Lunes, 23 de enero de 2017

| 2007/01/25 00:00

Asne Seierstad: “No me gusta perderme los finales”

La periodista noruega se volvió famosa por el retrato de una familia afgana y desde entonces es una de las referencias del periodismo de guerra.

Asne Seierstad, periodista noruega, en un momento de su charla durante el Hay Festival en Cartagena. FOTO: JUAN CARLOS SIERRA / ENVIADO ESPECIAL DE SEMANA.

Es noruega. Sus padres fueron nómadas desde que nació y quizá por eso se ha embarcado en viajes inciertos: de Chechenia a comienzos de los 90, a los Balcanes y de allí a Irak y a Afganistán en este siglo. Asne Seierstad, 36 años, ha cubierto cuatro guerras y es famosa gracias al Librero de Kabul, un libro que ha vendido millones de ejemplares desde su publicación en 2003.
 
Ella sabe que la fama es sólo un golpe de suerte. Como sabe que los detalles de la vida familiar –“todas las familias felices se asemejan mientras que cada familia infeliz lo es a su manera”, decía Tolstoi–, fueron la clave para dar cuenta del conflicto afgano.
 
La frase de Tolstoi no es sólo un azar en esta crónica. Asne, que se pronuncia Osne, estudió literatura rusa en San Petesburgo. Y como las novelas rusas nos son muy pacíficas decidió cubrir la guerra de Chechenia. Como buena lectora jamás ha querido perderse el final de la historia y con paciencia de lectora de Guerra y paz ha esperado a que los conflictos tengan su desenlace: “Nunca he querido perderme el final de la película”, dice.
 
Seierstad habla un español un tanto azaroso. Busca los términos precisos y se detiene una y otra vez para pensar. Se toma el pelo tan rubio como un lugar común y abre sus manos cada vez que decide contestar.
 
Sentada en la sala de prensa del Claustro de Santo Domingo, en Cartagena, después de salir de una conversación con la periodista cubana Ana Menéndez en la que se hizo un resumen exhaustivo de su libro más famoso, Seierstad dice que los periodistas de guerra, como todos los periodistas, son “por principio curiosos, quieren saberlo todo”.
 
Ella se metió en el seno de una familia afgana para escuchar durante cuatro meses las conversaciones, los debates, las peleas íntimas después de una visita a una librería. “Cuando llegué a Kabul visitaba mucho una librería. El dueño me invitó a cenar una noche a su casa y cuando estuve sentada allí descubrí que esa era la historia que debía contar”.
 
La contó, vendió miles de ejemplares, la tradujeron y entonces apareció el librero con una amenaza de demanda. Como todos los entrevistados, el librero se sintió mal retratado. Sultán Khan le propuso una alternativa: ir él a Noruega por dos semanas para corregir los detalles que le molestaban.
 
Seirstad aceptó, pero lo recibió con un abogado para que le aclarara cuál era el motivo de la molestia. La prensa noruega tituló a cinco columnas, se armó un pequeño escándalo y el librero habló en público y luego editó en Noruega un libro de 80 páginas llamado Había una vez un librero de Kabul. ¿La trama? Unos trolls, esos mostrencos peludos de la tradición nórdica, vuelan a la casa del librero y le dicen: “En Noruega hay una historia terrible y mentirosa sobre ti”. Y comienza el capítulo de los descargos sobre el que ella prefiere no hablar mucho: “no puedo juzgar yo la calidad del libro”.
 
Pero si habla y deja claro que el periodismo es sólo una versión. La objetividad no existe. No quiere ser condescendiente pero sabe quién es y de dónde viene: “no puedo negar que soy una mujer noruega, nacida en una familia bastante liberal”. Hace apenas dos días que murió Riszard Kapuscinski y es imposible no hablar de él cuando se pronuncian palabras como guerra, periodismo y objetividad. “Es una gran pena que haya muerto. Nos escribíamos con frecuencia. Abrir sus libros era como entrar sin ninguna mediación en realidades complejas. Era literatura hecha periodismo”.
 
Y tampoco dejar por fuera las preguntas de siempre, esas que nos obsesionan a los colombianos. “Sé que hay una guerra, que hay violencia en su país, que existen las Farc, pero no sé mucho más. Esta es una buena ocasión para comenzar a enterarme”.
 
Como el tiempo apremia y la espera un yate que ha de llevarla a una cena, se despide mientras atiende a alguien más. No sabe cuál será la siguiente guerra que cubrirá. Uno se queda con la sensación de que, a pesar de su aparente liviandad, no es lo mismo haber sido testigo presencial del sufrimiento de los otros.

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