales, por indigentes, por mendigos, por descuideros, en ese bullicio variopinto y desordenado que origina la lucha por la vida de los más necesitados y sobre todo, cuando observamos en medio de este panorama a tantos y tantos niños menesterosos, no podemos menos que preguntarnos: ¿Hasta cuándo podremos seguir creciendo? ¿Quién podrá brindar empleo, servicios, salud, seguridad a esa marejada humana que brota como por arte de magia de nuestras famélicas comunidades?

La sobre población es, por sus catastróficas implicaciones sobre el medio ambiente y sobre los recursos naturales, uno de los problemas más graves que deben afrontar no solo nuestros pueblos tercermundistas sino la humanidad entera; el otro, igualmente preocupante, es el envejecimiento de la población.

En el año 1800 el economista inglés Robert Thomas Malthus dio ya una voz de alerta, explicando, ante un auditorio escéptico, los peligros que entrañaba para la humanidad la progresión aritmética de las subsistencias comparada con la progresión geométrica de la población. Calculaba Malthus que en el año 1898 Inglaterra llegaría a una población de 112 millones de habitantes de los cuales 77 millones morirían de inanición pues los alimentos no alcanzarían sino para 35 millones de personas. Si bien sus cálculos no correspondieron exactamente a la realidad pues Inglaterra llegó en 1898 solo a 58 millones de habitantes con un saludable índice calórico per cápita de 32 puntos, las apocalípticas predicciones maltusianas han ido tomado paulatinamente un giro igualmente inquietante.

La población mundial continúa creciendo, pero solo en un reducido número de países. En muchos otros hay una notable disminución de gente joven. Las previsiones del último informe de la División de Población de la ONU no ponen ya el acento en el aumento de la población, sino en su envejecimiento. Según este informe el número de niños que nacen en el mundo desarrollado no es suficiente para mantener su población en el nivel actual. La caída en el número de niños llevará a un envejecimiento de la población mundial. Este envejecimiento se hará sentir con un alto costo especialmente en los países más ricos. La población activa -aquellos capaces de pagar las pensiones y los cuidados sanitarios de los más ancianos- se reducirá dramáticamente en los años venideros. En algunos países la tasa de natalidad descenderá dramáticamente: en Japón y Alemania en un 14%; en Italia y Hungría en un 25%. España será el país más envejecido del mundo, con una edad media de 55 años. Casi el 90% de los habitantes del planeta vivirán en países pobres. Occidente necesitará 100 millones de inmigrantes anuales para mantener su población activa. La población mundial se estabilizará hacia mediados de este siglo en unos 9.300 millones.

Estas previsiones acerca del envejecimiento de la población son el principal argumento económico a favor de que la población mundial continúe creciendo y se basan en que todo país necesita una tasa de reposición mínima de entre 2.2% y 2.3% con el fin de evitar que la población anciana sea superior a la población joven. Esta eventual circunstancia tiene, desde luego, mucha más trascendencia para una sociedad como la europea que basa su eficiente sistema de seguridad pensional y de salud en una pirámide sustentada, cada vez más precariamente, por una disminuida juventud.

Pero los países tercermundistas, abarrotados por poblaciones emergentes, requerimos en cambio, urgentemente, un periodo de respiro, un ciclo de baja natalidad que nos permita alcanzar el desarrollo.

El quid de la cuestión es que resulta mucho más sencillo plantear soluciones que llevarlas a cabo porque la senda que conduce al control de la población está plagada de arenas movedizas. Controlar la población no es una labor fácil ni absolutamente predecible. Los programas llevados a cabo en otras partes del mundo así lo demuestran.

Hace 30 años China, la nación superlativa por excelencia que este año llegó a 1.300 millones de habitantes, debió aplicar la "Política del Hijo Único" para intentar frenar el dramático crecimiento de su población. Esta decisión, aparentemente inobjetable, ha tenido no obstante varios efectos negativos. La ilegalidad del segundo hijo ha provocado que en las áreas rurales se oculten los nacimientos para evitar multas ( lo que hace presumir que el número de habitantes es mucho mayor) y que se produzca el aborto selectivo de niñas despreciadas por la tradición, prefiriendo mayoritariamente al hijo varón que según se cree mantendrá con un mejor salario a sus mayores cuando crezca. La desproporción de género en los nacimientos: 119 varones por cada 100 mujeres tendrá como consecuencia que en el 2020, cuarenta millones de varones solteros en la China no puedan encontrar pareja. Por otra parte, el envejecimiento progresivo de una gran parte de la población en una nación en la que a pesar del régimen comunista, el sistema de seguridad social es casi inexistente, ha puesto sobre el tapete la conveniencia de que nuevamente sean las familias las que se ocupen de la manutención y cuidado de esta población anciana, antes amparada por una tradición milenaria; tradición que hace tan solo unos pocos años, el mismo sistema intentó estigmatizar.

A pesar de que las medidas que se adopten para frenar la explosión demográfica, probablemente acarrearán nuevas y controvertidas realidades, hay que reconocer con humildad, que la Tierra no puede sostener durante mucho tiempo a 5.500 millones de habitantes y mucho menos a los 9.300 millones previstos para medianos de este siglo. Esta consideración se torna fundamental cuando se trata de sopesar las soluciones que se plantean.

Para nuestros pueblos es vital enfrentar esta realidad. Una nueva conciencia debe surgir en nuestra sociedad acosada por la violencia y la pobreza. No se pueden seguir trayendo al mundo niños no deseados a los que no se les ofrece ninguna esperanza de vivir con dignidad. Este es un problema que requiere atención inmediata si se medita en la enorme diferencia de tiempo que transcurre entre el inicio de un programa adecuado de control y el comienzo de descenso de la población. El Gobierno y los medios de comunicación tienen una gran responsabilidad con el futuro de nuestra patria. Las campañas de concientización deben ser inteligentes y eficaces. Lo que no puede hacerse, de ninguna manera, es dejar su solución al azar o a las hormonas (que es prácticamente lo mismo).

Debido a los largos años de estudio y especialización que deben realizar actualmente los jóvenes para capacitarse, cada día es más grande la brecha que separa la edad apta para la reproducción, de la edad en que se convierten en profesionales capaces de sostener una familia. Como todos sabemos, las hormonas y las neuronas no suelen recorrer los mismos senderos. Inútil es pues, pedirle continencia a una juventud bombardeada con mensajes de sexo y promiscuidad. Pero lo que tal vez sí es posible, es lograr concienciar a la juventud de una paternidad responsable, incentivando su deseo de una vida mejor y despertando también en ella un prudente egoísmo que le ayudará a actuar con previsión ante algo tan delicado e irreversible como es traer al mundo una nueva vida. Hay que ponerle inteligencia y responsabilidad al encuentro amoroso porque de lo contrario, la frase: "el amor es la trampa de la naturaleza para mantener la especie", podría convertirse pronto en: "el amor es la trampa de la naturaleza para exterminar la especie".

De todos modos, la explosión demográfica terminará algún día. Lo que no es posible saber es si su fin se producirá de forma benévola, por medio de un descenso en las tasas de natalidad, o trágicamente, a través de un aumento en las tasas de mortalidad.
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