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| 12/26/2004 12:00:00 AM

Ángeles clandestinos

Joan Manuel Serrat

Está Albéniz escondido en tu voz
y una guitarra tiembla en el sexo de tu melodía
¿Fue Machado el maestro iniciático
o la herida de una ausencia? Serrat
compañero de ciertas noches de fiebre
mientras escribo o me duelen los sueños del amor

En el escenario el ángel que te vive
incinera sus alas de fuego
en cada una de sus voces terribles
con fuerza de tormenta amorosa y dolida

Querido Joan Manuel hay un fluido eterno en tus palabras
tal un río que atraviesa estaciones del alma
dejando en cada paso una lágrima y un beso



YO conocí a Raúl en Bogotá. Él acudía a mis conciertos en el Jorge Eliécer Gaitán. Recuerdo que me esperaba raba a la entrada del estacionamiento que había en la parte de abajo del mismo teatro, ¡asustando al personal! Porque realmente, a pesar de ser una persona de una gran ternura y una gran sensibilidad, ni su aspecto ni a veces sus modos inspiraban confianza. Así que yo llegaba al Jorge Eliécer Gaitán, me lo encontraba allí esperándome, lo metía conmigo al teatro y nos sentábamos a conversar un rato. Y luego pasaba a escuchar el concierto.

Me contaba cosas de su vida, sus tratos y maltratos con la vida. En alguna ocasión me traía algún libro o me traía algunos papeles deshilvanados que había escrito. A veces versos sin completar... Siempre con aquel entusiasmo que le caracterizó en sus momentos altos.

Después nos volvimos a encontrar en Cartagena, en el Festival de Cine de 1992. Yo fui como jurado. Y el primer día que llegaba me lo encontré allí, con un par más de poetas marginados colombianos. Se me vino encima con toda aquella fuerza, con esa energía que arrastraba. Esa vez lo vi ya bastante desmejorado, muy dejado, desdentado... Me contó que había empezado a ingresar y que estaba entrando y saliendo de hospitales y tratamientos.

Quedamos en encontrarnos al día siguiente. Me llevó a su pensión, que no recuerdo dónde era. Cada vez que he vuelto a Cartagena he intentado localizarla, pero no he dado con ella. Me acuerdo de que era encima de una de esos lugares que los colombianos llaman "tienda", donde venden absolutamente de todo. Subimos arriba. Raúl vivía en un estado más allá de la pobreza. Pero nunca me pidió nada absolutamente. Él era feliz con que estuviéramos juntos y habláramos. De regalo me acuerdo que me entregó un par de libros, entre los que estaba ese en el que había un poema que había escrito para mí. Se nos fue la tarde ahí, tomándonos una pepsi-cola que compartimos y charlando.

A mí me angustió bastante su situación. Pero él se empeñaba mucho en no dar la impresión de toda la marginalidad en la que estaba sumido. Estaba ya en una situación muy ondulante. Su estado de ánimo subía, bajaba, subía... Pasaba de la euforia a la depresión muy de repente. Se veía que no solamente estaba desdentado y maltrecho, sino que estaba herido en el alma.

No volví a Cartagena hasta el año 98 o 99, y entonces ya me enteré de que había muerto. Entre Raúl y yo no había unos

amigos interpuestos que permitieran el contacto. El contacto que tuvimos fue siempre directo. De alguna manera la gente que podía estar cerca de él, si es que la había, no tenía contacto conmigo ni yo tenía gente cercana que tuviera contacto con él. O sea, que siempre nuestra relación fue directa absolutamente y fruto de buscarnos y de encontrarnos. Por eso no había nadie que hubiera podido advertirme de su muerte.

Unos años más tarde recibí un ejemplar de El esplendor de la mariposa que le había entregado para que me lo hiciera llegar a alguien que fue a visitarlo al Hospital San Pablo. Me había escrito esta dedicatoria,

CARTAGENA MAYO II / 96

  Mi muy querido Serrat. Desde que nos vimos en
C/gena su presencia humana y artística ha crecido
en admiración y cariño en mi vida. Hace poco pude
soñar con "Utopía" la alegría de ser su amigo cerca-
no y fiel. Con José Antonio de Ory le envío una re-
ciente edición de mi obra que ojalá le agrade.

  Sus canciones (de todos los tiempos) siguen pro-
vocando mi emotiva admiración.

Contigo canta el Español.
Escríbeme unas palabras, sí? A
Raúl Gómez Jattin
Calle Don Sancho
Cartagena-Colombia

Un beso en la mano de
  RAÚL


Raúl era uno de esos grandes artistas que da la impresión de que hace falta que se mueran para que alguien les trate bien.

La relación que tuve con Raúl es una exaltación de la amistad, y además de una amistad absolutamente desinteresada, de una pureza absoluta. Normalmente uno es amigo de los amigos pero en este caso ni yo conozco ningún amigo de Raúl ni el conocía ningún amigo mío, y en cambio él y yo éramos amigos.

Es una persona que recuerdo con mucho afecto, porque para mí fue un hombre muy tierno. Y conservo con mucho cariño todo su trabajo. Era un poeta magnífico, distinto, inestable y muy maltratado por la vida. Este es uno de esos casos en los que realmente la cara no es el espejo del alma ni mucho menos. El aspecto que tenía Raúl a la gente que no lo conocía podía darle miedo, y sin embargo era todo lo contrario. Para mí fue todo lo contrario.

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