Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2006/12/15 00:00

Adiós al General

El funeral de Augusto Pinochet demostró que los militares siguen siendo un poder independiente en Chile y que las heridas de esa sociedad no han sanado.

El general Augusto Pinochet Ugarte, quien falleció el pasado 10 de diciembre. (Fotos: AP)

Esta vez, como otras, Augusto Pinochet se había recuperado milagrosamente tras conseguir ventajas judiciales. Pero el domingo no contó con la misma suerte. Tras duras maniobras por sostenerlo con vida, el médico Ignacio Vergara informó que el corazón del más siniestro de los dictadores del Cono Sur había dejado de latir a las 2 y 15 de la tarde.

Vergara contó días más tarde que Pinochet había despertado esa mañana de tan buen ánimo que preguntó si podía volver a casa y mandó comprar flores para su esposa, que cumplía 81 años ese día. Al medio día el general se levantó y se bañó. Pero casi de inmediato le comenzó una angina de pecho que se complicó y lo mató. Su deceso fue tan repentino, que los periodistas de los medios internacionales enviados para cubrirlo se habían devuelto a sus países. También sorprendió al gobierno, que aliviado por la mejoría había postergado la discusión sobre el tipo de funeral que autorizaría.

Quedó al descubierto la profunda división que la figura de Pinochet marcó en la sociedad chilena. Mientras sus adherentes lo llamaban héroe, vencedor, salvador de Chile y, como cariñosamente se les llama a los abuelitos en Chile, ‘Tata’; en el otro extremo se le llamaba asesino, criminal, ladrón y se quemaban muñecos con su figura.

Lo mismo ocurría en la clase política, donde el Ministro del Interior dijo que “Pinochet pasará a la historia como un dictador que violó los derechos humanos y se enriqueció”; mientras que sus ex miembros de confianza lo describían como un hombre “patriota” con “vocación de servicio y visión de estadista”.

Internacionalmente, la noticia fue recibida con beneplácito, aunque algunos se quejaron de que la justicia nunca hubiera condenado a Pinochet por crímenes contra la humanidad. La más sorprendente declaración fue la de la Casa Blanca, que apoyó el golpe contra Salvador Allende y al gobierno militar durante 17 años: “La dictadura de Augusto Pinochet en Chile representa uno de los períodos más difíciles en la historia de ese país. Nuestras oraciones están hoy con las víctimas de su régimen y sus familiares”.

Su historia

¿Pero quién fue Augusto José Ramón Pinochet Ugarte? Nacido en Valparaíso el 25 de noviembre de 1915, provenía de una familia sin fortuna ni linaje. Optó por la carrera militar influido por su madre, Avelina Ugarte, como medio para ascender socialmente. En enero de 1943 contrajo matrimonio con Lucía Hiriart Rodríguez, mujer de carácter fuerte que sería fundamental en su carrera. Tuvieron cinco hijos, Lucía, Augusto, Verónica, Marco Antonio y Jacqueline.

Considerado por su biógrafo Gonzalo Vial como “un segundo hombre ideal, disciplinado, obediente, cumplidor, pero sin vuelo propio” , era descrito por sus compañeros de la academia militar como un sujeto intelectualmente simple.

Durante el gobierno de Salvador Allende su carrera sufrió un vuelco, pues no aparecía como un oficial marcado por la polarización política. Su ambigüedad lo hizo confiable para todos los sectores, especialmente para el gobierno. Su aparente lealtad se afianzó durante el intento de golpe de estado del 21 de junio de 1973, cuando como comandante de la Guarnición de Santiago actuó junto al general Carlos Prats contra los sublevados que rodearon el Palacio de La Moneda. Desde entonces el presidente Salvador Allende lo consideraría un oficial constitucionalista. El 23 de agosto de ese año, aconsejado por el general Prats, lo confirmó como Comandante en Jefe del Ejército. Grave error. Con una crisis política aguda, más la abierta intervención norteamericana, la experiencia marxista por la vía democrática terminaría trágicamente. El 9 de septiembre Pinochet se plegó a los generales golpistas y dos días después encabezó la acción de fuerza contra el gobernante a quien había jurado lealtad y quien murió en los hechos.

La dictadura militar encabezada por Pinochet impuso a sangre y fuego en pocos años un modelo económico que en el resto del mundo, impulsado por métodos democráticos, ha demorado décadas en afianzarse. Miles de desaparecidos y ejecutados, decenas de miles de prisioneros políticos y torturados, centenas de miles de exiliados, tasas de cesantía de alrededor del 30 por ciento y de pobreza superiores al 40 por ciento fueron las ‘bajas’ de la guerra desatada por Pinochet y mediante la cual dio forma al Chile moderno que sus partidarios alaban.

Diecisiete años duró en el poder, y durante los diecisiete años siguientes la gobernante Concertación de Partidos por la Democracia ha tratado de recomponer la fracturada unidad nacional. Al parecer había logrado cierto éxito, al costo de dilatar los juicios contra los violadores de los derechos humanos, e incluso se sostenía por todos los sectores políticos que las fuerzas armadas habían vuelto a ser profesionales y a no intervenir en la política contingente.

Pero los funerales de Pinochet mostraron que estos avances eran solo formales. En forma inédita, el Comandante en Jefe del Ejército se saltó el conducto regular y se dirigió a la residencia de la presidenta para hacer exigencias respecto al carácter del funeral. Pero Michelle Bachelet fue firme: no habría ni duelo nacional, ni banderas a media asta, ni funerales de Estado; el Ejército le haría un funeral correspondiente a un ex comandante en jefe y se le autorizaba a izar las banderas a media asta en sus recintos.

La ceremonia se realizó en la Escuela Militar del General Bernardo O’Higgins, al cual accedieron unos pocos miles de partidarios. A la hora de los discursos llamó la atención el de uno de sus nietos, el capitán de ejército Augusto Pinochet Molina, que vestido de uniforme justificó el golpe de estado, el uso de las armas y acusó de persecución al poder judicial por los procesos contra Pinochet, diciendo que “La batalla fue más dura en su vejez”. Cuando terminó se produjeron prolongados aplausos de los civiles y uniformados que lo escuchaban.

El gobierno y los sectores políticos reaccionaron contra este pronunciamiento político de un oficial y lo consideraron una falta a la disciplina que, a los pocos días, le causó ser expulsado del ejército. Pero hicieron oídos sordos frente al discurso central del acto, el del comandante en jefe del ejército Óscar Izurieta, que también justificó el golpe de estado, defendió la acción de la dictadura y eludió pronunciarse sobre las violaciones de los derechos humanos. Todos conocían la posición del ejército al respecto, dijo.

A pesar que la presidenta Bachelet, en conferencia de prensa extraordinaria, intentó explicar a la prensa internacional que lo sucedido no era más que la expresión residual del pasado, y de paso lamentaba la violencia de sectores derechistas contra los periodistas, los funerales del ex dictador pusieron de relieve que el pinochetismo, como filosofía de ejercicio del poder, sigue vivo en Chile y que a los sectores democráticos les espera una ardua tarea, si es que se plantean erradicarlo.

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