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| 5/23/2004 12:00:00 AM

Al oído de los negociadores del TLC con Estados Unidos

El representante Guillermo Rivera propone algunas soluciones para que las bondades del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos se hagan sentir en la economía colombiana.

El pasado martes 18 de mayo se iniciaron formalmente las negociaciones del Tratado de Libre Comercio entre nuestro país y Estados Unidos. Desde hace algún tiempo se escuchan advertencias sobre lo que significará para Colombia la suscripción de este acuerdo comercial, y quizás el común denominador de estas opiniones es el carácter extremo de sus apreciaciones, que van desde quienes consideran que será la puerta de entrada a la prosperidad, hasta aquellas voces apocalípticas que encuentran en el TLC la debacle de la economía nacional. Lo cierto es que resulta irresponsable atreverse a señalar presagios en uno u otro extremo, es decir, aquí no es blanco o negro, simplemente son diversos matices de grises cuya intensidad dependerá de la manera como se negocie y como nos preparemos para la puesta en marcha de este tratado comercial.

Aclarado este primer mito de los extremos conviene aclarar otro: el de la inconveniencia de negociaciones entre economías asimétricas. Si esto fuera cierto, ninguna economía de un país en vías de desarrollo celebraría acuerdos comerciales con países desarrollados. Por el contrario, las economías de los países pobres, en su propósito de consolidar su vocación exportadora, requieren reconocimiento en mercados con capacidad adquisitiva, de una parte, y de otra, las asimetrías pueden expresarse también en términos de complementariedad, que a su vez da lugar a la optimización de las ventajas comparativas. Aún más, los países de mayor apertura comercial registran mayor crecimiento económico que aquellos de menor apertura. Evidentemente, el mercado de Estados Unidos resulta atractivo para nuestros productos y algunos de estos a su vez tienen ventajas comparativas significativas que requieren ser potenciadas en la negociación.

Sin embargo, más allá del desenvolvimiento de ésta hay que pensar en alternativas inmediatas para conjurar nuestras limitaciones fiscales y desarrollar inversiones orientadas al mejoramiento de nuestra infraestructura productiva. Por ejemplo, nuestras vías de comunicación, nuestra infraestructura portuaria y aeroportuaria tienen serias limitaciones para enfrentar este gran desafío de comercio exterior. Además, la nación pasa por un déficit crónico de inversión derivado de la estrechez fiscal. Evidentemente, el Plan 2.500 kilómetros y el programa de aeropuertos comunitarios no son suficientes para que Colombia afronte con lujo de instrumentos el reto del comercio exterior; es más, pareciera que no se han concebido las pocas inversiones existentes en materia de infraestructura frente al futuro del comercio exterior.

Así las cosas y atendiendo los problemas fiscales que nadie desconoce, valdría la pena insinuarle respetuosamente al equipo negociador la exploración de alternativas para abrir, en el marco de la negociación formal comercial, un acápite de ayuda o compensación para el desarrollo orientada a promover la inversión en infraestructura de transporte terrestre, aéreo y marítimo. Por ejemplo, solicitar la creación de un fondo de compensación destinado a la optimización de nuestra infraestructura productiva, o estímulos tributarios en Estados Unidos para quienes inviertan en zonas deprimidas de la geografía nacional.

Ejemplos como los anteriores podrían hacer parte del menú de estrategias de la negociación, que a nuestro modo de ver debería ser entendida en un marco de reciprocidad que trascienda lo comercial y se ocupe también del desarrollo.

*Representante a la Cámara
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