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| 9/5/2004 12:00:00 AM

Universidades, calidad y motivación

Lunes 6. La académica Myriam Jimeno cuestiona la falta de estímulos para la investigación en las universidades.

Las universidades colombianas han recibido malas noticias. Así se desprende del oportuno artículo del profesor Fernando Cepeda sobre la investigación realizada a solicitud de la Unión Europea para identificar las 500 mejores del mundo. Más allá de las preocupaciones que suscita el que las universidades colombianas no aparezcan, esta investigación puede contribuir al debate de un tema de poca notoriedad en la agenda pública: los estímulos para la investigación y la formación del recurso docente.

Lo primero que se deduce del trabajo es la vigencia del papel de Estados en la orientación de recursos y políticas para las universidades, inclusive para las privadas. Otro aspecto notorio es que la calidad universitaria se mide fundamentalmente por la capacidad de producir resultados de conocimiento como publicaciones, premios, patentes, es decir, por la investigación. También es evidente el peso otorgado a la formación de sus docentes. El tercero es el rendimiento de cuentas de la universidad a la sociedad y su relación con la motivación de los profesores. Me atrevo a proponer que la combinación entre orientación pública, rendimiento de cuentas y motivación de los docentes está en la base para alcanzar la calidad.

Se suele decir que países como el nuestro no pueden pretender que tanto el Estado como el sector privado inviertan recursos tan significativos en sus universidades. Pues bien, miremos a nuestros similares a ver si algo podemos aprender. Las pocas universidades latinoamericanas en la lista, cuatro universidades del Brasil, una chilena, una argentina y una mexicana, indican que en todos los casos su desarrollo actual es el fruto de políticas estatales sostenidas por tiempo apreciable, que dedicaron recursos a la formación de los académicos y a incentivar la investigación en programas de posgrado.

Hace varios decenios que el Brasil tomó la decisión de impulsar los posgrados basado en una alianza institucional entre las universidades, el sistema nacional de investigación, Cnpq, y la institución dedicada a promover la calidad de la educación, Capes. En la actualidad, cada posgrado debe presentar anualmente una estricta lista de indicadores de calidad y rendimiento tanto del programa como de cada uno sus docentes. A cambio, y según sus indicadores, reciben varias modalidades de becas para la casi totalidad de los estudiantes de maestría y doctorado, las cuales aseguran una dedicación de tiempo completo a los programas de formación. Otro tanto sucede con los docentes, quienes tienen la posibilidad de presentar programas de investigación de largo plazo con los cuales reciben una adición importante a su salario por largos períodos, además de dinero para otros gastos de investigación. Deben demostrar, eso sí, cuánto producen cada año. Esto les permite a las universidades tener profesores-investigadores de dedicación completa a su oficio, sin el afán de lograr un salario aceptable en una correría por otras universidades o en busca de otras fuentes de ingreso. No es posible crear un ambiente de creatividad en ratos robados. Y no sólo porque la creación precisa un esfuerzo sostenido de concentración y de inversión en bibliotecas, laboratorios, equipos, sino porque no se ha inventado ningún sustituto para la motivación personal, el motor más fuerte del compromiso del docente universitario.

Colombia ha dado pasos importantes en la creación de indicadores de calidad y rendimiento universitario, elaborados por el Ministerio de Educación y Colciencias. El sistema de acreditación, los estándares mínimos de calidad, el sistema de registro de grupos de investigación, entre otros, apuntan en ese sentido. Pero no existe aún una sinergia entre estas entidades que pueda traducirse en recursos o en mejores condiciones de trabajo. El incipiente sistema de estímulos a los investigadores de Colciencias fue desmontado hace un par de gobiernos atrás, sin evaluación seria y cuando se iniciaba. Sin habernos repuesto por este desestímulo, recibimos el Decreto 1279 de 2002, que restringe los alicientes salariales por producción académica, sustentado en corregir innegables abusos. Varios años de congelamiento en los salarios apuntan en el mismo sentido. Así, si bien es cierto que el país avanza en el rendimiento de cuentas de las universidades a la sociedad, lo hace en un sólo sentido: exigir, pero dar poco en inversión para la investigación o para la formación docente. Son ya muy conocidas las debilidades y deficiencias en el desempeño individual de muchos docentes. Pero no deja de ser inconveniente una tendencia muy generalizada a considerar a los docentes, especialmente los de las universidades públicas, como sospechosos de recibir excesivos privilegios, por lo cual se los debe restringir, vigilar y castigar. Esto se traduce en un desestímulo a la actividad de creación intelectual, de por sí poco valorizada en nuestro ambiente cultural. Creo que si queremos llegar algún día a estar entre los mejores, al menos a la altura de otros de América Latina, es necesario sopesar la minusvaloración de los docentes, pues necesitamos ganar la voluntad y la dedicación de quienes crean el conocimiento. A estas alturas ya sabemos que no sólo con sangre la letra entra.

*Profesora Universidad Nacional de Colombia
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