Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2006/10/31 00:00

Así se rescata en Colombia

La Fuerza Pública deberá recuperar a las 3.156 personas que hoy están secuestradas en el país. SEMANA.COM explica cómo se preparan los Gaulas para rescatarlos, qué riesgos hay y las certezas de encontrarlos con vida. Los conmovedores testimonios de dos personas rescatadas, también son una prueba de supervivencia.

En el Gaula de la Policía son casi mil personas las que trabajan por la libertad de los secuestrados. (Fotos:Archivo SEMANA)

- “¿Aló?
- ¿Aló, mi amor?
- Hola papito...
- (...) Mi amor lindo, ¿cómo estás mamita?
- Bien papito.
- Mi amor, no vayas a estar triste porque tu mamita y yo te estamos cuidando mucho desde aquí. Vas a estar un tiempo con esos señores, pero no te preocupes que pronto vas a volver a la casita. Mi amor, ¿estás durmiendo en una camita?, ¿tienes comida?
- Sí papito.
- Mi amor, ¿quieres que te pase a la mamita?
- Sí papito.
(...)
- ¿Nena?, ¿mi amor?
- Hola mamita...
- Mi amor lindo, quédate tranquila que ya pronto vas a estar con nosotros..
- Mami, tengo que colgar...
- ¡Mi amor, espera! ¿Tienes calor o frío?
- Calor mamita, chao, chao...”


Esta conversación no duró más de dos minutos. Los padres destrozados de una niña en manos de un grupo ilegal tuvieron que respirar profundo para hablar en calma y sin llorar. Fue la primera llamada que los secuestradores hicieron a su familia como prueba de supervivencia de la menor, y también fue la primera interceptación de las autoridades que después intentaron descifrar las palabras de la pequeña para saber su paradero.

Sus padres recibieron la asesoría necesaria para obtener información de la niña sin poner en peligro su vida. No se podía perder ni un minuto con ella y las preguntas debían ser concretas e inteligentes. Fue así como las respuestas indicaron que, al parecer, la pequeña se encontraba en una casa de clima caliente al cuidado de varias personas.

Llamadas como estas son interceptadas frecuentemente por los grupos antisecuestro que a diario buscan a los 3.156 secuestrados que hay en Colombia. Pero si antes la tarea se hacía al pie de la letra con el rigor que requiere el cuidado de una vida humana, ahora lo será más tras la decisión del presidente Álvaro Uribe Vélez de romper con los acercamientos para un intercambio humanitario con las Farc y ordenar el rescate por la vía militar de todos los secuestrados.

La decisión ha sido bastante criticada. Hay precedentes nefastos que demuestran el altísimo riesgo de un rescate sorpresa. La periodista Diana Turbay murió en manos de narcotraficantes cuando intentaba ser liberada cerca de Medellín, en 1991. Al año siguiente la Procuraduría destituyó a dos oficiales de la Fuerza Élite de la Policía y sancionó a otros dos por haber actuado de manera irregular en esta operación. Hace cinco años, mientras tropas militares buscaban en el Cesar a los secuestradores de la Ministra de Cultura Consuelo Araújonoguera, sus captores (pertenecientes a las Farc) la asesinaron. Y hace tres años ocurrió algo similar en Urrao cuando los guerrilleros mataron a sangre fría a Guillermo Gaviria, gobernador de Antioquia; a Gilberto Echeverri, Consejero de Paz; y a ocho militares que tenían en cautiverio desde hacia un año. Los subversivos les dispararon tan pronto escucharon las aspas de los helicópteros de la tropa que intentaba rescatarlos.

En términos cualitativos, estas muertes son casi marginales al lado de los rescates exitosos que han logrado las autoridades. De acuerdo con las Fuerzas Militares, en 2006 fueron rescatadas 182 personas y el año pasado se logró la libertad de 232 víctimas de este delito. “El cien por cien de las operaciones han arrojado excelentes resultados porque lo hacemos con tropas especializadas que se han preparado por años, -explica el comandante de las Fuerzas Militares, general Fredy Padilla de León-. Ahora se priorizan estas acciones y se destinan más recursos por orden presidencial, pero los colombianos pueden estar tranquilos de que estamos buscando a todos los secuestrados, sin importar su condición”.

Las cifras del Gaula de la Policía también son positivas. Este año se han rescatado 96 personas; han quedado libres siete secuestrados por presión de las tropas; y se han capturado 481 secuestradores. No ha habido un solo muerto durante una acción policial.

Pero el impacto que genera en la opinión pública muertes como las anteriormente mencionadas aún repercute en las cabezas de los colombianos. Nadie quiere que esto suceda, por ejemplo, con los más de 600 rehenes que tienen las Farc escondidos en la selva.

