Miércoles, 18 de enero de 2017

| 2004/02/15 00:00

AQUÍ IVO DIAZ EN "EL BOZAL".

AQUÍ IVO DIAZ EN "EL BOZAL".

AQUÍ IVO DIAZ EN "EL BOZAL".

Las peculiaridades provenzales se repiten en el mester de juglaría español durante los dos o tres siglos siguientes. Pero lo asombroso, como venimos diciendo, es que volvemos a encontrarlas en América a partir del siglo 16 y se prolongan, ahora con éxito comercial formidable, en los juglares de nuestra música vallenata. Tanto entonces como ahora, resulta imposible imaginar a los grandes juglares sino en permanente movimiento. Consta que los medievales recorrían grandes tramos de Europa.

En cuanto a los del litoral colombiano, oigan ustedes lo que contó a un periodista Alejo Durán, el gran cantor de El Paso, que a la sazón pertenecía al departamento del Magdalena y hoy forma parte del Cesar: "Casi siempre andábamos mal andados por los caminos de esa época, que eran muy pesados. Muchas veces ni los burros ni los caballos querían andar. Cuando uno salía en correduría, sabía cuándo se iba pero no cuándo regresaba".

El amor fue tema central de los trovadores y juglares entre los siglos once y catorce, y sigue siéndolo en los cantos que componen e interpretan los del folclor del Valle de Upar, el río Magdalena y las sabanas bolivarenses. Eso así, cada quien lo siente y expresa a su manera. Hace setecientos años, el caballero enamorado prometía seguir a su amada en un brioso corcel hasta el fin del mundo. Ahora, Calixto Ochoa anuncia a su querida Diana que está dispuesto a convertirse en un submarino para buscarla en el mismísimo fondo del mar. Oigamos esta desesperada canción de amor trovadoresca, interpretada por Alvaro Meza y cantada por Penyi Castro:

AQUÍ "Diana" POR ALVARITO MEZA

De modo, pues, que transido de amor y en ambiente de correduría, surge el canto popular castellano, que es como decir la poesía popular castellana, que es como decir la poesía castellana. En otros términos: la literatura española. O, en mejores palabras, nuestra literatura.

Según algunos autores, El cantar de Mio Cid, poema insignia de las letras hispánicas, nació para ser difundido por la tradición oral de los juglares ante los auditorios rústicos. No es distinto el propósito de "El amor amor", aquel vallenato que hace pocos minutos alegró los adustos bronces de esta ilustre casa. Muchos cantares de gesta y numerosos romances tuvieron igual origen e igual destino. Faltando epopeyas que relatar, la crónica vallenata ha sido mucho más cotidiana y lugareña.

¿Qué hechos relataban los juglares colombianos en sus corredurías? Pues aquellos que eran fuente de sorpresa, tristeza o alegría en otros rincones de la región. Podía tratarse de la fuga de una muchacha con su novio, de la llegada de un personaje curioso, del fallecimiento de algún amigo o, incluso, de un robo memorable. De ahí que el gran Rafael Escalona haya dicho alguna vez, en precisa definición, que "el vallenato, como el bostezo, se transmitió de boca en boca". En relación con Escalona y robos históricos, es este el tema, justamente, de "La custodia de Badillo", una risueña crónica del gran trovador patillalero (SI ESTÁ EN EL SALON, SALUDARLO). Aquí lo canta Penchi Castro con el acordeón de Alvaro Meza.

INTERPRETACION DE "La custodia de Badillo". MEZA:

Cada tiempo determina el alcance y contenido de su propia crónica, desde las llanuras manchegas hasta Badillo. Pero las similitudes no solo residen en la poesía de alcance épico, sino también en las canciones llenas de gracia y de picardía. No podría citarse mejor ejemplo en ese campo que Juan Ruiz, arcipreste de Hita por vocación, y juglar religioso o goliardo por afición. Según palabras de Menéndez Pidal, "escribió muchas cánticas para toda clase de juglares y en especial para escolares que andan nocherniegos". Todas sus obras de juglaría se perdieron, pero nos quedó uno de los mayores tesoros de nuestra literatura: el Libro del Buen Amor. En una de sus páginas se encuentra la descripción de un festín de instrumentos, olores, colores y amores que con pocos cambios podría leerse como la crónica de una parranda en un patio de Valledupar.

