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| 4/17/2005 12:00:00 AM

Simón Bolívar y los golpes de Hugo Chávez

¿Hugo Chávez ha sabido explotar el legado del Libertador? Luis Gastélum, lector de SEMANA.COM, responde la pregunta.

Cuando alguien habla de sí mismo en tercera persona corro a esconderme, dice un escritor mexicano que se firma con el nombre del incorruptible político romano Catón. Algunas veces hay que escucharlos, nada más, como es el caso de Hugo Chávez, el Presidente de Venezuela que en un largo discurso durante la Cumbre de la Deuda Social reiteró en Caracas lo dicho un mes atrás en Porto Alegre en el Foro Social Mundial: "Hay que inventar el socialismo del siglo XXI".

Desde antes de asumir el poder hace seis años, Chávez se ha mantenido en la palestra de las controversias, internas y externas. Incluso hace unas semanas, su amigo y homólogo de Cuba, Fidel Castro, denunció un complot de Estados Unidos para asesinar al Mandatario venezolano.

Cuenta Gabriel García Márquez en un artículo: "Era el 4 de febrero de 1992. El coronel Hugo Chávez Frías, con su culto sacramental de las fechas históricas, comandaba el asalto desde su puesto de mando improvisado en el Museo Histórico de La Planicie. El Presidente (Carlos Andrés Pérez) comprendió entonces que su único recurso estaba en el apoyo popular, y se fue a los estudios de Venevisión para hablarle al país. Doce horas después el golpe militar estaba fracasado. Chávez se rindió, con la condición de que también a él le permitieran dirigirse al pueblo por la televisión. El joven coronel criollo, con la boina de paracaidista y su admirable facilidad de palabra, asumió la responsabilidad del movimiento. Pero su alocución fue un triunfo político. Cumplió dos años de cárcel hasta que fue amnistiado por el presidente Rafael Caldera. Sin embargo, muchos partidarios como no pocos enemigos han creído que el discurso de la derrota fue el primero de la campaña electoral que lo llevó a la presidencia de la República menos de nueve años después".

Con la toma de protesta de Hugo Rafael Chávez Frías como presidente de Venezuela -la Jerusalén de América, como definiera José Martí al país andino que alguna vez gobernó, de manera efímera, el escritor Rómulo Gallegos- vivió en febrero de 1999 una gran euforia popular entre la experiencia religiosa y el mitin político setentañero, entre la asunción espiritual y la retórica. El teniente coronel retirado de 44 años y ex comandante de un cuerpo de paracaidistas asumió entonces el poder de un país sumido en la peor de las crisis latinoamericanas, con un discurso copioso en citas bíblicas y de poetas y pensadores americanos, pero sobre todo de Simón Bolívar.

"En medio de este piélago de angustias no he sido más que un vil juguete del huracán revolucionario que me arrebataba como una débil paja", expresó Bolívar en 1819 en su Discurso de Angostura, en el que exponía ante el Congreso las razones de su renuncia al Gobierno de Venezuela. De ahí Chávez extrajo, más o menos, una de sus múltiples y repetidas citas del Libertador. Lo que el popular mandatario -"el presidente de la esperanza", le llamaban entonces los desesperanzados venezolanos- no citó de aquel largo discurso es que Bolívar decía que "la continuación de la autoridad en un mismo individuo frecuentemente ha sido el término de los gobiernos democráticos. Las repetidas elecciones son esenciales en los sistemas populares, porque nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un mismo ciudadano el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerle y él se acostumbra a mandarlo; de donde se origina la usurpación y la tiranía".

¿Qué sería de América Latina sin Simón Bolívar? Bolívar es para América Latina lo que Cervantes para España: el representante de lo más conmovedoramente humano y genuino de su gente. La fuerza emblemática de una libertad y de una lucha sin descanso y sin tregua ante la adversidad y contra las injusticias. La conmovedora tenacidad de un hombre solo contra un mundo. El mismo se definió como "hombre de las dificultades".