Días de entrenamiento

La explosión de un carro bomba en la Universidad Militar de Bogotá el pasado 20 de octubre provocó una durísima reacción por parte del presidente Uribe. Al otro día, el enérgico discurso pronunciado en la Escuela Superior de Guerra ratificado luego en otras ciudades del país con la misma vehemencia, dejó en claro que las cosas no volverían a ser iguales. Ahora, la prioridad será el intento de rescate por la vía militar. Las marchas de protesta encabezadas por los familiares de los secuestrados no se hicieron esperar. Las encuestas, los noticieros de radio y televisión, los columnistas de opinión y varias ONG daban cuenta de la desconfianza frente a esa decisión presidencial.

A primera vista, estas críticas estaban fundamentadas en la aparente “intolerancia” del Presidente frente a las Farc, toda vez que ni siquiera la Fiscalía General había confirmado (y hoy sigue sin confirmar) si este grupo guerrillero fue el autor del atentado. Por eso todos los juicios se vinieron de frente contra el Gobierno y el temor de ver nuevamente cadáveres empacados en bolsas era el único referente que tenían los colombianos de un rescate militar.

Pero una cosa es la polémica entre decidir por un acuerdo humanitario y un rescate militar, y otra la manera como los grupos antisecuestro realizan estas operaciones. Hoy Colombia recibe entrenamiento en escuelas especializadas de Estados Unidos, Francia e Inglaterra, y al mismo tiempo grupos como el Gaula de la Policía entrena funcionarios de Brasil, Venezuela, Ecuador, Trinidad y Tobago, y Paraguay.

Además, las cifras destinadas a cada unidad antisecuestro son las más altas en seguridad y defensa. Para este año, los Gaulas Militares tuvieron un presupuesto de casi 12 mil millones de pesos. El Gaula de la Policía gastó casi 14 mil millones. La Unidad Nacional contra el Secuestro y la Extorsión de la Fiscalía gastó algo más de 4 mil millones. Y la Subdirección Antisecuestro del DAS tuvo un monto similar.

“Lo que menos tenemos es inexperiencia y si se traza un plan de rescate es porque tenemos la información suficiente para hacerlo. Es obvio que el riesgo de muerte para la víctima y los rescatistas existen, pero la minuciosidad con que se ejecuta la acción hace posible resultados como los que tenemos”, dijo a SEMANA.COM un oficial de la Dirección de la Policía que prefirió mantener su nombre en reserva.

Grupos del DAS, el CTI, la Policía y el Ejército tienen guías específicas para ejecutar una operación de rescate. Inexplicablemente, entre sí no se comparten información, pero tienen directrices similares para realizar una operación antisecuestro.

Aquí el trabajo es metódico y sin dejar nada al azar. “Cuando se conoce el hecho los familiares de la víctima deben interponer una denuncia oficial y autorizar para que nosotros intercedamos. Luego se hace un trabajo de inteligencia con la ayuda de empresas de telecomunicaciones (para la interceptación de teléfonos); se buscan testigos; se hacen retratos hablados y se designa a un miembro de la familia como negociador con los secuestrados. Trabajamos con infiltrados, rastreamos el sitio donde se encuentre, analizamos las prueba de supervivencia y comenzamos a presionar. Si esa presión surte efecto y los secuestradores dejan libre a su víctima, frenamos nuestro trabajo. De lo contrario, si la familia autoriza, procedemos a rescatar”, aclara un funcionario del Gaula de la Policía que pidió la reserva de su nombre.

Aunque el paso a paso que describen las autoridades es fácil, es obvio que su práctica es cuestión de vida o muerte. No es lo mismo buscar la libertad de un ganadero que está en poder de 20 guerrilleros de las Farc en una finca del Cesar, que romper los anillos de seguridad en una selva del sur del país donde hace cuatro años permanece cautiva la candidata presidencial Íngrid Betancourt.

¿Surtirá un efecto positivo la presión del Presidente sobre la Policía y el Ejército? ¿Habrá una cadena de liberaciones que le muestren al país que Uribe tenía razón? Las respuestas son difíciles porque la guerra es el terreno de la incertidumbre. Sin embargo, hay certezas: allá, en lo profundo de la manigua y entre asfixiantes cambuches, posiblemente los secuestrados están rezando para que ocurra algo que les devuelva la libertad; los familiares de los secuestrados rezan para que sus familiares no sean devueltos en bolsas negras; y miles de miembros de la fuerza pública, en cualquier rincón de Colombia, se acercan ahora sigilosos a un sitio en donde esperan gritar: “Tranquilo, tranquilo, venimos a liberarlo”.

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