Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2005/08/14 00:00

No tienen perdón

Miércoles 17. Mientras miles de japoneses estaban "achicharrados, sin un solo pelo en el cuerpo, desnudos, con los cuerpos despedazados y la piel colgando en jirones", el presidente Harry S. Truman recibía complacido las noticias sobre la explosión de Hiroshima en su oficina en la Casa Blanca. ¿Será que todos los que participaron en esta infamia pudieron vivir con la conciencia tranquila?, se pregunta Antonio Vélez.

No tienen perdón

La pesadilla comenzó temprano en Hiroshima. Ese lunes 6 de agosto de 1945, a las 8:15 de la mañana, el Enola Gay, un bombardero B-29 de la Fuerza Aérea Norteamericana, comandado por el teniente Paul W. Tibbets, dejó caer sobre la ciudad escogida la primera bomba atómica utilizada como arma de guerra. El artefacto, bautizado con el inofensivo nombre de Little Boy, fue programado para explotar cuando se hallara a 600 metros de altura, justo en el centro geográfico de la ciudad. La bomba pesaba cuatro toneladas y portaba 60 kilogramos de uranio 235, de los cuales apenas unos pocos gramos se convirtieron en energía destructora. Sin embargo, debido a la explosiva fórmula de Einstein, E = mc2, la energía liberada -15 megatones- fue de tal magnitud que destruyó casi por completo el blanco elegido por los asesores militares.

Después de un intenso fogonazo azul se levantó un enorme hongo gris oscuro, con el núcleo rojo vivo de fuego, que ascendía con lentitud en el cielo limpio de la mañana. Los sobrevivientes dijeron más tarde que un segundo sol apareció en el cielo. Más de 76.000 personas fueron convertidas en átomos durante los primeros segundos. Otras murieron en los meses y años siguientes, hasta totalizar cerca de 200.000 víctimas. Los sobrevivientes sufrieron enfermedades espantosas, derivadas de la intensa radiación: leucemia, cáncer de tiroides y de mama, ceguera y esterilidad, entre otras. Todavía hoy, sesenta años después de la explosión, hay personas afectadas por la radiación, o lo son sus descendientes directos.

Unos instantes después del estallido, los sobrevivientes, aturdidos, parecían deshollinadores. Achicharrados, sin un solo pelo en el cuerpo, desnudos, con los cuerpos despedazados y la piel colgando en jirones, con quemadura de todos los grados y las entrañas laceradas por una radiación que todo lo penetraba, asados por fuera y por dentro a fuego rápido, corrían como locos sin dirección fija, en carne viva buscando ayuda, pero, ¿a dónde y a quién?, si todos estaban en las mismas y todo estaba destruido. Los pocos que eran capaces de pensar dentro de semejante infierno creyeron que el fin del mundo había llegado con su lluvia de fuego.

Los más afortunados se volatilizaron y sus espíritus subieron al cielo confundidos con el gigantesco hongo oscuro de la muerte. Otros quedaron -sus sombras, mejor- estampados en las paredes.

El periodista Javier Darío Restrepo cuenta que "nueve personas que caminaban por el puente del Yocozuyo dejaron sus impresiones color ceniza junto a la balaustrada; nada más quedó como huella de su muerte. Los rayos térmicos atravesaron todas las capas de la piel de las personas y evaporaron la grasa y los fluidos del cuerpo y dañaron los intestinos. La piel se desprendía como la cáscara de una papa hervida...". Muchos heridos murieron pronto, otros tardaron décadas en hacerlo, después de interminables padecimientos, acompañados solo por su soledad, pues parientes y amigos desaparecieron como el humo.

Acerca de una huella estampada en el piso duro, alguien realizó estas inferencias propias de Sherlock Holmes: "Sobre estas gradas, en el momento de la explosión, un hombre debió estar sentado, quizás con un codo sobre una de sus rodillas y la otra mano soportando su mentón, en actitud de meditación. La poderosa acción de la onda radiactiva imprimió sus huellas en el granito y señaló así el momento de su muerte. La silueta oscura está desapareciendo gradualmente y, con el paso del tiempo, las memorias de este trágico momento también se irán olvidando gradualmente".

Mientras estas escenas de horror ocurrían en Japón, al otro lado del mundo, en Estados Unidos, el presidente Harry S. Truman, complacido, recibía noticias "alentadoras" en un salón confortable de la Casa Blanca, con aire acondicionado y bien atendido por el personal de servicio.

Los historiadores cuentan que al día siguiente de la explosión, el alto mando militar y el emperador Hirohito, resignados, comenzaron a estudiar la situación con el fin de encontrar una fórmula de rendición decorosa. Pero no sabían que el 9 de agosto, apenas tres días después de Hiroshima, otro B-29, apodado Bock's Car, llegaría a Nagasaki transportando una bomba de plutonio- 239, llamada cariñosamente Fat Man, de mayor poder explosivo que la de Hiroshima. Esta vez los científicos corrigieron los parámetros para aumentar la efectividad, de tal modo que la explosión ocurrió cuando la bomba estaba a unos 500 metros de altura. Sin embargo, la topografía del lugar mermó un poco el poder letal del artefacto. Aún así, 75.000 personas murieron en el acto y 60.000 más al finalizar el año.

