Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2005/07/30 00:00

¿Quién tiene la culpa de la prostitución infantil?

¿Qué motiva a los niños a entregarse a los extraños por dádivas como tenis de marca, camisetas? Carlos Tejeiro, lector de SEMANA.COM, responde la pregunta.

¿Quién tiene la culpa de la prostitución infantil?

Las noticias recientes dan cuenta de la existencia de redes de trata de niños y niñas que les reclutan bajo la modalidad del "prepago" son dignas de tristeza y asombro. Lo que las noticias quieren decir es que a los niños se les contacta por un celular y se les transmiten el sitio, la fecha y la hora del encuentro con el cliente que, bajo una suma de dinero pactada, lo somete al intercurso sexual ilegal.

Esta modalidad ya se encuentra en la vida escolar. Hasta ahora todo el mundo habla de la existencia de "niñas prepago" en las universidades del país. Pero ya es evidente que existe en los colegios públicos y privados de las ciudades.

¿Y qué los o las motiva a entregarse a los extraños por dádivas como tenis de marca, camisetas etc?- Una pregunta que compromete muy diversas ciencias y obliga a adoptar una visual multifocal que permita una comprensión ampliada del fenómeno.

No es tan simple como creer que se trata de un simple intercambio para satisfacer las necesidades del entorno social en el que se mueven los menores. Es necesario volver a las consabidas presiones "anómicas" de las que nos habla Merton y entender que el sistema ejerce enorme presión sobre los niños y las niñas. Pero a la vez no facilita ni enseña medios plausibles para satisfacer dichas exigencias.

De una parte les exige su vinculación a la vida escolar y universitaria para luego no estar en condiciones de garantizarles un trabajo que les permita pagar las becas, los gastos y las deudas en las que muchos padres de familia incurren para poder cancelar los compromisos que demanda la educación de sus hijos. Dicha presión, silenciosa pero cierta y constante, hace que los niños y niñas opten por acceder a los símbolos del status infantil o juvenil a cualquier precio a su alcance. Y a lo anterior súmese la cultura del narcotráfico que ha demostrado un enorme poder de seducción en los jóvenes con el consabido deterioro de los valores juveniles y el acceso súbito a altos niveles de consumo en bienes y servicios.

El cómo entender esta clase de conductas por parte de los jóvenes y niños en los colegios debe ser parte de sendas investigaciones en los centros de enseñanza superior.

En esta materia, claros son los aportes de la criminología juvenil aplicada que ha estudiado desde diversas perspectivas estos fenómenos complejos.

Lo que nos interesa entre muchas otras cosas es comprender ¿porqué los adultos no se cuestionan la sociedad que han construido, los modos de intercambio y los símbolos básicos hacia el mundo de los niños y niñas y en cambio sí dirigen un enconado debate hacia aquellos o aquellas niños o niñas que acuden al intercambio sexual ilegal a fin de acceder a los bienes y servicios que creen necesitar para afianzar su rol o posición en el grupo de amigos, el "parche" o el "combo" y en la "gallada" del barrio?

Y es aquí en donde debe recabarse un aspecto medular del problema: los niños no son actores independientes y autónomos en este espectro: son víctimas y como tal deben ser rescatados en el discurso social y legal contemporáneo. Esta noción difiere a fondo de posturas como las de Durkheim y el mismo Merton para quienes el joven es el extremo pasivo de una "presión anómica".

De ahí que sea necesario avanzar en los estudios que permitan comprender la manera del cómo se construye socialmente la identidad del joven y del niño o niña. Todo indica que a edades tempranas existe una identidad colectiva, profundamente arraigada en la necesidad de pertenencia a un grupo y a unos pares y semejantes con quienes vivir la experiencia de la pubertad y la adolescencia.

Dicha construcción social de la identidad se da a nivel de símbolos específicos (Mead;Blumer;Luckmann;Bock) y es el Interaccionismo Simbólico, como escuela, el que nos enseña que los objetos no valen en sí como objetos físicos que son sino en cuanto a la importancia que tienen como tales, es decir, al valor simbólico que aportan y a las imágenes que evocan. Así, la sotana del sacerdote, el penacho del jefe de la tribu, el kepis del militar etc. ¿Qué significan unos tenis de marca para un niño o niña?- pues una forma de pertenecer al grupo en donde todas o todos los usan y en ellos y por ellos refuerzan un lenguaje de clase y clan al que pertecenen o quieren llegar a pertenecer. Lo contrario significa ser excluidos o ridiculizados por carecer de dichos símbolos. Lógico es entonces, que la manera de alcanzarlos quede supeditada al fin mismo que, como ya se dijo, no es otro que el de pertenecer a una comunidad específica y a unos amigos con identidad física y una percepción del mundo única y especial.

No es entonces tan sencillo como creer que los niños se prostituyen por adquirir unos bienes. Es la manera temprana de reclutarse en el mundo del intercambio, del interés y de las relaciones utilitaristas, desprovistas estas de solidaridad, apoyo y respeto mutuos que ven como normales, pues es así como funciona el mundo de los adultos que ya aprende a imitar. Hoy serán unos tenis, mañana sostener una familia, unos hijos. El cordón de la miseria, en unos casos, y la necesidad de acceder a los valores simbólicos en la sociedad de consumo, en los otros, le hará prostituirse a otra escala, corriendo tras el espejismo de la bonanza y la felicidad del consumo como supremo valor social.

Hasta ahora se inicia este debate.

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