La Universidad de Los Andes, con sede en Mérida -la ciudad que le otorgó el título de Libertador-- lo define como un "señor glorioso que sin nada lo hizo todo, que llevó a cuesta el nombre de una república que estaba sólo en su corazón, cuya dimensión política es poesía de la más sublime, dotó a la desesperanza y al fracaso, al desengaño y a la porfía infortunada de una grandeza singular sin la cual el hombre resultaría pura patraña y desgraciada ficción". No es casualidad, dice la Universidad de Los Andes en su página web dedicada al Libertador (www.bolivar.hacer.ula.ve), que desde el siglo XIX, casi todos los revolucionarios, desde los anarquistas rusos o franceses hasta poetas como Byron y José Martí, buscaron identificar sus destinos con Bolívar.

"Es que Bolívar encarna y encarnará siempre una tragedia, una derrota, un suspiro de locura en medio de la interminable lucha por justicia. Los campesinos sin tierra vocean su nombre, los guerrilleros de América con sus mochilas y fusiles al hombro, remontando montañas y entre los bosques, los estudiantes que desafían el hediondo curso de la muerte lo llevan estampado en sus enseñas y banderas de protesta. Allí está su mirada de dolorosa soledad en las Escuelas, sentado al lado de los niños harapientos o famélicos, como en un canto o himno solemne: en todas partes como un dios cansado y vituperado, que cada día renace de sus fracasos. El sueño que nunca acaba. Un hombre solo que vale por miles cuando se nos mete en el alma".

Pero las lides de gobierno y eso de las citas corren el riesgo de la idolatría, tal como lo escribió el mismo Bolívar en una carta enviada al vate José Juaquín Olmedo, en ocasión de un poema donde resalta su figura: "Todos tenemos nuestra sombra divina o heroica que nos cubre con sus alas de protección como ángeles guardianes. Usted nos hace a su modo poético y fantástico; y para continuar en el país de la poesía la ficción de la fábula. Vd. nos eleva con su deidad mentirosa, como la águila de Júpiter levantó a los cielos a la tortuga para dejarla caer sobre una roca que le rompiese sus miembros traseros: Vd., pues, nos ha sublimado tanto, que nos ha precipitado al abismo de la nada, cubriendo con una inmensidad de lunes el pálido resplandor de nuestras opacas virtudes. Así, amigo mío, Vd. nos ha pulverizado con los rayos de su Júpiter, con la espada de su Marte, con el cetro de su Agamenón, con la lanza de su Aquiles, y con la sabiduría de su Ulises. Si yo no fuese tan bueno y Vd. no fuese tan poeta, me avanzaría a creer que Vd. había querido hacer una parodia de la Ilíada con los héroes de nuestra pobre farsa. Mas no, no lo creo. Vd. es poeta y sabe bien, tanto como Bonaparte, que de lo heroico a lo ridículo no hay más que un paso".

O como escribió alguna vez precisamente un columnista venezolano: "La ascensión de un nuevo mandatario invariablemente me recuerda una historia que un tío, político por supuesto, me contó hace ya varios quinquenios". El relato trata de un joven monarca que avanzaba en medio de un desfile por las calles de la capital de su reino ante la indiferencia, y muchas veces el rechazo, de sus súbditos, con la sola excepción de una ancianita que no paraba de gritar: "¡Larga vida al rey!, ¡larga vida al rey!". El soberano, sorprendido ante la inusual muestra de afecto, se acercó a la mujer y la increpó diciendo: "Anciana... Todos me odian y desean mi muerte, nadie está satisfecho con mi gobierno; sin embargo, tú eres la única que me deseas larga vida, ¿por qué?", a lo que la viejita respondió: "Es que yo conocí a su abuelo que fue un rey malo y cruel. Fue un pésimo gobernante que nos hizo pasar muchas penurias. Después me tocó sufrir el gobierno de su padre que fue aún mucho más malo. Y ahora conozco a su majestad, que es el peor de todos. Por eso es que grito ¡larga vida al rey!, porque no quiero ni imaginarme cómo será el gobierno del que venga después de usted".
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