Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2005/11/22 00:00

No se puede escribir con tanto veneno

William Zapata critica a los periodistas colombianos que niegan la estética mafiosa predominante en el país y quieren tapar el sol con un dedo.

No se puede escribir con tanto veneno

Para tratar de esconder mi neurosis newyorkina, trataré en lo posible de evitar el uso obsesivo y excesivo de la palabra "no". No sé (mal comienzo) cuál es el afán de los autodenominados "periodistas colombianos de bien" para tratar de negar la realidad del mafioso y todos sus efectos estéticos, como lo hizo el portal Conexión Colombia en su especial 'Los no recomendados' la semana pasada. ¿Será que nos estamos negando demasiado? o ¿será que nos estamos negando apenas lo suficiente? El caso es que, a mi parecer, la estética del mafioso, para bien o para mal, ya hace parte de nuestra idiosincrasia colombiana, así como la estética del guerrillero, la estética del paramilitar, la del mochilero tirapiedra, la del gomelo, la del poeta-intelectual-artista-incomprendido y la del rockero. Yo me pregunto: ¿Habrá una estética del mafioso de cuello blanco; ese que se mueve como pez en el agua por las elites más drogadictas del país; ese ex-presidente de la república; ese gerente de una multinacional que cambia armas por petróleo; ese periodista manipulador y amedrentado en cubículos privilegiados, por la fuerza de los hechos?. Desmoralizador y revelador es el testimonio del director de cine Víctor Gaviria, cuando en declaraciones entregadas al periodista Francisco Velásquez para la revista Casa Tomada relata cómo algunos patrocinadores de su última película le dieron plata, pero le pidieron que no pusiera sus créditos, pues no querían untarse de esas temáticas. Uno se pregunta: ¿tendrá ello que ver con la forma en que luce nuestro país en las películas de Víctor?, ¿o será que es de verdad económicamente incorrecto tratar de vincularse a nuestras catarsis? A ver: ¡De algo se trata el arte señores!, o si no, pregúntenles a los que se metieron la mano al dril pa' poder producir 'Taxi Driver' o 'Scarface' o las saga de 'El Padrino'. Todos todavía están recibiendo regalías por concepto de publicidad y mercadeo y nadie les vino a satanizar porque pusieron sus inversiones en esos hitos cinematográficos. Y hay que ver lo que son esos íconos aquí en Nueva York. Son como el Ché en Cuba. Uno ve sus imágenes representadas por todos lados. Que Al Pacino dando bala; que Marlon Brando dándose el beso de la muerte con sus enemigos de 'Godfather'; que Robert de Niro a sus veinte diciendo: "¿Are U talking to me?". En los murales, en las camisetas, en los llaveros, en los pocillos y en toda suerte de souvenirs que los turistas compran por puñados, uno puede ver estos personajes que, como Billy The Kid o Al Capone, se han convertido en arte y parte del orgulloso espíritu de la sociedad norteamericana. Y ¿qué? Aquí nadie se muere de la vergüenza por las mafias; esas que tan duro han hecho temblar el cascabel. Aquí, estos gringos se mueren de la risa y se las venden empacadas al vacío al mundo entero. Si los responsables de los medios de comunicación más poderosos en Colombia fueran tan avispados, como dicen que son, tratarían de usar nuestras manchas históricas como atributos estéticos para desarrollar nuestras posibilidades publicitarias en el exterior. En cambio, nuestros periodistas inmaculados, en plena época de mercados globales, se dedican a reproducir superficiales modelos de frivolidad y escapismo, los cuales sólo sirven para empapelar la verdadera hondura de nuestros problemas. En eso hay que aprenderle mucho a los gringos que todo lo vuelven objeto del 'merchandising' de una manera positiva. Incluso lo han hecho con sus más dolorosas vergüenzas, (por ejemplo, el mítico Western Americano. No creo que la función del periodismo sea fomentar culturas populistas de exclusión y homogeneidad, como lo hacen el portal Conexión Colombia y las revistas Semana, SoHo y Casa Tomada. ¿Será que estos medios se habrán sentado a reflexionar seriamente sobre el nuevo papel de los ciudadanos de a pie en la narración de una historia no oficial? ¿Se habrán puesto a pensar que, por supuesto, si los colombianos hemos sufrido los estragos de una historia sacralizada y manipulada por los emporios económicos, es hora de tomar nosotros el sartén por el mango? Olvídense. Váyanse buscando trabajito, porque con la Internet ya la historia no es de su competencia exclusiva. Ahora la información fluye, va de un