No nos extendemos en más detalles sobre la influencia de la juglaría en la temprana literatura española, pero puede decirse que toca desde el mester de clerecía -con su árida métrica de la cuaderna vía y su tonto desdén por los juglares, según lo atestigua El Libro de Alexandre-- hasta las más populares formas de crónica cantada y trashumante, como los famosos cantares de ciego, que aún sobreviven en algunas ferias aldeanas de España. Cómo dejar de observar, a este respecto, que varios de nuestros más notables trovadores y juglares costeños son ciegos, empezando por el inmortal Leandro Díaz y su gemelo Urbano, y prosiguiendo con Alcides Manjarrés y su hermano, grandes copleros e improvisadores; o Lucy González, que pasó a la historia como "la cieguita de Ciénaga de Oro". En la cultura citadina colombiana todavía es típico, a pesar de los Tansmilenios, los colectivos y los ejecutivos, el pobre ciego que canta en el bus.

Como lo era, aunque pleno de vista y a principios del siglo XX, el trovador y juglar bolivarense Jorge Sobrino Caro, a quien el periodista Aníbal Esquivias Vásquez definió como "un cronista musicalizante" que interpretaba con su guitarra "millares de crónicas rimadas de las cosas de Cartagena". O como lo fueron los cultores caribes de la décima, aquella métrica de rancio origen español que encontró espléndidos cultores, algunos de ellos analfabetas, en Toño Fernández, Cico Barón o Julio Gil Beltrán.

A imitación de una gran feria, por el carnaval juglaresco y trovadoresco medieval desfilan toda suerte de cantores: condes enamorados, taberneras de rompe y rasga, frágiles poetas, musas pudorosas, frailes goliardos, humildísimos cazurros, instrumentistas, danzarinas, saltimbanquis, empleados públicos, mendigos genuinos y de los otros y hasta poderosos patriaarcas. Pues, como resumió nuestro señor Don Quijote, "todos los más caballeros eran grandes trovadores".

Es también abigarrado y rico el mundo del trovador y el juglar vallenato, del cual forman parte por igual el vaquero pero también el dueño de la vaca; el aparcero y el dueño de la tierra; pastores, , canoeros, músicos de casa dudosa, acordeoneros de la legua, galleros nómadas, cantoras, guitarristas trasnochados, grandes señores --como algunos que hoy nos honran con su presencia-- y, desde hace cuatro o seis lustros, estrellas internacionales del paseo y el merengue y hasta tratadistas de esa moderna e intricada ciencia que inventó la inolvidable Consuelo Araújonoguera y que se conoce como vallenatología.

No pretendemos decir que entre el mester de juglaría español y el colombiano existe un paralelo absoluto. Sería absurdo afirmarlo cuando entre ambos fenómenos se han registrado profundos cambios históricos y una honda revolución tecnológica en los medios de comunicación. Tampoco se nos podría ocurrir la osadía de igualar lo que significó aquel para las letras castellanas, a las que propina el empujón de salida, y lo que representa el vallenato, cuya presencia debe tasarse más bien en sus aportes a los valores folclóricos y en la creación de una poesía a la vez popular y tradicional, empleando los términos que definió Menéndez Pidal en su estudio sobre los romances de América.

Al mismo tiempo, no cabe duda de que la imaginería del canto vallenato ha contribuido a la creación de ese mundo habitado por episodios maravillosos pero reales que García Márquez elevó al mito de Macondo. La deuda de nuestro Premio Nobel con el universo poético, humorístico y fantástico que ya habían empezado a amasar los cantos vallenatos ha sido reconocida de manera pública y vehemente. ¿De dónde, si no de esta fuente, toma García Márquez la arcilla para modelar personajes y episodios que quebrantan risueñamente las leyes naturales y se acogen a todos los anacronismos sin que nadie se mosquee? De allí que el propio autor, en un acto de justicia que honra por igual a él y a nuestros juglares, haya declarado que Cien años de soledad "no es más que un vallenato de 350 páginas".

En su imaginería aparece un gitano que asombra a Macondo con sus imanes. Pero podría haber surgido también, por ejemplo, un mago que lee solícito la palma de las manos a las mujeres y de vez en cuando obra en ellas el prodigio de un descendiente. Tal es la historia picaresca de "El mago del Copey" que contó en un paseo del maestro Luis Enrique Martínez. Lo vamos a oír en la versión de Ivo Díaz y el Cocha Molina

AQUÍ "EL MAGO DEL COPEY". COCHA E IVO.

