Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2008/02/26 00:00

Apoteósica despedida de Rincón

Se cortaron ocho orejas, hubo dos indultos, una plaza llena, una tarde primaveral y un público que salió de la plaza feliz por lo vivido, pero triste por el retiro del maestro César Rincón.

César Rincón toreó para un público que emocionado aplaudía y entonaba en coro su nombre.

Todas las condiciones estaban dadas para la corrida de la despedida del matador colombiano César Rincón. La boletería se había vendido en su totalidad con un mes de anticipación. Y estas se dieron con creces pues el matador colombiano les cortó cinco orejas a sus últimos toros en su vida taurina, su alternante el maestro Enrique Ponce, hizo otro tanto, al indultar al primero que le correspondió en suerte y el encierro de Las Ventas del Espíritu Santo, bien presentado, cumplió y dos de sus toros fueron indultados.

César Rincón
El matador colombiano se levantó el domingo 24 de febrero con dos sentimientos encontrados. Tristeza porque iba a lidiar su última corrida y al mismo tiempo feliz, pues de ahora en adelante podrá dedicarle más tiempo a su familia. Y la verdad es que llegó a la plaza con una disposición y una ganas de torear impresionantes. A su primer ejemplar con el que se abrió la tarde, un toro negro de 447 kilos, lo recibió con cinco lances a la verónica y una chicuelina para dejarlo en todos los medios. Posteriormente una faena de muleta con pases de todas las marcas también en el centro del ruedo. Mató de una estocada un tanto contraria y posteriormente un descabello certero. Para cortar la primera oreja de la tarde.

Pero lo grande vendría con el tercer ejemplar, de nombre Plebeyo y que pesó 440 kilos. Por delantales, verónicas y chicuelinas lo llevó a los medios de la plaza. Luego lances a la cacerina, en homenaje al fallecido Pepe Cáceres, que iban presagiando algo grande. Y efectivamente, citando a más de 20 metros, le ligó una faena de antología con pases hondos y profundos y como el toro iba y venía metiendo la cabeza y humillando el maestro lo aprovechó, dándose gusto él y dándoles gusto a los aficionados que de manera frenética comenzaron a pedir el indulto del toro, mientras Rincón se deleitaba toreando con temple y profundidad. El palco presidencial, al ver más de 13 mil aficionados, que pedían con su batir de pañuelos el indulto, se emocionó y efectivamente le perdonó la muerte a Plebeyo. El maestro recibió las dos orejas simbólicas, aseguraba su salida por la puerta grande, y recibió la montera de su padre, Gonzalo Rincón, a quien le había brindado, con un fuerte abrazo, la faena.

Su tercer toro en suerte, infortunadamente, se malogró una de las patas delanteras, por lo cual , Rincón, sin demora, lo despachó de estocada entera, un tanto cabizbajo se retiró al callejón. No obstante, por solicitud del respetable, ofreció regalar el toro sobrero, al cual, igual que sus dos oponentes anteriores, embistió con bravura para instrumentarle otra faena de antología, ante el delirio de los aficionados, que al grito de César, César, César, lo acompañaron hasta el final de la faena. En público pidió las dos orejas, que en realidad era para una sola, pero la presidencia para no aguar la fiesta accedió y le concedió los dos auriculares. En hombros de sus compañeros dio varias vueltas al ruedo en medio de las lágrimas que le corrían por su mejillas por la emoción y el júbilo que sentía al saber que era su última corrida. En fin, una corrida apoteósica para un torero que le dio grandes satisfacciones a los aficionados taurinos y que con seguridad lo añorará por muchísimo tiempo. Adiós al maestro.

Enrique Ponce
Son tantas y tantas las cosas que se han dicho sobre este maestro valenciano, que se agotan los elogios y adjetivos para hablar sobre su forma de interpretar el toreo. Pues el domingo efectivamente volvió a dictar cátedra al lidiar los toros que le correspondieron en suerte. Sobre todo, con Desaparecido, un toro negro de 447 kilos, que metía la cabeza y humillaba de manera espectacular y que por suerte vino a dar a las manos de Ponce, quien de manera magistral mostró todo su magisterio con naturales con una quietud y una hondura y de manera desmayada llevaba y traía al toro con una muleta que parecía imanada. Pases largos, con sentimiento, inconmensurables. Repito, se agotan las palabras para describir lo que nos hizo vivir este diestro español. Y claro, el público, de nuevo, con su batir de pañuelos pidió el indulto que esta vez sí de manera justa concedió el palco de usía.
 
Posteriormente, al cuarto de la tarde, de 469 kilos de nombre Fortunita, de embestida brusca y descompuesta se le vio de una manera muy poco usual en él. Se pegó una arrimada impresionante, pues puso su cuerpo a milímetros de los pitones para obligarlo a embestir ya que al salir de cada pase lanzaba unas tarascadas peligrosas. Pero Ponce, sin arredrarse, ya en el límite de lo imposible, con la gente de pies, pues se veía una cornada, salió airoso y con el pecho por delante para recibir las más clamorosas de las ovaciones. Es decir, salió como dicen los españoles “a por todas” y no se dejó ganar la ‘pelea’. Al final de la corrida ya con la oscuridad de la noche, salió en compañía de Rincón por la puerta grande, valga la redundancia, como un grande, en hombros de los aficionados, quienes al igual que con Rincón, fue despedido con el grito sonoro de 13 mil aficionados: “Ponce, Ponce, Ponce”.

Termina de esta manera de manera apoteósica la temporada bogotana, en la que hubo de todo. Agradecer de manera especial a la Corporación Taurina de Bogotá, en especial a Felipe Negret, la colaboración prestada a este cronista y a la expectativa de lo que será la temporada del año entrante. Hasta entonces.




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