lado a otro, se origina en todas partes y la puede contar cualquiera que tenga un computador y un diskette. Mejor dicho, ¡se les acabó el monopolio señores!. Lo que hay que decirle al mundo es que aunque somos concientes del problema del narcotráfico, también lo asumimos como lo que es: como un estigma construido por la doble moral de quienes han manejado los medios de comunicación en Colombia, sobre todo por los más poderosos. En la otra punta del lazo, algunos dirán: "pero el fenómeno del narcotráfico es mucho más que un estigma, es un problema real". Cierto. Por eso, es apenas lógico que estos procesos históricos tengan una considerable resonancia en expresiones tan naturalmente populares como la literatura de semáforo. Y no hay que ser un licenciado para escribir una obra maestra, de ello dan cuenta innumerables clásicos literarios. ¿Qué creían? ¿Qué el arte de narrar iba a terminar siendo potestad de unos cuantos doctorcillos con cartón universitario? Hay que recordar también que alrededor de este problema del narcotráfico se han creado estereotipos de orden cultural que no corresponden exactamente con la realidad, que perjudican a mucha gente, sobredimensionan nuestra realidad, y que están siendo reproducidos irresponsablemente por las revistas más leídas del país. Conozco a miles de colombianos en Nueva York que visten como a los niñitos gomelos de Bogotá no les gusta: cadenas de oro y zapatillas Zodiac, en el caso de los hombres, y pelos rubios platinados en el caso de las mujeres. O simplemente, se visten como quieren, porque en Nueva York, a diferencia de esa Colombia que yo dejé atrás, lo que uno lleve puesto a nadie le importa. Sin embargo, esta gente, este tipo de colombianos que visten "de maneras muy pintorescas", obtienen sus lujos fruto de largas jornadas de trabajo honrado, en los oficios más mal remunerados del sistema laboral. La mayoría de las veces, estos colombianos que son vilipendiados en su propia patria por su forma de concebir la estética, sufren de abusos y humillaciones cada día durante 12 horas por patrones esclavistas. Y todo lo hacen por tener esa vida digna que su tierra natal nunca pudo brindarles, y por encima de todo, insuflar de dinero líquido la paupérrima economía criolla, fruto de su sacrificio en un contexto difícil y extraño. No dudo que esos periodistas que se dignan a reproducir y fomentar la marginación socio-cultural saben que las remesas enviadas desde el exterior constituyen uno de nuestros renglones económicos más fortalecidos, por no decir que uno de los tres más importantes. Deberían saber, también, que ellos comen, quizá, gracias al trabajo de esos colombianos con "estética de mafioso", como la denomina Conexión Colombia. Y qué pasaría si. ¿Qué pasaría si esa estética del mafioso fuera lo más representativo de nuestra adorada idiosincrasia? ¿Qué tal si los ordinarios fuéramos la mayoría? ¿Y los doctorsitos, mochiludos, intelectualoides, moralistas y pacatos, tan sólo unos pocos? ¿Cómo nos quedaría el ojo? A cinco años de vivir fuera de Colombia, ahora puedo ver la patria en perspectiva y sentirme con el derecho de decirle al gran grueso de la opinión pública: los medios de comunicación en Colombia están confundidos, perdidos en la maraña de los acontecimientos, maquillan los hechos y los alteran en vez de abordarlos tal como son, como deben trascender a la historia: crudos, escuetos, sin máscaras, sin disfraces, sin manipulaciones de orden político. Yo, que crecí y me eduqué en un medio de negación y auto vergüenza, entre curas eudistas y compañeros universitarios traficantes de influencias, que es lo le enseñan a uno en las escuelas de periodismo, digo: lo más verdadero de Colombia son ustedes, los colombianos del montón, los que le meten el hombro al trabajo duro en el exterior y no esos lideres de escritorio inflados por la pirotecnia verbal de niños sobreprotegidos por sus padres. Ustedes los colombianos con estética de mafioso, y no la capa de nata artificial que nos quieren vender ellos los poderosos, son lo más verdadero de nuestro país; qué se le va a hacer. No, no, no se dejen acomplejar por los afanes de privilegios de los de arriba. ¡Que muera Laura en América!, ¡no, no, no! Díganme neurótico. Pero no es admisible. No cabe hablar de una estética ni estigmatizar a nadie. No dejaré de usar mis Zodiacs, por miedo a que algún bar de arribistas no me deje entrar. ¡Laura! ¡Laura! ¡Noooooooo! * Periodista colombiano radicado en Nueva York.

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