Jueves, 19 de enero de 2017

| 2003/07/13 00:00

¿Biologicamente humano o sicologicamente humano?

¿Biologicamente humano o sicologicamente humano?

Todas las personas somos biológicamente humanas, por definición. Pero, ¿somos todos sicológicamente humanos? El llamado "monstruo de los Andes", el individuo que viola y asesina a niños, el joven que dispara y mata a sus compañeros de colegio, el que lanza cilindros de gas a una iglesia repleta de mujeres y niños, ¿son sicológicamente humanos? ¿Qué determina que unas personas sean sicológicamente humanas y otras desarrollen comportamientos deshumanizados?

La década de los 90 ha sido llamada la "década del cerebro" porque ha sido la década de la revolución en el conocimiento del funcionamiento de la mente humana. Como dijo Daniel Goleman, autor en 1995 de Inteligencia Emocional, "tuve que esperar hasta ahora. para escribir este libro". Antes "la ciencia sicológica conocía poquito o nada sobre las mecánicas a través de las cuales funcionan las emociones. Ese conocimiento llegó tan tarde en gran medida porque el lugar de los sentimientos en la vida mental ha sido sorprendentemente menospreciado a través de los años por los investigadores, dejando a las emociones como un continente inexplorado por la sicología científica. Ahora por fin la ciencia puede hablar con autoridad sobre estas cuestiones urgentes y perplejas de la siquis, mapear con alguna precisión el corazón humano. Los hallazgos sobre los circuitos a través de los cuales funciona el cerebro emocional han puesto al descubierto misterios de la mente que generaciones anteriores encontraron impenetrables y marcarán un hito en la crianza de la humanidad.

Hasta hace poco se creía que la formación y maduración del cerebro humano dependía tan sólo del bagaje genético heredado de los progenitores y de otros factores netamente biológicos como el estado de salud del niño y su madre. La revolución del conocimiento del cerebro humano ha mostrado que su misma formación y correcta maduración depende en gran medida de la forma como el niño recién nacido se relacione con su madre.

En su artículo 'La neurobiología del apego y de la organización temprana de la personalidad', publicado el año pasado en el Journal of Prenatal and Perinatal Psychology and Health, el doctor Allan Schore señala cómo la primera infancia es el período en que se presenta el principal crecimiento del cerebro humano. Afirma el doctor Schore que ese constituye el período temprano crítico para la maduración del hemisferio derecho del cerebro. "Ahora está claro que durante los períodos críticos del auge del crecimiento (del cerebro) la especificación genética de la estructura neuronal no es suficiente para lograr un sistema nervioso que funcione óptimamente". La relación entre el niño y su madre también "afecta poderosamente la estructura del cerebro".

La relación del niño con su madre tiene un efecto crítico en la organización del hemisferio derecho del cerebro el cual regula las emociones y su forma de expresarlas, la organización del aprendizaje y la respuesta que los seres humanos tenemos ante estímulos de estrés. Es decir que la relación entre el niño y su madre determina la arquitectura del cerebro derecho y por tanto la génesis de la personalidad del individuo. Por ello el doctor Schore afirma categóricamente que la experiencia emocional del niño, comenzando en el vientre y durante los tres primeros años después del nacimiento determinarán, en una muy grande medida, qué tanto y en qué dirección se desarrollará el potencial biológico del niño y sus rasgos nacientes de personalidad. Porque es esta parte del cerebro la encargada de las "funciones humanas críticas, como la adaptación social y el control del humor, del impulso y de la responsabilidad, rasgos cruciales al definir la personalidad de un individuo."

Sólo cuando el niño logra establecer con su madre (o cuidador principal) una relación diádica empática (una relación interactiva de empatía mutua) el cerebro se desarrolla correctamente. La relación entre el niño y su madre, "esos eventos emocionales tempranos quedan impresos en las estructuras biológicas que se maduran durante el auge temprano del crecimiento del cerebro.". Por ello, el doctor Schore afirma que la génesis de la personalidad de un individuo es producto no sólo de su código genético-biológico sino, en forma definitiva, de la experiencia social-emocional del niño dada por la relación de apego del mismo con su madre o cuidador principal.

Para que la relación entre el niño y su madre tenga un impacto positivo sobre el cerebro del niño se requiere que la madre esté sicológicamente sintonizada con el niño: depende de la capacidad de la madre para enfrascarse en una comunicación interactiva con el niño que genere emociones que fluyan entre ella y el niño. Esas interacciones son la base para la formación de un vínculo de apego entre el niño y su madre (o cuidador principal). Y es ese apego, el cual el doctor Schore define como la regulación interactiva de las emociones entre el niño y su madre, el que sienta las bases del aprendizaje del niño sobre cómo tolerar, regular y manejar los estados afectivos negativos. El principal impacto que tiene la relación de apego entre el niño y su madre es sobre el hemisferio derecho del cerebro. Es este hemisferio el que procesa toda la información relativa al propio ser y a la percepción de los estados emocionales de otras personas, es decir de la empatía. Recordemos que sin empatía, la persona no entiende, emocionalmente hablando, el impacto que tiene su comportamiento y, por ende, puede hacerle daño a otras sin sentir ningún remordimiento. Dice el doctor Schore que la empatía es una emoción moral y que las "experiencias de apego tienen por tanto un impacto directo en el substrato neurobiológico del desarrollo moral de las personas."

"Ser un humano biológico y ser un humano sicológico son dos cosas muy diferentes", dice el doctor Schore. "Tener el cuerpo de un ser humano es una cosa, pero ser capaz de sentir que las necesidades de uno son valiosas para sí mismo y para otros, y tener una personalidad segura, sólo emerge como resultado de haber tenido la experiencia, al puro comienzo de la vida, de ser parte de una relación continua, tanto prenatal como posnatal, con un adulto humano emocionalmente sintonizado, una "suficientemente buena madre".

Las conclusiones que se desprenden de estas nuevas revelaciones sobre el desarrollo cerebral son muy importantes. Para los padres es una señal clara de que no es sólo la calidad del tiempo dedicado a los niños lo que importa sino también, y en forma fundamental hasta por lo menos los 3 años de nacido, la cantidad.

Para el Estado, es un imperativo moral plantear la necesidad de un cambio radical en la prestación de los servicios de bienestar a la niñez. Hoy en día el Estado desincentiva el cuidado de los niños por sus propias madres promoviendo así la irresponsabilidad materna. En efecto, el principal servicio que el Estado hoy presta a la niñez es el de los Hogares Comunitarios de Bienestar del Icbf donde una señora acoge en su casa y cuida durante el día a los niños del vecindario. No importa si la madre de esos niños trabaja o no fuera de su casa. Es así cómo más de la mitad de los niños que asisten a los Hogares Comunitarios de Bienestar están en sus casas mientras los niños están en la casa vecina de la madre comunitaria.

La educación emocional de los colombianos no puede dejársele al azar. Le corresponde al Estado promover, incentivar y fomentar que sean los propios padres y madres quienes críen a sus hijos. El Estado tiene el deber moral de enseñarles a los mismos cómo ser mejores padres y la importancia que tiene la primera infancia que determinará si sus hijos serán sólo biológicamente humanos o si lo serán también desde el punto de vista sicológico, es decir verdaderamente humanos.

*Ex directora ICBF

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