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| 10/4/2007 12:00:00 AM

Así es el trabajo humanitario más peligroso del mundo: los ‘desminadores’

El riesgoso oficio es resultado de la degradación del conflicto armado en Colombia. Anzola, un soldado que se dedica a la destrucción de minas antipersona le contó a Semana.com su increíble historia.

‘Anzola’, reza la aplicación de su uniforme militar. Jeison Andrés, se llama. Es un soldado profesional de 29 años, de los cuáles lleva cinco dedicados al Ejército Nacional. Su misión es ‘desminar’, quitar las funestas trampas de la guerra que dejan sin vida, o sin miembros, no sólo combatientes sino también a civiles.

Anzola se inició en el Ejército prestando servicio. Luego ‘probó finura’, como él dice, y decidió hacer la carrera que lo llevaría a pertenecer al primer pelotón encargado de desmontar las minas antipersona en aras del cumplimiento de la Convención de Ottawa, suscrito por Colombia en 2001.

Desde hace dos años, Anzola ha estado en cinco de los 34 campos minados por el Ejército, para la protección de bases militares. La tarea no es nada sencilla. Se trata de explorar el terreno con un detector de metales, pisar con cuidado, mantener la respiración; cuando el bombillo o el sonido que indica la presencia de metales se enciende, parar, limpiar y marcar el punto donde posiblemente hay una mina sembrada. Luego el ‘explosivista’ se encarga de poner una carga explosiva mayor sobre la mina a fin de destruirla.

Antes de 2011, según el compromiso, deben estar destruidas las minas de las bases militares, meta difícil de cumplir si se tiene en cuenta que a la fecha sólo se han desminado cinco territorios. Sin embargo hay optimismo entre las Fuerzas Militares para poder hacerlo. Pero no hay garantía de reducir el número de víctimas debido a que la guerrilla continúa sembrándolas. El año pasado Colombia ocupó vergonzosamente el primer puesto con más de 1.000 personas que perdieron alguno de sus miembros a causa de una mina antipersona, superando a Camboya, Chechenia y Afganistán.

En esta ocasión, para Anzola, se trata de una misión humanitaria que es supervisada por la Organización de Estados Americanos, y los riesgos se reducen tratándose de minas convencionales de fabricación industrial en bases militares. Pero el soldado, de origen llanero, ya estuvo en ‘terreno’, es decir conoce la guerra de cerca. Hace más de tres años perteneció a un grupo Exde (Equipo de explosivos y demoliciones), que son los encargados de apoyar en combate las labores de desminado, es decir, cuando el Ejército encuentra un terreno que la guerrilla probablemente ha minado, ellos acuden a inspeccionar y limpiar.

Al grupo pertenecían cinco hombres de los cuáles uno perdió la vida luego de que una mina de cilindros de gas explotara y le quitara las piernas. Anzola estaba cerca, escuchó la detonación, pero cuando llegó, su amigo, con las piernas hechas jirones, se desangraba. Cuando lo subieron al helicóptero ya estaba muerto. Luego otro de sus compañeros perdió las manos mientras operaba el detector de metales. Mientras recuerda, un destello de impotencia y respeto por las minas se advierte en su mirada que hasta ahora ha permanecido impasible.

Sin embargo a Anzola le agrada su trabajo. Sabe que está haciendo algo que atenúa la barbarie del conflicto. Pero no le cuenta a su familia de qué se trata a ciencia cierta, ‘por no preocuparlos’. Cuando visita la Escuela de Ingenieros Militares, donde atienden a los ‘sobrevivientes’ y les prestan ayuda sicológica, observa sin dejar de sentir cierto grado de estupor, como quien no termina de acostumbrarse a ver a sus compañeros discapacitados. “Los saludo, les doy moral y le pido a Dios que me guarde”, dice.

Su última operación la ejecutó en la vereda Páramo Bajo del municipio de Tausa, Cundinamarca. Un equipo de 11 soldados estuvieron en una altura de 3.650 metros de altura, en la que el frío era lo menos preocupante. En algunas horas del día la niebla era espesa en la base militar y no permitía ver con claridad, por lo que se tuvo que suspender la tarea varias veces.

Después de dos meses, el 28 de septiembre, lograron destruir 178 minas bajo la supervisión de 2 oficiales extranjeros de la Junta Interamericana de Defensa y dos suboficiales de la Fuerza Aérea y el Ejército. El terreno desminado fue de 2.510 metros cuadrados, en el que las minas convivían con frailejones. Pero por tratarse de un terreno de importancia ecológica los frailejones fueron debidamente cuidados, lo que también dificultó la operación.

Anzola equipara a sus compañeros de trabajo con la familia. Entre todos, ya desminaron terrenos en Mamonal, Bolívar; la Pita, Sucre; el Bagre, Antioquia; Cerro Neiva, Huila y Tausa en el departamento de Cundinamarca. Ahora se prepara para ir a El Piojo, en el Valle del Cauca, no sin antes una merecida licencia de unos días para ver a la familia de sangre: su esposa Edna Yamile y su hija de 16 meses, Yulieth. “Esa es la moral que le da a uno por acá”, concluye refiriéndose a la posibilidad de encontrarse con ellas.


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