Podríamos seguir enunciando las semejanzas, algunas asombrosas, entre la juglaría medieval hispánica y la vallenata del último siglo y medio. Sería el momento de destacar, por ejemplo, el ambiente de mestizaje que propicia el nacimiento de una y otra. Hace 700 y 800 años España aún conservaba la influencia cultural de sus antecedentes latinos y góticos, y la mezclaba con las fuerzas de dominación procedentes de la otra orilla del Mediterráneo. La costa atlántica, a su turno, se enriquecía con la combinación triétnica representada por el acordeón europeo, la caja africana y la guacharaca indígena.

Habría muchas más características comunes entre los dos mundos que comparamos, como la frecuente tendencia en ambos de encabezar sus poemas con un llamado que indica su vocación de auditorio, al estilo de "Es una historia que, es una historia que les voy a referir porque es sentimental" o "Señores, les vengo les vengo a contar la gente que habita en Tocaimo". También que se dirigiera a una persona específica, como la "bella Odette" entonces o el "compadre Ramón" ahora. Pero la prudencia aconseja que empecemos a recoger velas. Tan solo robaremos un poco más de su paciencia para destacar la reproducción espontánea de los modelos de canto medievales en el repertorio vallenato.

Era común en aquellas calendas que los músicos populares acudieran a festejar las grandes ceremonias sacramentales. Así lo refiere el arciprete de Hita cuando nos informa que "andan de boda en boda clérigos y juglares" y lo confirma Menéndez Pidal cuando escribe que "la asistencia del juglar a las bodas era casi tan indispensable como la del cura" y que "también los bautizos traían derroche de juglares". Debe de ser más que una casualidad la significación que estos mismos actos tiene en la juglaría vallenata, hasta el punto de que sobre el tema de los bautizos se han escrito varias canciones. Una de las más bellas es "El bautizo", son del gran trovador sanjacintero Adolfo Pacheco. Su interpretación corre por cuenta del Rey Cocha Molina, Ivo Díaz y sus compañeros.

AQUÍ "El bautizo" por IVO Y COCHA

La muerte no podía ser ajena a los temas de inspiración de los trovadores. Ya vimos que el coro centenario de "El amor amor" propaga el refrescante mensaje de que "cuando estoy en la parranda no me acuerdo de la muerte". Sin embargo, una vez que la muerte llega con sus golpes definitivos, el poeta del siglo XV -digan ustedes don Jorge Manrique-y el del siglo XX ---por ejemplo, Juan Manuel Polo Cervantes-son capaces de convertir su corazón en elegía. No podría denominarse de otra manera el son que compuso inclinado ante el dolor que le produce la muerte de su Alicia adorada el mencionado Polo Cervantes, más conocido como Juancho Polo Valencia.

PENCHI Y MEZA interpretan "Alicia adorada"

Los tratadistas del mester de juglaría catalán denominan "sirventés d'atac" al canto que dispara dicterios contra un individuo, y las historiadoras Eli Bofia y Mariona Diumenjó advierten que con frecuencia el zaherido por un "sirventés d' atac respondía con una diatriba personal de las mismas características de estrofa, rima y melodía". A este duelo que entonces se llamó "joc partit", la tradición vallenata lo denomina "piqueria". Pero es igual. Quizás cuando el gran Emiliano Zuleta compuso "La gota fría" ignoraba que estaba escribiendo un servintesio -tal es su nombre castellano- de raigambre casi milenaria.

A modo de despedida suya, "La gota fría" -ese servintesio que dio lugar a un legendario "joc partit"-- será interpretado por los dos conjuntos que generosamente han querido acompañarnos esta noche y a los que reiteramos nuestros sinceros agradecimientos.

LA GOTA FRIA TOCADA POR AMBOS.

Señor director de la Academia Colombiana de la Lengua, estimados colegas de la entidad, queridos amigos aquí presentes: guardamos la ilusión de creer que, entre las razones que tuvo la Academia para elegirnos como miembros correspondientes, figura el interés de dar otras dos sillas al periodismo colombiano, más que a un par de reporteros en particular. En tal carácter recibimos este honor, a sabiendas de que los medios masivos de comunicación, para bien o para mal, ejercen una intensa pedagogía del idioma entre las gentes.

Ayudar a que esa influencia se manifieste en forma positiva es el ministerio que nos corresponde ahora, en nuestra doble condición de periodistas y académicos. Seguiremos, pues, defendiendo la lengua común y velando armas al pie de un gerundio. Es lo mismo que hemos hecho toda la vida, a conciencia plena de que no somos más que juglares sin música. Es decir, cronistas.

Muchas gracias.

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