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| 7/30/2008 12:00:00 AM

52 niños colombianos murieron de hambre

Las jóvenes madres de la comunidad de Conondó, Chocó, están viendo morir a sus pequeños hijos de física hambre. El Estado no llega por allá a auxiliarlas; sólo el ejército y los grupos armados ilegales que los tildan de ser cómplices de uno u otro bando. Informe especial para Semana.com de Mauricio Beltrán desde Chocó.

Clemente el primer hijo de Marcela murió de hambre antes de que una brigada médica pudiera atenderlo. Son 52 niños y niñas que han corrido la misma suerte en el último año. Todos vienen del Alto Andagueda, la mayoría de la comunidad de Conondó. Son 130 familias colombianas que conocen la agonía del hambre.
 
Marcela fue madre a los 15 años, así sucede en su pueblo, el Emberá, desde siempre. Las mujeres llegan a su edad adulta muy pronto y tener hijos solía considerarse como una bendición de la madre tierra. Pero hoy los hombres que salen de pesca no encuentran más que ríos contaminados por los químicos precursores para procesar la coca y otros ocupados por grupos armados que los asesinan por cualquier motivo. El ejército los acusa de apoyar a la guerrilla y la guerrilla de ser informantes de la Fuerza Pública. Los que van de caza regresan con sus pertrechos intactos, los animales se han ido. La selva se muere y con ella un pueblo que la cuidó por miles de años y que ahora ve llegar el fin de su cultura y de su entorno.
 
No hablan español. Su idioma le ha dado nombre a casi todo en esas selvas. Los ríos y los pueblos tienen el apellido sonoro dó pues así se dice agua. De allí viene Chocó, Bagadó, Engrivadó, Quibdó, Lloró y miles de toponimias que dan cuenta de quienes tienen la memoria, han trazado los caminos y navegado cada río. “Lo que pasa es que ya no podemos vivir en nuestra propia tierra”, dice Germán Casama, líder del pueblo Emberá.
 
El largo viaje
 
Ante el acoso de la guerra y del hambre las 27 comunidades del Alto Andagueda han emprendido los caminos más tortuosos buscando ayuda. Llegaron a Bogotá a finales de abril pasado, su esfuerzo para este periplo y su angustia solo sirvió para un par de notas de televisión que los mostró como bichos raros que debían volver a su selva. Nadie atendió sus palabras y con su poco español no pudieron traducir lo que decían sus comunicados. Los periodistas nunca leyeron esas líneas y se limitaron a un cubrimiento superficial de niños desnutridos y de madres que mascullaban súplicas de ayuda.
 
Esos comunicados empezaban así: “Cansados de la desidia del Estado colombiano que asesina por omisión a nuestros niños y de la guerra que se libra en nuestra comunidad y territorios, 144 indígenas Emberá Katíos, entre los cuales nos encontramos 100 niños, 26 mujeres y 18 hombres, nos hemos desplazado de la comunidad de Conondo a Bogotá, para reclamar protección por nuestras vidas y atención humanitaria como ciudadanos colombianos víctimas de la violencia.”
 
Fueron atendidos mientras recuperaron las fuerzas para regresar, pero nadie les solucionó el problema de fondo, la crisis alimentaria que padecen en su región. Una comisión de salud decidió traer a Quibdó a 15 mujeres enfermas, todas ellas con sus hijos en brazos. Claudia tiene en brazos a su pequeño de un año, sus hijos mayores de tres y cuatro años murieron antes de llegar a la capital chocoana.
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