No tienen perdón. El holocausto nuclear que significó la destrucción de Hiroshima y Nagaski constituye el acto de barbarie humana más eficaz que la historia registra: decenas de miles de muertos en fracciones de segundo. Y la más lenta y cruel: miles más murieron poco a poco debido a la alta dosis de radiación recibida. Y no existe justificación alguna, ni militar, ni política ni moral, para apaciguar la conciencia. Y menos justificada aun fue la bomba sobre Nagasaki, pues ya el poder del artefacto había sido demostrado con aterradora elocuencia.

Oigamos de nuevo al presidente Truman cuando desde la Casa Blanca se dirigió por radio al mundo, ese 6 de agosto de 1945, a las 10 de la noche: "El mundo se dará cuenta de que ha sido lanzada la primera bomba atómica sobre Hiroshima, una base militar. Esto se debe a que deseamos evitar en este primer ataque, hasta donde sea posible, la muerte de civiles...". Mentiroso: Hiroshima era una ciudad, no una base militar, y más de uno sí deseaba la muerte de civiles. Algunos perspicaces creen percibir en el holocausto nuclear cierto olor a venganza, pues los norteamericanos tenían siempre vivo el aleve bombardeo japonés a Pearl Harbor, cuatro años atrás, y más vivo aun el recuerdo de sus 2.400 víctimas. La ley del talión.

La idea de que Hiroshima debía ser bombardeada porque era "un puerto de suministro militar", como dijo el presidente Truman, es falsa. Ninguna evidencia sugiere esto. La marina japonesa estaba prácticamente paralizada, y el puerto de Hiroshima había sido bombardeado con gran éxito durante la operación 'Inanición'.

Meses antes de la macabra decisión, el 18 de junio, el general Marshall había informado al Presidente que las operaciones bélicas habían reducido considerablemente los embarcos japoneses. Basados en la información disponible después de la guerra, el U. S. Strategic Bombing Survey concluyó en 1946 que "ciertamente antes del 31 de diciembre de 1945, y con toda seguridad antes del primero de noviembre de 1945, Japón se habría rendido aun sin haberle arrojado las bombas", pues el bloqueo naval de Estados Unidos lo había paralizado, ya que dependía totalmente de combustible importado. El general Dwight D. Eisenhower aclaró: "Japón estaba en ese preciso momento [después de la bomba de Hiroshima] buscando alguna manera de rendirse con una pizca de honor. No era necesario golpearlos con esa horrible cosa".

El almirante William F. Halsey, Jr., comandante de la Tercera Flota, dijo públicamente: "La primera bomba atómica fue un experimento innecesario... Fue un error haberla lanzado... [los científicos] tenían este juguete y querían probarlo, así que la lanzaron...". El almirante L. Lewis Strauss, asistente especial de la Secretaría Naval, escribió: "Era claro para mucha gente, incluido yo, que el fin de la guerra estaba próximo. Los japoneses estaban listos para capitular... Mi propuesta para el Secretario era que el poder del arma debía ser demostrado sobre un área accesible a los observadores japoneses, y donde los efectos fueran dramáticos. Recuerdo que sugerí que un buen sitio era un gran bosque situado no muy lejos de Tokio...". Edward Teller, uno de los artífices de la bomba, propuso que esta se hiciera estallar muy alto, sobre la bahía de Tokio, por la noche y sin advertencia previa, con el fin de conmover a los líderes japoneses.

Gar Alperovitz, estudioso del holcausto, escribió: "La evidencia actual muestra que Japón estaba esencialmente derrotado en el verano de 1945, y que los altos funcionarios de Estados Unidos lo sabían. Una razón principal para arrojar armas atómicas sobre Japón era obtener una ventaja en la diplomacia de posguerra frente a la Unión Soviética". El almirante William D. Leahy, incapaz de justificar el lanzamiento de las bombas desde un punto de vista militar, afirmó en sus memorias (I Was There) que la decisión había sido política, motivada tal vez por la enorme suma (2.000 millones de dólares de la época) gastada en su construcción. Escribió Leahy: "El uso de esa arma bárbara no tuvo ninguna influencia material en nuestra guerra contra Japón. Los japoneses estaban ya derrotados y listos para rendirse".

El comandante Paul Tibbets, 50 años después del acto terrorista, no mostraba ningún reato de conciencia: "¿Saben por qué estuvo bien lo que hicimos? Uno: porque no hay moral en la guerra, recuérdenlo. Dos, cuando se está peleando una guerra para ganarla deben usarse todos los medios que están a nuestro alcance". Pero la guerra ya estaba ganada, responden los japoneses. Y agregan: ¿qué sentido tenía la de Nagasaki?

Tampoco tienen perdón del cielo las oraciones del capellán de la base aérea norteamericana de donde partió el Enola Gay, quien rezaba así con devoción en la mañana del siniestro día: "Padre todopoderoso, que escuchas los ruegos de quienes te aman, te pedimos que asistas a los que se aventurarán en las alturas del cielo y se adentrarán en las líneas enemigas. Que quieras guiarles y protegerles...". Y, ¿qué dios protegió a los de abajo? El buen capellán estaba convencido de que Dios era norteamericano, como lo está George W. Bush.

Con el tiempo se olvidará hasta no importarle a nadie, pero nunca tendrán perdón.

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